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11.5.08

Las Fuerzas Armadas en América Latina: ¿los verdugos de la democracia? (I Parte)


Por: Héctor Huerto Vizcarra


El rol histórico que han tenido las Fuerzas Armadas en los países latinoamericanos se ha teñido de sangre constantemente. Se han visto envueltas, desde la creación de los estados independientes latinoamericanos, en guerras civiles, revueltas y golpes de estado. Lo que ha llevado a muchos investigadores a cuestionar su rol en la creación de éstos estados, y más recientemente, en la consolidación de los mismos. No obstante, aún hay más incertidumbres que certezas. Incluso, no pocos cuestionan la razón de su existencia, a raíz del modelo exitoso seguido por Costa Rica.

Todos estos cuestionamientos suelen recrear la imagen de unas Fuerzas Armadas represivas y poco democráticas. Evidentemente la propia organización interna de dicha organización, jerárquica y autoritaria, no permite una mayor vinculación teórica con el modelo democrático. Sin embargo, el rol histórico que ha tenido en esta parte del mundo no está del todo claro. Cecilia Méndez en un ensayo que aborda lo que denomina como paradojas del autoritarismo, frutos de la relación entre el ejército y el campesinado en el Perú, postula que el ejército es la institución estatal que ha estado históricamente más vinculada al campesinado y que dicha relación resulta importante si se quiere entender la historia política del Perú.

En ese sentido, afirma que no es nada novedosa en la historia peruana la alianza entre militares y campesinos (ronderos) que permitió la derrota de Sendero Luminoso en la sierra peruana a fines de los 80’s. Este tipo de relaciones entre ambos grupos sociales se fue dando con asiduidad durante las innumerables guerras civiles de los inicios de la República. Esto cambió a raíz de la profesionalización de la Fuerza Armada a inicios del siglo XX. Por eso plantea dos hipótesis sumamente sugestivas: que los campesinos andinos no permanecieron al margen del estado republicano, sino que participaron activamente en la formación del mismo a través de su apoyo a los ejércitos caudillistas; y que a partir del último tercio del siglo XIX “los gobiernos militares y los regímenes civiles autoritarios en el Perú han tenido mayores iniciativas — y un éxito mayor— que los gobiernos civiles constitucionales en implementar políticas estatales destinadas a favorecer al los sectores campesinos, es decir, incorporarlos a los beneficios del Estado y la ciudadanía”. En consecuencia, la intersección de ambos postulados genera la gran paradoja del autoritarismo: su herencia democratizadora. Una herencia que en el caso peruano se mantiene nítidamente vigente durante el gobierno militar de Velasco de 1968.

Sin embargo, lo que la autora no menciona, posiblemente porque escapaba a los objetivos de su ensayo, son los límites que ésta herencia democratizadora tiene. Aún así, estos postulados cobran mayor relevancia al rechazar Méndez la total singularidad de la historia de las Fuerzas Armadas peruanas: “pese a que la trayectoria del ejército peruano es excepcional en muchos sentidos, encaja dentro de un contexto andino que no es ajeno al populismo militar y a las alianzas militar-campesinas; con diversas variantes, este tipo alianzas se dio históricamente en Bolivia y Ecuador y (hoy se da) en Venezuela…”.

Siguiendo esta línea de pensamiento, con la persistencia de sistemas políticos frágiles en la región y una participación activa de los militares en la política nacional, como es el caso de Venezuela con Chávez, de Perú con Ollanta Humala, y lo fue de Ecuador con Lucio Gutiérrez, resulta válido preguntarse cuál es el rol que le compete a las Fuerzas Armadas de los países latinoamericanos dentro de los sistemas políticos actuales.

