Como decíamos, una de las cosas que llama la atención al comparar la historia colonial del Perú y de México es que, en México, los idiomas indígenas hayan ido retrocediendo en favor del castellano, a pesar de que estos idiomas fueran incorporados a la burocracia colonial de manera frecuente. Todo lo contrario se dio en el Perú colonial, donde el quechua y el aymara quedaron excluidos de la documentación oficial, pero asentados firmemente en el habla cotidiana no sólo de la población indígena sino también de muchos criollos y mestizos.
Hecho por historiadores, no necesariamente para ellos. Nos pueden escribir a ahorahistoria@gmail.com.
7.9.08
La escritura de los idiomas indígenas en el Perú y México (II)
Como decíamos, una de las cosas que llama la atención al comparar la historia colonial del Perú y de México es que, en México, los idiomas indígenas hayan ido retrocediendo en favor del castellano, a pesar de que estos idiomas fueran incorporados a la burocracia colonial de manera frecuente. Todo lo contrario se dio en el Perú colonial, donde el quechua y el aymara quedaron excluidos de la documentación oficial, pero asentados firmemente en el habla cotidiana no sólo de la población indígena sino también de muchos criollos y mestizos.
16.7.08
La escritura de los idiomas indígenas en el Perú y México (I)
Por: José Luis Igue
(Expediente que contiene el testamento en náhuatl de Toribio Feliciano, 1571. Ver aquí. Hacer click en la imagen para ampliación).
Todas las comparaciones entre México y el Perú son interesantes, pero peligrosas. La Revolución mexicana es, por ejemplo, un acontecimiento que no tiene comparación no sólo en el Perú, sino en toda la historia de Latinoamericana.
A lo que iba. Hay temas que sí llaman a la comparación. Leo con mucho interés este post de Felipe Castro Gutiérrez sobre la situación de las lenguas indígenas en Nueva España. Como siempre aparecen los aires de familia. En nuestro virreinato la Corona también dio protección y difusión al quechua y al aymara —en desmedro de muchas otras lenguas locales—. Recordaremos que el primer libro impreso en Lima fue trilingüe castellano-quechua-aymara, y que la bibliografía de Rivet y Créqui-Montfort registra 226 publicaciones en estos idiomas indígenas para los siglos virreinales (1).
Castro Gutiérrez revela el asombroso papel desempeñado por los intérpretes oficiales de náhuatl, tarasco y otomí, de linajes indígenas nobles en los que el cargo resultaba hereditario. Nada de esto existió en el Perú, donde a pesar de la fortaleza de la nobleza indígena, el cargo de intérprete, igualmente importante, recaía usualmente en españoles.
He aquí un contraste súper interesante: mientras que en Nueva España los idiomas indígenas llegaron, mediante intérpretes de la nobleza indígena, a integrarse en la papelería burocrática colonial (encontramos testamentos, títulos de propiedad, probanzas, juicios —todos oficiales— en lenguas indígenas, además de crónicas y otras piezas de literatura), en el Perú, no obstante la ausencia relativa de todo ello, el quechua se convirtió en el idioma hablado por una inmensa mayoría de la población hasta bien entrado el siglo XX. El peso del quechua y el aymara, hablado cotidianamente en los Andes poscoloniales no sólo por indígenas sino por los demás sectores sociales, no tiene equivalente en México.
Este contraste es interesante y llama a la reflexión.
Continuará...
_____________
(1) Paul Rivet y Georges de Créqui-Montfort. Bibliographie des langues aymará et kičua (París: Institut d'Etnologie, 1951), vol. 1.
1.4.08
LA HISTORIA CONTADA POR LOS PUEBLOS ORIGINARIOS DEL PERÚ
De ser dueños de nuestra propia historia pasamos, y luego de cuarenta años de resistencia, a constituir parte secundaria, casi tangencial de la historia universal de occidente. Silenciaron las vidas de millones de hombres andinos y selváticos con su espada, pólvora y cañón; gripe, viruela y peste, y con mucha explotación y servidumbre en las encomiendas, haciendas, obrajes y mita minera. Los sobrevivientes fuimos desplazados y desarraigados, y obligados a abrazar nuevos hábitos, costumbres y religión.
