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7.7.08

Notas sobre el criollismo (IV)

(Victoria Santa Cruz y Abelardo Vásquez, marinera limeña. Foto aquí)

En estas breves notas sobre el nacionalismo criollo, nos ha faltado revisar el papel desempeñado por la población afroperuana.

Históricamente los censos limeños muestran una disminución considerable de las personas clasificadas como negros desde el siglo XVII en adelante. Si durante la colonia llegaron a conformar la mitad de la población capitalina, en 1908 solo representaban el 5% del total. Entre 1908 y 1920 el número de negros se redujo de 6.763 a 1.782. Sin embargo, el censo de 1931 registró un total de 8.244, motivando la sorpresa de los propios encuestadores. Según Susan C. Stokes, de quien tomo las cifras, este repunte demográfico podría indicar —al margen de las conocidas distorsiones censales— el inicio de una migración constante de los afroperuanos de la costa central hacia la capital (1).

Algunos de los afroperuanos más destacados en la vida limeña de entonces tuvieron origen rural. Por ejemplo, Porfirio Vásquez era de Aucallama, cerca de Huaral, y de Cañete fueron los cracks aliancistas José María Lavalle y Adelfo Magallanes.

Lima pasaba por uno de sus ciclos más expansivos desde el boom del guano. De esta época datan el Paseo de los Héroes Navales, la Plaza San Martín, el Hotel Bolívar, el Palacio de Justicia, el Palacio de Gobierno, el Palacio Legislativo, el Palacio Arzobispal, las casonas de las nuevas avenidas Leguía (hoy Arequipa) y Salaverry, el Parque de la Reserva, el Hipódromo de Santa Beatriz, el Country Club y otras construcciones enclavadas en ese imaginario oligárquico que Salazar Bondy llamó la negación del desierto. Siguiendo unas líneas de Bertold Brecht, el auge de la construcción hablaba también de la vida de los albañiles y de los barrios obreros —La Victoria, inicialmente; más adelante Lince y Breña— que comenzaron a formarse al costado de los más decentes. En ellos emergía una sociabilidad que no había dejado los criterios de raza ni adoptado enteramente los de clase; donde, sin embargo, negros urbanos y rurales, mestizos, serranos migrantes, asiáticos y blancos "pobres de clase media" (2) convivían en una nueva sensibilidad captada, por ejemplo, en los valses de Felipe Pinglo.

Y es en esta época en que se forjan y consolidan dos señas de las más tradicionales de la identidad limeña: la procesión del Señor de los Milagros y el club Alianza Lima. En ambas, un movimiento similar al propuesto para la música. Una apropiación de expresiones hasta entonces afroperuanas por sectores medios y de elite, quienes les dan un nuevo aire, criollo, limeño y finalmente de sabor nacional.

Visto en retrospectiva, es interesante observar que la hinchada de los clubes Universitario de Deportes y Alianza Lima ya no corresponda fielmente al clásico de los "bastonazos". A la antigua división entre clase media / pueblo se ha venido sumando la de limeño migrante / tradicional (3).

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(1) Susan C. Stokes, "Etnicidad y clase social: los afro-peruanos de Lima, 1900-1930", en Lima obrera: 1900-1930, Steve Stein, comp. (Lima: Ediciones El Virrey, 1987), 2: 171-252.

(2) David S. Parker, "Los pobres de la clase media: estilo de vida, consumo e identidad en una ciudad tradicional", en Mundos interiores: Lima 1850-1950, Aldo Panfichi y Felipe Portocarrero, eds. (Lima: Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico, 1998), 161-185.

(3) Abelardo Sánchez León, et al., Fútbol: identidad, violencia y racionalidad, 2a ed. (Lima: PUCP. Fondo Editorial, 1997).

