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14.11.07

Los archivos nacionales y la guerra de 1879



Por: Pedro Guibovich Pérez

En estos días, el saqueo de nuestra Biblioteca Nacional ocurrido durante la ocupación chilena de Lima en 1881 ha vuelto a ser noticia debido a la devolución de 3788 ejemplares a su legítimo propietario. Fueron muchos los libros transportados a Chile, y muchos los que aún permanecen allí, pero también fueron numerosos los documentos administrativos y de carácter histórico que emigraron al sur. Nadie se ha pronunciado al respecto. Es importante tomar conciencia de ello y por ello escribo esta breve nota.

En la tarde del 17 de enero de 1881, el ejército chileno entró a la ciudad Lima. De acuerdo con los testimonios de contemporáneos, reinaba un profundo silencio. Tal atmósfera de recogimiento se explica por el dolor que embargaba a la población luego de las derrotas militares que habían precedido a la toma de la capital, como también por el temor que infundía la tropa sureña dada su bien ganada reputación de violencia y crueldad.

Una vez dueños de la ciudad, el alto mando militar chileno empezó a organizar la ocupación. Con esa finalidad confiscó los principales establecimientos administrativos y educativos, a fin de destinarlos al alojamiento de los empleados -jueces y burócratas- como también de los soldados chilenos. Entre los edificios tomados estuvo, como era previsible, el palacio de gobierno. Uno de sus residentes, el secretario general del ejército, Eulogio Altamirano en una carta al presidente Aníbal Pinto, suscrita el 20 de enero de 1881, anotó: “le prevengo que le escribo en el escritorio de Piérola y que duermo en su propio catre”. A lo que añadió, “supongo que ustedes saben que nosotros despachamos en todos los ministerios y que todos los archivos están en nuestro poder. Podríamos mandarlos íntegros si ustedes lo desearan”. El ofrecimiento de Altamirano no tardó en hacerse realidad.

El 24 de febrero, según cuenta Palma en una carta a Piérola, se dio inicio al saqueo de las oficinas y establecimientos públicos. “Los muebles de las oficina de palacio desaparecen y los archivos de Relaciones Exteriores y Hacienda se encajonan para ser trasladados a Chile” anotó Palma. Al saqueo de los archivos administrativos se sumó el del Archivo Nacional y el de la Universidad de San Marcos.

El Archivo Nacional, de acuerdo con Alberto Ulloa, “fue entregado al pillaje”. Según el mismo, la pérdida de los documentos se debió al “interés de algunos que algunos caballeron chilenos, con notorias aficiones históricas, pusieron en revisar personalmente el Archivo para buscar datos y documentos de que habían menester”. Y prosigue “muchos de los cuales encontraron y se apropiaron, efectivamente, lo que es fácil comprobar [...] comparando los truncados catálogos que hoy se conservan, con los documentos publicados en Santiago y en otros lugares pocos años más tarde”. El testimonio de Ulloa es confirmado por otras fuentes. En 1883, Manuel Bravo, un antiguo empleado del Archivo Nacional dirigió al Ministro de Justicia, Culto e Instrucción, un detallado informe acerca de la desaparición del mobiliario así como de abundante documentación, alrededor de trescientos legajos, de las secciones de Audiencia de Lima e Inquisición. Dos años después, en 1885, Ricardo Palma logró del gobierno de Chile la devolución de diez cajones de documentos sobre el Santo Oficio peruano. El resto quedó en Santiago de Chile y hoy en día se puede consultar en el Archivo Nacional, como yo mismo lo he comprobado en un par de estancias de investigación en dicho repositorio.

Otros archivos tuvieron un destino incierto. Tal fue el caso del de la Universidad de San Marcos. Hasta 1881 el archivo de la Universidad se había conservado bastante completo. En sus estantes se alineaban los libros de matrícula, de claustro, de grados, de cédulas y provisiones, y numerosos expedientes administrativos desde su fundación a mediados del siglo XVI. La mayor parte desapareció en parte consecuencia del saqueo y del vandalismo de la tropa que ocupó el local para convertilo en caballeriza. En diciembre de 1883, Guillermo Seoane, secretario de la Universidad, escribió que muebles y aparatos se sacaban en carretas, como también libros y legajos. Algunos de estos últimos, decía, fueron vendidos al peso por los soldados en las pulperías de la ciudad.

Pero no todos los repositorios documentales fueron expoliados. Ricardo Aranda escondió el archivo de la Cámara de Diputados y César Canevaro hizo lo propio con el archivo de la municipalidad. Una vez concluida la ocupación de la ciudad, ambos archivos volvieron a sus instituciones de origen.

Hoy en día la recuperación del patrimonio bibliográfico perdido durante la guerra de 1879 ha vuelto a ser noticia. Los manuscritos siguen en Chile. Ellos son tan importantes como los libros, porque los documentos históricos --parafraseando a Alberto Flores Galindo-- encierran más de una clave para entender el pasado y el presente históricos del Perú.