Pero una cultura tan viva como la nuestra mantuvo su capacidad de adaptarse y resistir, y también exigir con las mismas leyes o armas del conquistador. La Rebelión de Túpac Amaru II fue la gran oportunidad perdida, para que este espacio andino sea nuevamente nuestro y borrar 300 años de ignominia. La respuesta a esta reacción nativista, fue de una virulencia tal, que mataron a nuestros viejos curacas y pretendieron borrar de la memoria nuestro gran pasado; a la vez que despertaron en el criollo y mestizo un temor a nuestra arrolladora fuerza.
Estos criollos y mestizos lideraron con éxito el esfuerzo independendista del Perú, nacimos como república, y proclamaron ciudadanía, igualdad de derechos y participación en la vida política del novel país.
Vemos que el siglo XIX representó para la élite criolla latinoamericana el inicio de una vida independiente, la definición del nuevo sistema político y económico, y la búsqueda-conformación de una identidad con características que particularicen la nacionalidad de los emergentes países, la nación proyectada. La alusión a la población aborigen, en los discursos políticos e intelectuales durante y después del proceso independentista, fueron de algún modo una simple figura decorativa y retórica, circunspecta a la búsqueda de valores positivos en los antecedentes autóctonos prehispánicos de sus atávicos paisanos, la nación histórica, y en la mayoría de los casos como contraposición o negación, paradójicamente, a un legítimo e inmediato pasado colonial español. Las decisiones políticas, económicas y sociales adoptadas se tomaron sin considerar la voz de las poblaciones indígenas, de espaldas a ella y en no pocos casos contra éstas.
Sin embargo, esta consideración hacia lo indígena estará correlacionada según el número, la presencia dentro de los territorios recién constituidos, la importancia para el sistema económico y al grado de adaptabilidad a los principios de la civilización occidental. Por ello, las grandes poblaciones indígenas del Ecuador, Perú y Bolivia, y los grupos aimaras, ubicados en Chile y Argentina; serán percibidos de modo diferente a los indios catalogados como no asimilables, difícilmente “reducibles o domesticados”, inadaptados para la vida civilizada, salvajes o simplemente excedentes poblacionales, como el caso de las tribus amazónicas, y los araucanos en las Repúblicas de Chile y Argentina.
Por esto, a pesar del largo proceso histórico y estando pronto a cumplir el bicentenario de vida republicana vemos como muchos de los ideales democráticos de justicia y equidad están pendientes, y redefiniéndose ante el rápido cambio que se viene produciendo en el mundo que nos exige cada vez más dejar de SER sin antes HABER SIDO.
3.11.07
Algo de música colonial en... YouTube
Y bueno, la cosa es que increíblemente ya se puede encontrar este material en YouTube. Sin más ni más, tres piezas que pude encontrar en unos minutos de "yutubeo":
1. El Hanaq pachap kusikuynin debe de ser una de las canciones litúrgicas en quechua más conocidas, junto con los tradicionales Apu Yaya Jesucristo y Qanmi Dios Kanki. Está firmada por el célebre misionero y gramático Juan Pérez Bocanegra, en la iglesia de Andahuaylillas, en 1631, pero se piensa que su autor pudo ser un indígena cuzqueño.
Interpreta el coro Lima Triumphante, dirigido por José Quezada. Aquí, una versión simpática de tres brasileños con pinta de Jesucristo, para más inri.
2. El villancico que sigue, A este sol peregrino, fue compuesto en el Cuzco por Tomás de Torrejón y Velasco, en 1680. Este organista español escribió además la primera ópera americana de la que se tiene noticia: La púrpura de la rosa, todo un éxito de tablas de la época. Interpreta el conjunto Es Sol Claro y Luciente.
3. Dos qachwas transcritas en 1782 por el obispo Baltasar Jaime Martínez Compañón en la región de Trujillo: Dennos licencia señores y El buen querer. Interpretan el gran maestro charanguista Omar Ponce Valdivia y en la guitarra, Sergio Sauvalle. Todo indica que la qachwa sería el antecedente musical del huayno contemporáneo.
Actualización: Música de los siglos XVII y XVIII
25.7.07
Últimas publicaciones
Dos reediciones de clásicos de la historia andina. Paso a comentarlas, brevísimamente.
Alfredo Torero Fernández de Córdova. El quechua y la historia social andina. Lima: Fondo Editorial del Pedagógico San Marcos, 2007. 151 p.
Hará unas cuatro o cinco semanas tuve la oportunidad de asistir a la presentación de este libro. Una ceremonia sencilla, simpática, concurrida. Tiempo que se esperaba la reedición de esta obra publicada en 1974 y que constituye todavía una referencia importante en los estudios andinos.