17.10.07

Los origenes del ejército profesional peruano (II Parte)

Por: Nayib

El Inicio del Ejército Profesional

Terminada la Guerra entre Perú y Chile en el año 1884, no sólo el país vencido entendió la necesidad de mejorar su aparato militar a través de la modernización y profesionalización. El Ejército Chileno durante el siglo XIX había bebido el quehacer de la guerra de la tradición militar francesa[1] y de sus experiencias militares: la Guerra contra la Confederación Perú Boliviana y, sobre todo, la guerra del Estado Chileno contra los aborígenes araucanos, en pos de nuevos territorios hacia el Sur, sindicada como el molde más significativo en el que vertieron los caudales de reservistas para su rápido alistamiento y actuación en la Guerra del Pacífico[2]. Esto, conjugado con cierta estabilidad política le dio al Ejército Chileno un hálito de profesionalismo. Sin embargo, aún cuando victoriosos; un año después del fin de la guerra, 1885, el alto mando y los oficiales, que habían tenido una descollante participación en la Guerra del Pacífico, se reunieron para realizar una autocrítica de toda la campaña y replantear la organización y modernización del ejército, abordando a la conclusión que debían mantener una fuerza organizada y entrenada convenientemente y acorde al tiempo que se vivía, desde el tiempo de paz, capaz de defender al país en caso de agresión; una práctica y efectiva movilización de la reserva, un mando encargado del estudio de los planes que debían desarrollarse en el futuro para los posibles teatros y adversarios; y un adecuado apoyo logístico diametralmente diferente al ofrecido durante la guerra.

En el caso del Perú, las últimas tropas chilenas abandonaron Lima a mediados de agosto de 1884, e inmediatamente se entablo una fratricida Guerra Civil entre los generales Miguel Iglesias y Andrés A. Cáceres, cuya duración fue de un año y medio, hasta la dimisión del general Iglesias el 3 de diciembre de 1885. Ambos eventos dejaron al Perú postrado en la bancarrota fiscal, con el honor nacional mancillado, ruptura social y política, y la necesidad de reestablecer la autoridad del Estado; diluyendo el esfuerzo por encarar la reorganización del ejército. Empero, en 1887 Andrés Avelino Cáceres reorganiza y apertura la Escuela de Clases, y en 1889 hizo lo mismo con el Colegio Militar; que inicio sus labores con 100 alumnos: 30 jóvenes seleccionados de la Escuela de Clases, 30 civiles con instrucción secundaria y 40 pensionistas entre jóvenes procedentes de distinguidos hogares de la capital; con un plan de estudios que comprendía tres años y abarcaba asignaturas modernas. Lo particular de este proyecto fue la proliferación de la producción intelectual de los oficiales breñeros a través de publicaciones referidas a táctica y doctrina militar a partir de la Guerra de Resistencia en el Ande contra el invasor chileno; así tenemos el Reglamento de Ejercicios y Maniobras para la Infantería del Perú, del coronel Juan Norberto Elespuru.



Cómo fueron modernizándose los ejércitos

Estar actualizado, a la moda de los progresos educacionales logrados en Europa, requería una medida práctica: contratar asesores. En aquel tiempo el éxito alemán en la Guerra Franco Prusiana decidieron, en el caso chileno, que el 17 de setiembre de 1885 contrataran al capitán alemán Emilio Körner, que se había desempeñado como profesor de la Escuela de Artillería e ingenieros de Charlottemburgo. Al asumir esta misión, se le otorga el grado de teniente coronel y se dedica, aparte de dictar asignaturas militares, a evaluar el plan de estudios de la escuela militar, al que encuentra obsoleto, recomendando su cambio al alto mando. Su principal colaborador fue el mayor chileno Jorge Boonen Rivera quien aquilató muy bien esta oportunidad de perfeccionamiento militar, que le valió más tarde ascender al grado de general de división y ocupar el cargo de Inspector del Ejército y, luego, el de Ministro de Guerra.

Un año después de este primer paso, se crea la Academia de Guerra, para dar instrucción superior militar y científica a los oficiales del ejército, aún cuando su funcionamiento se postergó hasta después de la cruenta guerra civil del año 1891[3].+

En el proceso peruano, se contrató los servicios, en plena Guerra de Resistencia breñera liderada por el general A. Cáceres, del mayor francés Ernesto de la Combe[4], quien una vez culminada la guerra fue nombrado subdirector de la Escuela de Clases, reabierta en 1887. En 1894 se contrató al mayor alemán Carlos Pauli para emprender la reorganización del Ejército.

