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7.9.08

La escritura de los idiomas indígenas en el Perú y México (II)

Por: José Luis Igue

(Escribano indio o qillqaykamayoq según Guaman Poma, escribiendo en español. Hacer click para ampliación. Fuente: El sitio de Guaman Poma)


Como decíamos, una de las cosas que llama la atención al comparar la historia colonial del Perú y de México es que, en México, los idiomas indígenas hayan ido retrocediendo en favor del castellano, a pesar de que estos idiomas fueran incorporados a la burocracia colonial de manera frecuente. Todo lo contrario se dio en el Perú colonial, donde el quechua y el aymara quedaron excluidos de la documentación oficial, pero asentados firmemente en el habla cotidiana no sólo de la población indígena sino también de muchos criollos y mestizos.

Para explicar esta diferencia, podríamos considerar en primer lugar que, en la época prehispánica, los andinos no conocieron la escritura y los mesoamericanos sí. De modo que la presencia de intérpretes indios en la burocracia novohispana no habría significado tanto una ruptura como una adaptación de tradiciones prehispánicas, continuando una división social del trabajo que daba espacio a oficiales preparados en la redacción de documentos. Probablemente, algunos de los linajes nobles de burócratas indios que refiere Felipe Castro conservaban un oficio que ya poseían con desde antes a la conquista, como prerrogativa del señorío.

¿Y en el Perú? Las prerrogativas de señorío de la nobleza indígena también fueron reconocidas, pero no incluían una tradición letrada. La mnemotecnia andina —quipus, cantares, pinturas— fue (mal) traducida pero no incorporada a la burocracia colonial. Escribano significaba normalmente español. Y conforme fue avanzando el conocimiento que tuvieron los españoles de los idiomas nativos, el puesto de traductor oficial quedó de manera irreversible en manos de españoles, principalmente nacidos en América.

Ello marca una diferencia importante con México. Según Karttunen, hacia el último tercio del siglo XVI cada pueblo de importancia en el valle central de México ya contaba con —por lo menos— un escribano nativo, quien refrendaba y archivaba testamentos, compra-ventas y otras acciones legales de la comunidad, por lo general en idioma nahua (1). Asimismo, los archivos comunales recibían consultas de las cortes novohispanas en cuanto a mapas o traducciones de títulos antiguos. Pareciera que el resultado progresivo de esta continua incorporación de saberes e instituciones indígenas fue que los escribanos nahuas asimilaran los modos legales hispanos sin demasiado trauma. Todo ello habría facilitado la conversión de estos escribanos al castellano cuando las circunstancias sociales y económicas del dominio imperial así lo requirieron (2).

Los archivos andinos ofrecen al historiador un panorama sumamente distinto y asombroso. Al mero estilo de una novela arguediana, expedientes y hasta repositorios enteros han trasladado al castellano un mundo social hablado fundamentalmente en quechua y aymara. Se da el caso —no recomendado, pero tampoco desesperante— de poder investigar etnohistoria andina sin saber ni el manam kanchu. Cosa más difícil para el México colonial. Propongo imaginar todo lo que ello implica para la vida de unas personas en sociedad, y a partir de allí desenredar la madeja.

Continuará...
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(1) Frances Karttunen, "Nahuatl Literacy", George A. Collier, Renato I. Rosaldo y John D. Wirth, eds., The Inca and Aztec States, 1400-1800: Anthropology and History (Nueva York: Academic Press, 1982), 400.
(2) Véase Charles Gibson, The Aztecs under Spanish Rule: A History of the Indians of the Valley of Mexico, 1519-1810 (Stanford: Stanford University Press, 1964), 149, 181.

4.8.08

Comentarios a las comparaciones entre el Perú y México

Hace un par de semanas posteamos la primera parte de unas notas sobre el estado de las lenguas nativas en el Perú y México durante la época colonial., animados por un interesante post del Dr. Felipe Castro Gutiérrez. Hemos recibido y publicamos la réplica del Dr. Castro a nuestras comparaciones.