2.7.08

Notas sobre el criollismo (III)


En las fiestas familiares, las niñas y los señoritos bailan tangos, pasodobles, one-steps, rumbas y otros bailes extranjeros [...]; pero esto es sólo al principio de la fiesta [...]; pero cuando la fiesta ha entrado ya en calor, ya sea por el vino o por el mismo ambiente de la reunión, entonces alguien se atreve a pedir una guitarra o un arpa; en seguida gritan todos exigiendo lo mismo, y si el dueño de la casa no tiene una guitarra se mandan comisiones donde tal o cual indio arpista, o en busca de guitarras. Con arpa y violín tocados por indios, o con guitarras tocadas por alguna pareja de invitados, la fiesta crece, todos se alegran de veras, se sienten en su elemento [...]. Ese es el Perú del Ande. Pero si a la fiesta llegan el Jefe de la Caja de Depósitos, el Subprefecto o el Juez, que casi siempre son forasteros, otra vez la fiesta se congela, la alegría para de golpe; todos saludan a lo "extranjero" al señor principal que llega, y todos volverán al tango y al jazz, si el visitante no es también serrano y acaba por preferir el wayno indígena (1).


En un bello libro titulado Comunidades imaginadas, Benedict Anderson señala que uno de los hitos clave en la formación del nacionalismo fue la impresión de la Biblia en lenguas vernáculas europeas. Ello porque no sólo tuvo un impacto evidente entre la elite de lectores, sino también entre la gente del pueblo, que comenzó a oír la palabra de Dios y verla encuadernada en el idioma de los indecentes. Concluye Anderson que el nacionalismo implica, entre otras cosas, un esfuerzo consciente de las elites por "elevar" las despreciables costumbres del pueblo, identificándose con ellas. Eso es nacionalizarlas.

Partiendo de esta idea, quisiera explorar la hipótesis de que el criollismo es la expresión cultural del proyecto de nación que las elites limeñas emprendieron en el siglo XX, con más fuerza desde los años 30 hasta la crisis oligárquica de los años 60. Un hito destacado en este neo-criollismo es la integración inédita del folclore rural afroperuano. "Nacionalismo" que no pudieron proponer las elites serranas, en una posición más colonizada, como indica el testimonio de Arguedas.

La música es un excelente camino para explorar estas ideas. En Latinoamérica tenemos una lengua en común (salvo Brasil) y una religión en común, pero algo que nos diferencia es la música. Por eso ha dado materiales para la imaginación de las comunidades nacionales. En la historia del tango, en Argentina; de las rancheras, en México; de la cumbia, en Colombia; del son, en Cuba; o de la samba, en Brasil, hay un instante fundacional que coincide con la invasión de estos bailes indecentes en los salones de la oligarquía.

En el criollismo tradicional limeño, siempre existió el personaje de elite que asistía a las jaranas, estableciendo pequeñas solidaridades verticales. Padrinazgos. Pero, como señala Alicia del Águila, en la relación del padrinazgo quedaba fuera de sitio que las jaranas se celebraran en el casa de una persona decente (3). En el neo-criollismo los ritmos de la plebe, el vals y la marinera, entran en la vida doméstica de la clase media.

Al mismo tiempo se da un cambio interesante por el cual la música criolla empieza a promocionarse como el folclor musical de toda la costa, urbana y rural.

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(1) José María Arguedas, Canto Kechwa, en Carmen María Pinilla, ed., ¡Kachkaniraqmi! ¡Sigo siendo!: Textos esenciales (Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2004), 96-97.

(2) Sobre por qué en el Perú andino, a diferencia de otros países de la región, la identidad mestiza ha sido reivindicada por los migrantes indígenas, véase Marisol de la Cadena, Indígenas mestizos: raza y cultura en el Cusco (Lima: IEP, 2004).

(3) Alicia del Águila, Callejones y mansiones: Espacios de opinión pública y redes sociales y políticas en la Lima del 900 (Lima: PUCP. Fondo Editorial, 1999), 107.

28.6.08

Notas sobre el criollismo (II)


Familia huamanguina. Foto de Baldomero Alejos


Entonces sobre lo anterior se puede agregar que el criollismo tal como es entendido hoy, como costeño, limeño y no andino, es el producto de una interesante operación de olvido de la cual ya no tenemos una conciencia plena.

Cuzco, Huamanga y otras ciudades serranas tienen un rancio criollismo andino expresado en diversas manifestaciones culturales. Parte del encanto de leer los libros de viajes de limeños ilustrados —como de José de la Riva-Agüero o Aurelio Miró Quesada Sosa— a la sierra está en las impresiones que recogían de esas "ciudades coloniales" y su gente, en quienes reconocían un vago pero íntimo parentesco.