Otro aspecto a considerar es que ambos países nombran como directores de sus respectivas escuelas a connotados jefes militares de la Guerra. Por el Perú al coronel Juan Norberto Elespuru y al coronel Nicanor Ruiz de Somocurcio; en Chile al coronel Emilio Sotomayor. También, comparando los planes de estudios de las escuelas militares de ambos estados no existe mayor diferencia: matemáticas, gramática, geografía, historia, higiene, francés, ingles, táctica, dibujo, gimnasia, esgrima y tiro, mecánica elemental, química, fotografía, electricidad aplicada a la guerra, artillería, fortificación, topografía y derecho internacional, cosmografía, química[5]; excepto en el número de años de estudios, 3 años en el Perú; y 4 años en Chile sin incluir la especialización de oficiales de caballeria, artilleria e ingeniería que adicionaban 6 meses, un año y 2 años respectivamente.

Resulta sintomático que luego de las guerras civiles acaecidas en Perú (1895) y Chile (1891) se reimpulso la modernización de sus ejércitos. En el Perú, correspondió a la contratación de la misión militar francesa que estuvo presente, en mayor o menor magnitud, hasta casi el inicio de la Segunda Guerra Mundial. ¿Cuánto pudo pesar la guerra civil de 1895 en esta decisión? Según manifiesta Víctor Villanueva en 100 Años del Ejército Peruano, mucha “Actos de tal naturaleza ensanchan la brecha existente entre civiles y militares (…) La revolución del 95 no sólo lesionó síquicamente al soldado profesional, además lo relego por segunda vez a sus cuarteles y en esta ocasión por una larga temporada. Ante la nueva pérdida del poder político el profesional de la guerra intentó reorientar su profesión, abandonar la política como praxis y convertir al ejército en un organismo burocrático en el que fuera posible hacer carrera a base de tecnificación y las tradicionales virtudes militares”[6]. Esta decisión estuvo motivada, en parte, para refrescar el arte y ciencia de la guerra del Ejército Peruano, ingresar a la modernidad de entonces, y además, domar las aspiraciones políticas de algunos de sus miembros a través, primero, de la educación militar y, segundo, nombrando en su más alta jerarquía a un oficial francés.
En Chile la labor emprendida por el teniente coronel E. Körner, desde 1886, fue reforzada por los 31 oficiales instructores germanos que permanecieron en Chile entre los años 1896 y 98; luego, se extendieron contratos a numerosos jefes y oficiales de ejércitos europeos, que sólo fue interrumpida durante la Primera Guerra Mundial, y que su presencia se mantuvo hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

Así como, el Perú y Chile coincidían en el propósito por profesionalizar a sus ejércitos y modernizarlos según los avances de la época, particularmente los producidos en Europa, otros países sudamericanos también enrumbaron por este camino. Eran demasiadas guerras sentidas, como actores o espectadores, en los casi setenta años de vida republicana y que habían desatado mutilaciones territoriales al Perú, Bolivia, Paraguay y Colombia; y otros tantos diferendos limítrofes inconclusos en Ecuador, Argentina y Chile.

En Colombia, por ejemplo, los primeros intentos para profesionalizar al ejército se debieron a cuatro factores: el fracaso del ejército estatal en la guerra civil denominada Guerra de los Mil Días (1899 – 1902), los problemas de desorden interno, la situación tirante con el Perú por los territorios del Caquetá y, sobre todo, la separación del Departamento de Panamá en 1903 auspiciada por los Estados Unidos. En 1907 el gobierno decretó una reforma militar que fue apoyada por tres misiones militares chilenas hasta 1915, lógicamente bajo el molde del concepto militar alemán. “Hasta 1914, Chile mandó misiones militares a ocho países latinoamericanos y recibió militares de 11 países (…) En el mismo periodo Alemania tenía misiones en cuatro países de la región y recibió soldados de todos los Estados de América Latina”[7]. Desde 1916, los suizos inician el relevo de este esfuerzo hasta 1928.