José Luis Igue tiene mucha razón en señalar la pertinencia e interés de las comparaciones entre México y Perú, sobre todo para la época colonial (en la cual había frecuentes vínculos y relaciones que, hasta donde me consta, aun quedan por estudiarse). Las comparaciones siempre resultan tentadoras, y creo recordar que algunas veces he incurrido en ellas. Sus resultados en la investigación histórica son, sin embargo, ambiguos. Ocurre que, a diferencia de los biólogos, no podemos aislar artificialmente las variables estudiadas, y en contraste con los sociólogos, nos resulta difícil reducir la realidad a elementos cuantificables. Las variables en historia son demasiado complejas, y en todo caso nuestro asunto siempre es lo peculiar y específico. Cada situación, cada momento histórico, es por definición único e irrepetible.

Pero si la comparación como método es de utilidad incierta, resulta mucho más valiosa cuando la utilizamos como provocación cognoscitiva. Pienso sobre todo en el descubrimiento de lo excepcional en lo que creíamos rutinario (por ejemplo, en otros tiempos resultaba extrañísimo para los mexicanos que viajaban al extranjero descubrir que había países donde se criticaba abiertamente al presidente). Y, también, en lo paradójico: hay procesos históricos paralelos que tienen resultados que, en primera instancia, parecen ir en contra lo esperado. Como señala muy bien el artículo de Igue, a pesar de que en Perú no ocurrió un desarrollo culterano de las lenguas nativas comparable al de México, el quechua y el aymará siguieron siendo lenguas cotidianas no sólo de los indígenas sino de otros sectores sociales. El asunto, ciertamente, da para pensar que el desarrollo de una literatura culta no siempre va de la mano con el arraigo popular de un idioma. Habrá que seguir cambiando notas y reflexionando sobre el tema.

16.7.08

La escritura de los idiomas indígenas en el Perú y México (I)

Por: José Luis Igue


(Expediente que contiene el testamento en náhuatl de Toribio Feliciano, 1571. Ver aquí. Hacer click en la imagen para ampliación).

Todas las comparaciones entre México y el Perú son interesantes, pero peligrosas. La Revolución mexicana es, por ejemplo, un acontecimiento que no tiene comparación no sólo en el Perú, sino en toda la historia de Latinoamericana.

A lo que iba. Hay temas que sí llaman a la comparación. Leo con mucho interés este post de Felipe Castro Gutiérrez sobre la situación de las lenguas indígenas en Nueva España. Como siempre aparecen los aires de familia. En nuestro virreinato la Corona también dio protección y difusión al quechua y al aymara —en desmedro de muchas otras lenguas locales—. Recordaremos que el primer libro impreso en Lima fue trilingüe castellano-quechua-aymara, y que la bibliografía de Rivet y Créqui-Montfort registra 226 publicaciones en estos idiomas indígenas para los siglos virreinales (1).

Castro Gutiérrez revela el asombroso papel desempeñado por los intérpretes oficiales de náhuatl, tarasco y otomí, de linajes indígenas nobles en los que el cargo resultaba hereditario. Nada de esto existió en el Perú, donde a pesar de la fortaleza de la nobleza indígena, el cargo de intérprete, igualmente importante, recaía usualmente en españoles.

He aquí un contraste súper interesante: mientras que en Nueva España los idiomas indígenas llegaron, mediante intérpretes de la nobleza indígena, a integrarse en la papelería burocrática colonial (encontramos testamentos, títulos de propiedad, probanzas, juicios —todos oficiales— en lenguas indígenas, además de crónicas y otras piezas de literatura), en el Perú, no obstante la ausencia relativa de todo ello, el quechua se convirtió en el idioma hablado por una inmensa mayoría de la población hasta bien entrado el siglo XX. El peso del quechua y el aymara, hablado cotidianamente en los Andes poscoloniales no sólo por indígenas sino por los demás sectores sociales, no tiene equivalente en México.

Este contraste es interesante y llama a la reflexión.

Continuará...

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(1) Paul Rivet y Georges de Créqui-Montfort. Bibliographie des langues aymará et kičua (París: Institut d'Etnologie, 1951), vol. 1.