¿Sabía usted que el quechua no es originario del Cuzco? ¿Que los incas hablaban otro idioma y adoptaron el quechua porque era de uso extendido en el Chinchaysuyo? ¿Que durante la colonia el quechua lejos de retroceder se generalizó a nivel panandino?
Lo que hace de este libro de Torero un clásico no es tanto la novedad de estos hallazgos y de estos datos con los que un lector aficionado a las crónicas y otros textos coloniales tarde o temprano tropezará, sino la manera en que el autor ha echado mano de la arqueología, la historia y la lingüística para ofrecer hipótesis convincentes que puedan explicar estos hechos. Es la diferencia entre tocar de oído y estudiar la música. Torero fue uno de los principales responsables del establecimiento de una verdedera historia de las lenguas andinas, es decir, una disciplina que no se limitara a repetir o extractar las informaciones muchas veces contradictorias de las fuentes coloniales, sino que también ofreciera criterios de discernimiento, explicaciones capaces de generar debate en términos y ambientes científicos. Y la ciencia es, como sabemos, entre otras cosas, un lenguaje; los pioneros imaginan las palabras de este lenguaje.
Recomiendo, pues, sin reservas no perderse la lectura de El quechua y la historia social andina en esta acertada reedición. Pues no es solo una excursión por el pasado de esta lengua milenaria, sino también, gracias a eso que hoy llamamos, algo pomposamente, interdisciplinariedad, un viaje ameno y transparente junto a los balseros de Chincha y los custodios de Pachacámac, o las huestes de Túpac Yupanqui, Pizarro y de los misioneros católicos, un recorrido por la historia antigua del Perú.
Desde luego el libro contiene hipótesis osadas y cuestionables; pero esto también es de agradecer. Porque el texto nos ha proporcionado materiales —conceptos, palabras, ideas— con los que podemos entrar en diálogo y poner en cuestión sus propios planteamientos.
Thomas Abercrombie. Caminos de la memoria y del poder. Etnografía e historia en una comunidad andina. La Paz: Instituto Francés de Estudios Andinos, 2006. 630 p.
Esta es la igualmente esperada traducción de un libro publicado en Madison en 1998. Se está vendiendo en la Feria Internacional del Libro.
Me gana el tiempo. La comento en una siguiente entrega.
4.7.07
De la espada de Damocles al harakiri. Historia y perspectiva de los libros y la lectura en el Perú: Un poco de Historia Colonial (II Parte)
Un poco de Historia Colonial.-
La historia del libro no puede entenderse como el trayecto histórico de las formas que fue adoptando (del papiro al pergamino, y así sucesivamente hasta llegar al papel, tal cual lo conocemos), sino como el trayecto de los procesos sociales que fue generando y en los que se fue insertando. He ahí donde encontraremos el verdadero significado del libro.
No debemos olvidar que el libro se compone de palabras –símbolos– las cuáles necesitan ser interpretadas, para lo que en la actualidad existen ciertas normas, dependiendo de la lengua y el lugar. El desciframiento de tales significantes, es el acto mismo de la lectura; aunque no es el único, puesto que también se le añade, la labor de la comprensión. Somos nosotros, los seres humanos, los que hemos creado toda aquella simbología, y detrás de cada uno de nosotros se encuentra todo un bagaje histórico y cultural que proporciona características propias a los procesos de desciframiento y comprensión; los cuales se han ido desenvolviendo por etapas, en la medida en que el hombre ha logrado perfeccionar el hábito de la lectura. No era de extrañar que en la antigüedad, San Agustín, se sorprendiera al observar a su maestro Ambrosio, leer sin pronunciar palabra alguna, manteniendo el silencio. Esto se debía a que la costumbre era otra; usualmente se leía en voz alta.[1]
La lectura y el libro encontraron en la invención de la imprenta una herramienta que les permitió alcanzar una mayor difusión, reservada en la edad media a los monasterios o centros de educación religiosa. Fue casi a mediados del siglo XV cuando Johannes Gutenberg concibió por primera vez la imprenta en su conjunto, y con ello motivó profundas transformaciones a nivel cultural y político en la Europa de entonces. La lectura y las letras que antes de la imprenta eran dominio de un pequeño y elitizado grupo de religiosos, se extendió por las capas medias de las distintas sociedades europeas, permitiendo así la formación de una burocracia estatal.