En la década de 1890, Bolivia contrató, para el adiestramiento del ejército, oficiales del estilo francés y Argentina contó con los servicios de oficiales alemanes para tareas de reorganización y administración del ejército. Después de la Primera Guerra Mundial los franceses iniciaron una larga experiencia de veinte años en el Brasil, y también estuvieron presentes en Paraguay y el Uruguay; además, algunos alemanes prestaron servicios, de manera privada, en Bolivia.

Tomas Fischer resalta que las misiones militares extranjeras tenían un carácter ambivalente. Los intentos iniciales de profesionalización militar tenían, a corto plazo, poco éxito pero mediante la instrucción de jóvenes oficiales se logró un efecto a largo plazo. Además, existieron intereses geopolíticos y económicos de los países exportadores de métodos, misiones y tecnología militar como Alemania, Francia, Estados Unidos, Suiza y en el caso latinoamericano Chile. La dimensión económica de la modernización de los ejércitos situó a los países desarrollados en franca competencia internacional.

Conclusiones

Los ejércitos republicanos sudamericanos nacen con la guerra de independencia pero su organización y funcionamiento, durante los primeros años, aún se fundamentaran en los del antiguo régimen, sin embargo, se irán configurando con el transcurrir de los años y según el grado de desarrollo alcanzado por cada Estado Nación.

Las guerras internas y externas, que libran estos ejércitos, así como, la tarea de ocupar efectivamente el propio territorio heredado y, los avances europeos en el arte y la ciencia militar, hacen necesario contar con una fuerza militar profesional y moderna. Francia y Alemania fueron los principales modelos de la época. El primero, por la genialidad, no pasada de moda, del celebre Napoleón Bonaparte y el segundo por la victoria obtenida en la Guerra Franco Prusiana en el año 1871.

El modo francés se afincó en el Brasil, Perú, Uruguay y Paraguay mientras el alemán en Chile, Argentina, Bolivia, e indirectamente, en el Ecuador y Colombia a través de las misiones militares chilenas.

El ser moderno, una aspiración de casi el total de los países sudamericanos, implicaba profesionalizar al ejército, y los métodos empleados para lograr esta tarea fueron variados: Algunos, más o menos autónomos, utilizando la propia tradición y la experiencia, estudiando sus propias guerras; otros contratando algunos asesores o misiones militares extranjeras y enviando oficiales a estudiar en Europa. Sin embargo, los resultados de estos esfuerzos estuvieron acordes con el mayor o menor desarrollo alcanzado por cada una de las naciones.

[1] Historia del Ejército de Chile. Tomo VII. Reorganización del Ejército y la influencia alemana (1885 – 1914) Santiago. Editado en 1982, corregida en 1985. CPHE. Pág. 324.

[2] Ibíd.

[3] Esta Guerra Civil se produce por el enfrentamiento entre dos poderes del Estado; el Ejecutivo, liderado por el presidente José Manuel Balmaceda, y el Congreso de la República. Los oficiales chilenos optaron por uno y otro bando, enfrentándose en las batallas de Concón y Placilla que cobro la vida de 2, 599 chilenos, terminando con el triunfo del Ejército Congresal el 30 de agosto de 1891. En Historia del Ejército de Chile. Tomo VII. Reorganización del Ejército y la influencia alemana (1885 – 1914) Santiago. Editado en 1982, corregida en 1985. CPHE. Pág. 87 – 164.

[4] Se incorporó al servicio del Perú, desde el año 1883, habiendo concurrido el 10 de julio del mismo año a la Batalla de Huamachuco; siendo ascendido al grado de coronel por esta acción. En Historia de la Escuela Militar. Revista de la Escuela Militar N°235, Chorrillos: 1945.