En la república el rol de subordinación que tuvo Lima frente a la metrópoli hispana lo ocuparon las ciudades serranas frente a Lima. Lima reemplazó al Rey. Más que nunca a los criollos de la sierra les era útil conservar o inventar una cierta españolidad con la cual escapar del estigma de pertenecer a la sierra. En Lima, por el contrario, los criollos más liberales empujaron un proyecto de modernización cosmopolita y de estigmatización de las costumbres coloniales, entre ellas el carnaval, que por ejemplo se conserva en las ciudades serranas (1).

Fue en Lima especialmente que lo criollo quedó asociado con lo plebeyo, con los barrios céntricos que las elites comenzaban a abandonar poblando las chacras sureñas del valle en un movimiento urbano que continúa hasta hoy, en el desierto.

Se aprecia una diferencia entre el criollismo con que inicia la república y el criollismo limeño que conocemos. El primero subraya la unión de las clases altas del país. El auge de la marinera en sus distintas variantes regionales e incluso foráneas expresa esta idea; la fuga en resbalosa o huayno es el toque peculiar de una estructura inalterable. El segundo criollismo, por otro lado, manifestará la solidaridad de los limeños, y de las poblaciones costeñas, en franca oposición a la sierra incluyendo a sus elites.

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(1) Véase Fanni Muñoz Cabrejo, Diversiones públicas en Lima 1890-1920: la experiencia de la modernidad (Lima: Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú, 2001).

Notas sobre el criollismo (I)


A propósito del inagotable debate sobre la palabra cholo y la choledad en general, opino que sería interesante hacer una comparación de lo cholo con lo criollo desde una perspectiva histórica.

Esta comparación sería interesante en primer lugar porque ambos términos se han imaginado siempre como distintos y opuestos, como parte de los extremos que ciertamente dividen al Perú de hoy.

Al entrar en la evolución de las ideas sobre lo criollo y el criollismo, podríamos ver que este extremo de la peruanidad también tiene las marcas de hibridez que la palabra "cholo" evoca normalmente (ver aquí, aquí en versión misti y aquí). Sí, los intelectuales que vieron el proceso de cholificación por los años 60 no opusieron lo cholo a lo criollo; la cholificación fue definida como el acriollamiento de los migrantes andinos en las ciudades costeñas (1). Pero en esta interpretación resulta, sin embargo, llamativo que lo criollo jamás fuera descompuesto, ni analizado, resultando una categoría "de piedra" (como sucede también con la categoría indio).

En la foto de arriba (tomada de aquí), Chabuca Granda. Chabuca fue tal vez una de las más ayudó a introducir el cajón que hoy llamamos peruano en la ejecución del vals, cosa normal en la actualidad (2). En perspectiva histórica, todo ello resulta fascinante dado que durante la colonia muy difícilmente a un criollo se le hubiera ocurrido declarar su afición por la música de los descendientes de África, o celebrarla como parte de su identidad en El Mercurio Peruano. El estándar musical de un programa como "Mediodía Criollo" (valses, polkas, festejos, marineras sobre todo norteñas, tonderos y landós) tiene poco o nada que ver con el concepto del criollismo colonial y republicano quizá mediados del siglo XIX (3). El criollismo contemporáneo presenta como tradición y costumbre "de antaño" lo que en realidad es bastante moderno, cronológica y conceptualmente.

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(1) Véase Aníbal Quijano, La emergencia del grupo cholo y sus implicaciones en la sociedad peruana (Lima: PUCP, 1967).

(2) Como cuenta el señor Felipe Santiago Borgana Portolatín, jaranero de inicios del siglo XX: "Antes no había luz eléctrica como ahora, no se conocía la luz eléctrica, las calles se alumbraban con lamparín de kerosene. [...] En ese tiempo la música era sólo con guitarra, nada de cajón, eso sólo era para la marinera. Se usaba las castañuelas para acompañar la guitarra, cuando no había castañuelas buenas eran dos cucharas que se tocaban por la parte de atrás, llevando el compás de la guitarra, al final se tocaba el andavete". En: Municipalidad de Lima, Barrios Altos: testimonios orales (Lima: La Municipalidad, 1998), 138.

(3) Sobre el criollismo colonial, véase Bernard Lavallé, Las promesas ambiguas: ensayos sobre el criollismo colonial en los Andes (Lima: PUCP. Instituto Riva-Agüero, 1993).