No es extraño entonces, que la invención de la imprenta sea considerada como una de las tres causas principales de la reforma educacional que tuvo lugar en la Europa del siglo XVI, de la cual España no estuvo exenta, que se caracterizó por el incremento del número de hombres “educados”. La difusión de los libros impresos, y la importancia que fue adquiriendo la naciente burocracia, implicó que con el tiempo la aristocracia se diera cuenta del valor de la educación como nuevo medio social para mantenerse cerca del poder económico y político, que había sido centralizado por el Rey. El poderío de los feudos, en desmedro del poder central y soberano del monarca, se fue disolviendo, y dentro de este proceso político, la burocracia jugó un importante rol, permitiendo así el surgimiento de las monarquías absolutistas. Por ello, se explica el interés que se tiene en la formación de los llamados hombres de letras, por parte de la monarquía. En España, por ejemplo, este esfuerzo no se limitó a la enseñanza de las primeras letras, sino a la formación de futuros funcionarios para la Corona, los cuales eran educados en las Universidades. En el lapso de 1474-1620 funcionaron 33 universidades en España.[2]
Con el tiempo, el saber leer y escribir simbolizaba estatus y poder, y muchos que se preciaban de hijodalgos, a pesar de ser analfabetos, se preocupaban en aprender a firmar su nombre. La posibilidad de seguir una carrera de letras o de teología en una universidad, permitía a mucho de los españoles continuar una carrera exitosa, o al menos provechosa, dentro del aparato Estatal. Se explica por eso el prematuro interés de los primeros conquistadores del Perú en fundar una Universidad. Según el cronista Calancha, Pizarro llegó a separar un solar destinado para una futura universidad en la fundación de Jauja, que iba a ser designada como la Capital del Virreinato del Perú.[3]
El primer intento serio para fundar una Universidad en Lima se da durante el segundo Capítulo de la Orden de los dominicos, el primero de julio 1548; ese día se decide aprobar por primera vez la fundación de una universidad. Pero el éxito se verá coronado un año después, cuando el cabildo de Lima decide nombrar dos procuradores para enviar a España con una serie de peticiones, entre las cuales se encontraba la propuesta para fundar una universidad. Estos dos procuradores fueron fray Tomás de San Martín, perteneciente a la orden de los dominicos, y el capitán Jerónimo de Aliaga. De esta manera, la universidad de la Ciudad de los Reyes, que posteriormente se denominaría mediante un sorteo como San Marcos (1574), fue fundada por Real Cédula fechada en Valladolid el 12 de mayo de 1551.[4] Solo pasaron 18 años desde el desembarco de los primeros conquistadores en Tumbes, y el Perú ya contaba con una Universidad.
Pero la práctica de la lectura no solo se restringía al ámbito de las universidades o Colegios Mayores, ni tampoco en el Perú la educación se limitaba a aquellas personas con ambición de poder o estatus económico alto. La lectura también era una actividad placentera y como tal, durante la colonia, se disfrutaba de leer novelas de caballería, novelas picarescas, romances, tratados de historia y hagiografías, siendo los dos últimos rubros colindantes con la ficción y la literatura, puesto que tanto los tratados de historia como las descripciones de la vida de los santos, eran presentadas como narraciones a semejanza de una novela.[5] Un caso muy interesante puede observarse en el inventario de bienes que hizo en 1574 Elena de Rojas, mestiza nacida en Nicaragua y mujer de uno de los más importantes conquistadores del Perú, Francisco de Cárdenas: entre sus pertenencias personales, aparte del ajuar, se encontraron varios libros –uno de ellos en latín- entre los que destacaba La Odisea de Homero.[6] Todo hace pensar que estos libros eran objetos de uso personal de Elena de Rojas, quien al parecer no solo sabía leer, sino que también disfrutaba mucho de la lectura. Este no es el único caso de una mujer durante la colonia con amplio disfrute y ejercicio de las letras, basta recordar el caso de la poetisa huanuqueña María de Rojas y Garay, conocida como Amarilis.[7]