[5] Historia del Ejército de Chile. Tomo VII. Reorganización del Ejército y la influencia alemana (1885 – 1914) Santiago. Editado en 1982, corregida en 1985. CPHE. Pág. 32 – 34. Carlos Ríos Pagaza. Historia de la Escuela Militar del Perú. Lima, 1962. Pág. 28 - 30.

[6] Villanueva, Víctor. 100 años del Ejército Peruano. Pág. 62.

[7] Fischer, Thomas. Proyectos de Reforma, Instrucción Militar y Comercio de Armas de la Misión Militar Suiza en Colombia. Revista Historia y Sociedad N°5. Universidad Nacional de Colombia, Medellín, diciembre de 1998.

6.10.07

Los origenes del ejército profesional peruano (I Parte)

Gracias por la invitación. Este sitio de encuentro no puede esperar muchas disquisiciones y temores para publicar un escrito. Así que recorriendo la corta historia de “AHORA” encontré un tema relacionado con un estudio que vengo realizando. Disculpen si los desvío un poco del Ojo que Llora o de la minera Majaz.

En el artículo “La Guerra con Chile: entre la frustración permanente y el terrorismo de la memoria” quedaron algunas preguntas pendientes de respuesta; desde la esfera militar: qué tan profesionales eran las fuerzas militares en conflicto.



LOS ORÍGENES DEL EJÉRCITO PROFESIONAL (I)

Nayib

Las partidas de nacimiento del Ejército Peruano son de las más diversas, según la ideología o creencia que exprese el investigador histórico. Unos la ubican en las culturas pre incaicas, más en el Imperio Incaico, pocos en la Colonia y muchos durante la Independencia. Pero aun en este periodo fundacional de la República se ven discrepancias en las fechas de constitución del Ejército. Unos señalan que fue en octubre de 1820 con la creación del Escuadrón de Auxiliares de Ica, la primera unidad peruana que escoltó a la recién creada Bandera Nacional, otros el 18 de agosto de 1821 con la Legión Peruana de la Guardia, y los últimos en noviembre de 1822 cuando el Congreso agrupa a todos los cuerpos peruanos en una división, a la que llamó Ejército del Perú, bajo el mando del General Alto Peruano Andrés de Santa Cruz.

Las nuevas instituciones del emergente Estado Nación tienen en aquella época pocos referentes o modelos de gobiernos republicanos o parlamentarios en el mundo, salvo las experiencias de la Revolución Norteamericana (1776), la Revolución Francesa (1789) y la Revolución Inglesa (S. XVII). A los ideólogos sudamericanos pro independencia y también, aunque de facto, los contrarios a ésta, les depara la gran tarea de construir las nuevas repúblicas. Dos bandos ideológicos destacan nítidamente, conservadores y liberales. Por lo tanto, la visión que se forman sobre los nuevos estados no es uniforme. En el caso peruano a esta divergencia se suma el extenso territorio, la configuración geográfica tan difícil y una población mayoritariamente indígena y excluida, lo que hace resulte difícil concretar un proyecto de nación viable en el corto tiempo.

En este vasto y complejo proceso se crea el Ejército del Perú y se va configurando la primera organización, el modo de brindar instrucción y educación militar, y su reglamentación, como institución, en el fragor de la guerra de independencia, primero, y en la configuración de las fronteras y guerras civiles por el poder interno después. Aún cuando muchas de las ordenanzas españolas dictadas en 1768, y pese al cambio de régimen, se mantuvieran vigentes hasta 1890[1].

Recordemos que Napoleón Bonaparte (+1821) hacía cinco años terminaba, en Waterloo, de exponer una novedosa praxis militar ante el mundo, un nuevo modo de hacer la guerra y que los teorizadores de la época iniciaban su profundo estudio.

