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27.9.07

Registros del Recuerdo, Recuerdos del Olvido: ¿Qué pasó con El Ojo que Llora?*


* Por Edgar Villegas Vásquez

El año de 1932 Augusto B. Leguía y Salcedo muere en la cárcel del panóptico, la llamada Carcel de Lima; muchos fueron los delitos que se le imputaron, entre ellos la corrupción en un clima de bonanza basado en empréstitos, la construcción de una constitución a su medida y el calzarse un congreso del modo que le permitiera señalar los rasgos autoritarios que se formarían en el “Oncenio” (1919 - 1930), un gobierno inicialmente de corte populista y que paradójicamente buscaba integrar a las grandes mayorías al Estado, separándose del modelo de Estado restringido de la República Aristocrática. Las similitudes del régimen de Leguía con el de Alberto Fujimori Fujimori en los noventa son de lo más saltantes: contextos de crisis sociopolítica y económica, deterioro del tejido social, irrupciones de nuevos actores en la política, una bonanza posterior que se tradujo en obras, más no en institucionalidad, en fin, y muchas cosas más, salvo en un pequeño detalle querido lector: diferentes disidencias políticas.

Por que el parámetro anterior es el que separa a ambos gobiernos, si quisiéramos llamarlos sincrónicos en la historia, y nos enfrentamos actualmente después de la llegada de Fujimori extraditado en los últimos días ante las dinámicas complejas de ver la memoria colectiva en el país, dialogarla, escarbarla, y por último, simbolizarla en el espacio urbano, así como por último, repensarla frente al atentado contra “El Ojo que Llora”.

Los más de diez años de conflicto armado interno que tuvo que vivir el Perú señalan la serie de secuelas, que no se hallan sólo representadas en la crisis del modelo de Estado sobredimensionado de los ochenta, sino que nos trasladan a espacios de entender la marginalidad y las formas de parcialización de la ciudadanía, nos remiten a temáticas que aún se hallan pendientes por solucionar, empezando por la difícil tarea de reconocernos entre nosotros mismos. La destrucción que ha sufrido el monumento enfrenta la memoria de reconocer las violencias horizontales y verticales entre diversos tipos de actores sociales dentro de un conflicto de más de diez años que nos ha costado más muertos que todas las guerras y conflictos armados que vivió el país en la república, violencias que aún persisten de alguna forma ligadas a la negación de las dimensiones del conflicto armado en la mentalidad de sectores la sociedad peruana.

Dialogamos con nuestra historia también ante el espacio urbano, la llenamos de símbolos, metáforas y héroes convertidos en estatuas, imágenes pictóricas o nominales, que a través del caminar por un parque o una calle nos recuerden el pasado; sin embargo, es necesario también reconocer que aún persisten formas excluyentes de asociarse con la memoria en el Perú, al punto que muchas veces se niega el reconocimiento o la visibilidad a partes del tejido social, o si se las muestra se persiste en mostrarlas en formas subalternas o estereotipadas.

Casos como la memoria de una guerra como esta, interna, a veces de baja intensidad y con trazos de lo que fueron las guerras de descolonización en los post cincuenta, pegó con fuerza en el contexto del deterioro previo en que vivía el Estado de finales de los setenta. La pregunta en el post conflicto es ¿cual es el rol de los historiadores?, en este caso concuerdo con la opinión de Cosamalón
[1] sobre el rol del historiador después del Informe de la CVR debido a que son los historiadores son los obligados a reflejar a la sociedad, y al mismo tiempo traer a la memoria social a grupos mal llamados invisibilizados, como lo fueron el quechuablante. En muchos casos la historia ha girado hacia el registro del archivo y el documento, hacia lo urbano antes que hacia lo rural, o hacia mecanismos de fuga en lugar de tratar dinámicas de conflicto que nos permitan reconocernos sin pisar la traba de la historia ucrónica, la de las catástrofes, las crisis y las derrotas, en las que muchas veces un sector culpa al otro del fracaso.

Sabemos por las conclusiones del informe que la población más impactada por la violencia política fue la rural, mayormente quechuahablante, así como que las estrategias para tratar de llevar el conflicto por el Estado tuvieron diferentes lógicas y resultados en sus diversas fases entre ochentas y noventas, a veces positivos, a veces negativos, pero ahora ¿como se representan las víctimas del conflicto? ¿Las representamos bajo el viejo melodrama “malos – buenos”? en los que se representan muchas de las narrativas sociales en el Perú desde la ficción en las telenovelas, hasta las de la realidad en la política en donde en esta última el caudillo siempre construye un discurso de salvación opuesto a unos otros, muchas veces representados en partidos políticos o en actores en contextos de crisis como las que por ejemplo se vivieron en los ochenta y noventas con el conflicto interno, todo esto nos impide ver las dinámicas de fondo del problema.[2]

No fue fácil construir una memoria conjunta de esta guerra, no lo fue tampoco entender que quienes fueron parte de este conflicto armado ya estuvieran del lado de las fuerzas del Estado, de las poblaciones impactadas o de quienes tomaron la opción de la disidencia algunas veces discurrieron entre nosotros mismos. Lo importante a pesar de los silencios[3] y vacíos - pues sí los adolece- es que el Informe Final de la CVR nos remite a ciertas fallas que se han arrastrado en la República y que impactan en la actualidad, entre otras cosas ante el futuro reconocimiento de ciudadanías en el país o al fortalecimiento de la institucionalidad democrática.

En fin, el daño esta hecho. Si desea unirse al memorial que se manifiesta en contra a este acto, ingrese a la siguiente dirección:


http://www.paraquenoserepita.org.pe/joomla/index.php


[1] Revisar para esto el articulo en dos partes de Jesús Cosamalón llamado : La labor del historiador después de informe de la CVR en los archivos de este blog.
[2] Esta visión que se transluce en la política a través de dilemas que se relacionan a la ficción melodramática se la escuche a Rosa María Alfaro Moreno, me pareció muy relacionada a la forma en que los caudillos instituyen sus discursos frente a quienes los eligen, sobre todo en coyunturas de crisis.
[3] Para este caso, revisar : Igue Tamaki, José Luis: Los silencios del gran relato. En: Histórica Vol 29 No 1 (2005).