A pesar de estos dos bellos ejemplos, es imposible asegurar que la práctica de la lectura haya estado difundida plenamente en el estado colonial peruano, y que no haya tenido severas restricciones. El libro era un objeto de lucro y de lujo: esto se evidencia en la importancia que tenía la venta de libros dentro del rubro comercial entre España y América; y en los costos de los libros, los cuales eran altos por los gastos que se tenían que hacer para transportarlos desde el “viejo mundo”. Los mercaderes que los comercializaban, de manera exclusiva y en grandes cantidades, debían de tener cierta experiencia y preparación intelectual; lo que no elimina la existencia de los tratantes, o pequeños comerciantes, que ofertaban libros de rezo y literatura de cordel.[8] En dos inventarios de dos españoles dedicados a la venta de libros, que datan del primer tercio del siglo XVII, se puede constatar la importancia de este rubro de negocios: Pedro Durango de Espinosa contaba con 1 197 libros, entre los que se encontraban la Crónica del Rey don Pedro, La Campaña de Roma, Historia de los Reyes Godos (entre los tratados de historia), Florisel de Niquea, Palmerín de Oliva, Amadís de Gaula (entre los muchos libros de caballería); así también, Cristóbal Hernández Galeas tenía 1 763 libros, de los cuales destacaban Soliloquios e Isidro de Lope de Vega, Viaje al Parnaso de Cervantes, y Enchiridion de Erasmo de Rotterdam. En ambos casos, el número de libros inventariados es alto.[9]
Además es importante resaltar que, durante la colonia el libro estuvo sometido a constantes restricciones por parte de la Iglesia, quien por intermedio de la Inquisición evaluaba el contenido de las diversas obras que se publicaban, así como su distribución. De pasar un título al índice de libros prohibidos se prohibía su distribución y lectura, y se mandaba a quemar todos sus ejemplares. Si una persona hacía caso omiso de esto, y era descubierto, se le sometía a un proceso y podía ser condenado como hereje.
Quienes verificaban qué libros podía ser considerados prohibidos o no eran los calificadores, funcionarios pertenecientes al Tribunal de la Santa Inquisición. Solían ser especialistas en materia de doctrina religiosa, “y como a tales les estaba cometida la tarea de evaluar los contenidos de los escritos delatados y, además, de las declaraciones de los procesados”.[10] Durante la colonia estos personajes no llamaron mucho la atención, puesto que mantuvieron un perfil bajo y una actuación discreta, según Pedro Guibovich. Por ende, “no consta que se hubieran involucrado en sonados escándalos o luchas de poder”.[11]
En general durante la colonia el acceso que se tenía a los libros era muy limitado; no existían bibliotecas públicas y el libro como objeto en el mercado, resultaba oneroso para comprar. Solo unos cuantos mantuvieron en sus casas bibliotecas particulares. A pesar de todo, no se descarta la existencia de redes de préstamos e intercambios de libros, que pudo haber ampliado este acceso a la lectura, pero no hay investigaciones al respecto para el caso peruano.
[1] Juan Mata Anaya. ¿Apocalipsis o renacimiento?. p. 15
[2] Richard Kagan. Universidad y sociedad en la España moderna.
[3] Luis Eguiguren. Diccionario histórico cronológico de la pontificia universidad de San Marcos
[4] Carlos Daniel Valcarcel. San Marcos: Universidad Decana de América
[5] Carlos Alberto González. Emigrantes y comercio de libros en el Virreinato del Perú, p.8
[6] Información amablemente proporcionada por la historiadora Berta Ares de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla. El inventario en cuestión se halla en la Biblioteca Nacional del Perú.
[7] Guillermo Lohmann Villena. Amarilis Indiana. Identificación y semblanza.
[8] Carlos Alberto González. Emigrantes y comercio de libros en el Virreinato del Perú, p. 2
[9] Estos dos inventarios son analizados por González en Emigrantes y comercio de libros en el Virreinato del Perú.
[10] Pedro Guibovich. Custodios de la ortodoxia: los calificadores de la Inquisición de Lima, 1570-1754, p. 213
[11] ídem.
19.6.07
Intrigas políticas en Moquegua de 1813
Copia de la representación elevada a la superioridad por los vecinos de Moquegua, solicitando la restitución del funcionario Francisco de Paula Paez, quien había sido Subdelegado y Comandante de la Villa (Moquegua, 4 de diciembre de 1813)
Observación: La sumilla de este documento, que consta en el catálogo de la Biblioteca Nacional, tergiversa el sentido original del mismo, por lo cual se ha reemplazado dicha sumilla por el título que antecede a esta observación.
Nota: Hace 14 meses atrás fue depuesto el Subdelegado Comandante don Francisco de Paula Paez.