Los Militares Republicanos del Siglo XIX

¿Qué y quiénes son los militares en estos primeros años de vida republicana? Si por militares entendemos a las personas que piensan en cómo hacer la guerra, organizar al ejército, preparar a la fuerza y especializarse en el empleo de las armas, entonces conocen de este quehacer los que bebieron los ecos del Colegio Real Felipe creado por el coronel español Monet en 1818, de los Regimientos de Infantería y de Dragones[2]; los soldados forjados en los ejércitos de la revolución, en las milicias, en los cuarteles, o en los campos de batalla. Sin embargo, aún les falta la matriz, sólo es experiencia y no siempre de la buena. No existe una doctrina común. Recordemos que el teorizador de la guerra Karl Von Clausewitz estudia este fenómeno social, basado en su propia experiencia militar al enfrentar a los ejércitos de Napoleón Bonaparte y las expone desde 1815 en la Academia Militar de Berlín; su obra De la Guerra fue impresa póstumamente (+1831); y que el Positivismo de la segunda mitad del siglo XIX amplía el campo de los estudios científicos a los fenómenos sociales entre ellos la guerra e impulsa el desarrollo de esta disciplina. Pero estas carencias doctrinarias no amilanan la voluntad de forjar y fortalecer un Ejército, una fuerza militar, que proteja el territorio heredado y la supervivencia de la República[3].

No obstante, la crisis post independencia de un país en quiebra, en pie de guerra, con fronteras inestables, precariedad del nuevo régimen republicano y constante lucha ideológica, hicieron que surja el primer militarismo -práctica política entendida como el intento de gobernar y administrar al país, poniendo énfasis en las formas y usos militares-; el poder ejercido por militares y civiles o civiles y militares, según el grado de preeminencia o convivencia útil entre estos, y que redundará negativamente en la estabilidad y desarrollo de la institución militar.

Algunos autores miran con cándida simpleza y nostalgia hacia el Sur y se preguntan, por qué no tuvimos en los primeros años republicanos y gran parte del siglo XIX la continuidad de gobiernos civiles. Si bien es cierto los historiadores podemos comparar algunos procesos históricos no podemos reducirlos a simples moldes o recetas[4]. El orden post independencia presenta la necesidad urgente de delimitar los territorios y forjar la identidad nacional de las nuevas repúblicas. En el caso de Chile dada su geografía enclaustrada entre los Andes y el Océano Pacifico, imprimió en sus políticos una mayor preocupación por la segunda cuestión; el orden interno[5].

Necesidad de ser moderno y profesional

Tenemos dos formas de enfrentar el estudio histórico de la modernización del ejército al inicio del siglo XX. La primera es entendiendo la modernidad como un proceso histórico mundial, y principalmente occidental, iniciado con el Renacimiento del siglo XVI y la rápida secularización del pensamiento humano que privilegia el empleo de la razón y que abre perspectivas casi ilimitadas al desarrollo de la ciencia. Por esto, la edad moderna se caracteriza por una nueva forma de comprender al mundo, donde impera el ánimo de reforma y de cambio. El segundo enfoque corresponde a la definición de lo moderno como lo nuevo, de moda, lo actual; tanto en el avance tecnológico como en lo concerniente a la estrategia, táctica, instrucción y educación militar, y administración. Latinoamérica está involucrada en ambos procesos porque se nutre de este pensamiento moderno y experimenta cosas del mundo a partir de las novedades que el mundo nos ofrece.

Esto no amerita que hagamos tabula rasa de la tradición, entendida no como el carácter estático e inmutable de una sociedad, sino mas bien, como la transmisión de aquella parte de la cultura que es susceptible a ser confirmada, y en algunos casos seleccionada o modificada, porque la buena tradición debe impulsar la búsqueda de lo moderno y rechazar lo que constituye un lastre.

El profesional militar debía tener una sólida formación doctrinaria, teórica y práctica; moderna, y los buenos actos y conducta de este militar, así como su carrera, estar enmarcados en la normatividad de la institución castrense y las leyes del estado; y ser retribuida, pecuniariamente; y reconocida, a través de promociones, por el Estado; despertando en el miembro del ejército intereses colectivos. La suma de todo esto forja el ethos militar. FredericK Numm lo define así: “El profesionalismo militar es un estado, una condición con base en la educación y la experiencia, autoridad institucional autónoma, un sentido de la carrera y una misión de carácter partidario explícita”[6]


[1] Medina Montoya, Lourdes. Creación e Institucionalización del Ejército del Perú. El Ejército en la República: Siglo XIX . . Lima. CPHE, 2005. Pag. 76, 78.

[2] El Ejército de América a lo largo del siglo XVIII estuvo conformado por tres grandes efectivos: El primero era el ejército de dotación, compuesto por unidades fijas, de guarnición en las principales ciudades americanas, fundamentalmente defensivo, de idéntica estructura a las unidades peninsulares, pero cuya composición a nivel humano lo caracterizo como un ejército netamente americano; era el núcleo fundamental. Segundo, el ejército de refuerzo, también llamado en algunos momentos ejército de operaciones de Indias, compuesto por unidades peninsulares enviadas temporalmente al otro lado del mar como refuerzo de algunas plazas amenazadas de invasión. Por último, las milicias, conjunto de unidades regladas y de carácter territorial que englobaban al total de la población masculina de cada jurisdicción comprendida entre los 15 y 45 años; se les consideraba un ejército de reserva. En: Juan Marchena Fernández. Ejército y Milicias en el Mundo Colonial Americano. MAPFRE, Madrid, 1992.

[3] Prueba de ello son los intentos por mejorar este cuerpo militar con la creación de la Academia Militar del presidente Riva Agüero en 1823, el Colegio Militar del Gral Santa Cruz en 1826, en el que debían estudiar 16 jóvenes por Departamento de la Republica, la Escuela Militar del Gral Agustín Gamarra de 1830 a 1834, el Instituto Militar de 1850 a 1854 y el Colegio Naval y Militar de 1859 a 1867 del Mcal Ramón Castilla y el Colegio Militar del presidente Manual Pardo de 1872 a 1880. En Carlos Ríos Pagaza. Historia de la Escuela Militar del Perú. Lima, 1962.

[4] Comparemos algunos datos de Perú y Chile próximos al inicio de vida independiente: Perú, población en 1827, 1, 516, 963 habitantes con el 61.6% de población indígena. En Francisco Quiroz Chueca. De la Colonia a la República Independiente. Historia del Perú. Lima, LEXUS, 2000. Chile en 1835 tenia 1, 103,036 habitantes con el 4.6% de origen indígena. INE de Chile, www.ine.cl.

[5] Los estudiosos chilenos Alfredo Jocelyn y Holt Letelier autores del ensayo El peso de la noche; la otra cara del orden portaliano (1977) Manifiestan que en su país se establecieron gobiernos autoritarios pero que a la vez construían la modernidad con algunas de las ideas liberales. Del epistolario de Diego Portales exponen el siguiente texto tan sugerente: “El orden social se mantiene en Chile por el peso de la noche y porque no tenemos hombres sutiles, hábiles y cosquillosos: la tendencia casi general de la masa al reposo es la garantía de la tranquilidad pública…” (1832) El párrafo los lleva a pensar que la idea era separar la autoridad y el orden, del modelo o sistema político adoptado. Del peso de la noche de un orden estamental colonial que mantenía una administración en regular “paz”, se recrearía en la república el planteamiento del orden desde la élite para mantener la tradición. La soberanía popular era sinónimo de reposo, mansedumbre; un hecho residual del mismo orden. El corpus es más equilibrado y fue ordenado en 300 años. El Estado y sus leyes sólo complementan esta estructuración del orden social.

[6] Frederick M. Nunn. Perspectivas Históricas y Regionales Acerca de los Papeles Internos que Desempeñan Las Fuerzas Armadas de América Latina con Énfasis Especial en el Cono Sur. http://www.airpower.maxwell.af.mil/apjinternational/apj-s/4trimes99/nun.htm