Firmantes:
Gregorio de la Flor y Roa
Josef Carlos de Mendoza
Blas Antonio de Mendoza
Josef María Arguedas, Regidor
Luis de Pomareda, Síndico
Mateo Hurtado, Presbítero
Josef María Nieto, Capitán
Doctor Josef María Hurtado, Presbítero
Josef Santiago Basadre
Josef Santiago de la Flor
Doctor Pedro León de Tapia
Tomás Navarro, Capitán
Miguel Gutiérrez, caballero
“Que haviendo [sic] tenido a bien su superioridad deponer catorce meses hase [sic] al Subdelegado Comandante don Francisco de Paula Paez, se cuentan otros tantos de descontento del Pueblo, el qual [sic] haviéndose [sic] hecho demaciado [sic] sensible, y absolutamente general, con motivo de la sublevación de Tacna, de cuya parte se temió alguna imbación [sic]; a que ya los movimientos interiores posibles, no se ocurría[n] por el Gobierno con la energía y previsión que demandaba la común seguridad y gravedad del caso, pone a los suplicantes en la necesidad de representarlo a V. E. sin que su ánimo sea constituirse censores, ni denunciantes, sino procurar el bien de su Patria, anteponiendo, que no todos los hombres, aunque llenos de providad [sic], son aptos para cargos que requieren conocimientos y genio, y que unos logran mejor aceptación que otros, siendo vien [sic] natural, se deseen y devan [sic] colocarse los que a esta última recomendación reúnan la de suficiencia y el más decidido patriotismo.”
“Desde la ya citada fatal época de la deposición sentida de todos (...) la comisión de cualquier delito que haya quedado impune, o mal corregido, la insolencia del vajo [sic] pueblo, la lentitud y mayores costos de los prosesos [sic], y los juzgamientos arbitrarios, la confución [sic] de Jurisdicciones, la falta de policía y cualquier otro yerro o entorpecimiento en el govierno [sic], y planta de la Constitución; han sido frecuentes ocasiones en que se ha lamentado la pérdida de dicho Subdelegado, se han recordado sus buenas prendas, y execrado a los autores de su ruina llevando el fiel vecindario pacientemente esta privación, y los males que le atrae, combencido [sic] de que no es árvitro [sic] de la elección de esta clase de Jueses [sic], y sometido a la respetable autoridad de las Leyes y Superiores deciciones [sic] de V. E.; pero quando [sic] se vio como abandonado y se le creyó mal defendido en sus objetos más amados, e interesantes de vida, honor y bienes, en la ya mencionada acción de haverse [sic] sublevado Tacna, cuyos resultados no se precavían, y se hacía con lentitud, indiferencia, timides [sic], o falta de acierto en el gobierno; recordando que el antesesor [sic] en la presedente [sic] ocurrida en 811 y en el proyectado alsamiento [sic] de esclavos de esta villa, había manifestado el mayor desvelo y tomado toda clase de acertadas providencias y precauciones, con que se reposaba en seguridad, y confianza contra cualquier riesgo.”
“Sin que se oiga en tertulias, calles y plazas, y a personas de toda clase y sexo, otra cosa que elogios de este por sus esmeros, aciertos y beneficencia e imprecaciones contra sus acusadores”
“Si la sabia comprensión, y notoria prudencia de V. E. observa la graduación, destino, representación popular, carácter y patriotismo de los suplicantes (entre quienes tienen el honor de contarse los dos que ofrecieron costear, como lo han hecho en parte, la expedición para subyugar al insurgente Tacna) no puede tenerlos por sospechosos de parcialidad, y creerá que no llevan otras miras que las del bien público, y del acierto.”
“En el caso de que las palabras de los suscritos no baste, en el oficio aconsejan pedir informes al Mariscal de Campo, ex- General del Ejército del Alto Perú, don José Manuel de Goyeneche; y al Coronel del Ejército don José García, Comandante en Jefe de la expedición de Tacna: “que han estado aquí , y tienen propio conocimiento de la opinión pública relativa al dicho Paez, y su conducta, y mérito, no dejarán que desear, ni dudar sobre el partido que la prudencia y justicia dictan se tomen en las presentes circunstancias.”
“El Subdelegado depuesto a pesar de la ignominia que le resultó de la acusación y de dicho procedimiento, es amado y deseado en toda esta jurisdicción y ha acreditado la mejor aptitud, dedicación y desinterés para el desempeño del empleo”.
Fin del documento
Nota: Este documento se halla en la Biblioteca Nacional (me imagino que aún seguirá en la antigua sede de Abancay), y tiene el código siguiente: D 11839