17.10.07

Los origenes del ejército profesional peruano (II Parte)

Por: Nayib

El Inicio del Ejército Profesional

Terminada la Guerra entre Perú y Chile en el año 1884, no sólo el país vencido entendió la necesidad de mejorar su aparato militar a través de la modernización y profesionalización. El Ejército Chileno durante el siglo XIX había bebido el quehacer de la guerra de la tradición militar francesa[1] y de sus experiencias militares: la Guerra contra la Confederación Perú Boliviana y, sobre todo, la guerra del Estado Chileno contra los aborígenes araucanos, en pos de nuevos territorios hacia el Sur, sindicada como el molde más significativo en el que vertieron los caudales de reservistas para su rápido alistamiento y actuación en la Guerra del Pacífico[2]. Esto, conjugado con cierta estabilidad política le dio al Ejército Chileno un hálito de profesionalismo. Sin embargo, aún cuando victoriosos; un año después del fin de la guerra, 1885, el alto mando y los oficiales, que habían tenido una descollante participación en la Guerra del Pacífico, se reunieron para realizar una autocrítica de toda la campaña y replantear la organización y modernización del ejército, abordando a la conclusión que debían mantener una fuerza organizada y entrenada convenientemente y acorde al tiempo que se vivía, desde el tiempo de paz, capaz de defender al país en caso de agresión; una práctica y efectiva movilización de la reserva, un mando encargado del estudio de los planes que debían desarrollarse en el futuro para los posibles teatros y adversarios; y un adecuado apoyo logístico diametralmente diferente al ofrecido durante la guerra.

En el caso del Perú, las últimas tropas chilenas abandonaron Lima a mediados de agosto de 1884, e inmediatamente se entablo una fratricida Guerra Civil entre los generales Miguel Iglesias y Andrés A. Cáceres, cuya duración fue de un año y medio, hasta la dimisión del general Iglesias el 3 de diciembre de 1885. Ambos eventos dejaron al Perú postrado en la bancarrota fiscal, con el honor nacional mancillado, ruptura social y política, y la necesidad de reestablecer la autoridad del Estado; diluyendo el esfuerzo por encarar la reorganización del ejército. Empero, en 1887 Andrés Avelino Cáceres reorganiza y apertura la Escuela de Clases, y en 1889 hizo lo mismo con el Colegio Militar; que inicio sus labores con 100 alumnos: 30 jóvenes seleccionados de la Escuela de Clases, 30 civiles con instrucción secundaria y 40 pensionistas entre jóvenes procedentes de distinguidos hogares de la capital; con un plan de estudios que comprendía tres años y abarcaba asignaturas modernas. Lo particular de este proyecto fue la proliferación de la producción intelectual de los oficiales breñeros a través de publicaciones referidas a táctica y doctrina militar a partir de la Guerra de Resistencia en el Ande contra el invasor chileno; así tenemos el Reglamento de Ejercicios y Maniobras para la Infantería del Perú, del coronel Juan Norberto Elespuru.



Cómo fueron modernizándose los ejércitos

Estar actualizado, a la moda de los progresos educacionales logrados en Europa, requería una medida práctica: contratar asesores. En aquel tiempo el éxito alemán en la Guerra Franco Prusiana decidieron, en el caso chileno, que el 17 de setiembre de 1885 contrataran al capitán alemán Emilio Körner, que se había desempeñado como profesor de la Escuela de Artillería e ingenieros de Charlottemburgo. Al asumir esta misión, se le otorga el grado de teniente coronel y se dedica, aparte de dictar asignaturas militares, a evaluar el plan de estudios de la escuela militar, al que encuentra obsoleto, recomendando su cambio al alto mando. Su principal colaborador fue el mayor chileno Jorge Boonen Rivera quien aquilató muy bien esta oportunidad de perfeccionamiento militar, que le valió más tarde ascender al grado de general de división y ocupar el cargo de Inspector del Ejército y, luego, el de Ministro de Guerra.

Un año después de este primer paso, se crea la Academia de Guerra, para dar instrucción superior militar y científica a los oficiales del ejército, aún cuando su funcionamiento se postergó hasta después de la cruenta guerra civil del año 1891[3].+

En el proceso peruano, se contrató los servicios, en plena Guerra de Resistencia breñera liderada por el general A. Cáceres, del mayor francés Ernesto de la Combe[4], quien una vez culminada la guerra fue nombrado subdirector de la Escuela de Clases, reabierta en 1887. En 1894 se contrató al mayor alemán Carlos Pauli para emprender la reorganización del Ejército.

Otro aspecto a considerar es que ambos países nombran como directores de sus respectivas escuelas a connotados jefes militares de la Guerra. Por el Perú al coronel Juan Norberto Elespuru y al coronel Nicanor Ruiz de Somocurcio; en Chile al coronel Emilio Sotomayor. También, comparando los planes de estudios de las escuelas militares de ambos estados no existe mayor diferencia: matemáticas, gramática, geografía, historia, higiene, francés, ingles, táctica, dibujo, gimnasia, esgrima y tiro, mecánica elemental, química, fotografía, electricidad aplicada a la guerra, artillería, fortificación, topografía y derecho internacional, cosmografía, química[5]; excepto en el número de años de estudios, 3 años en el Perú; y 4 años en Chile sin incluir la especialización de oficiales de caballeria, artilleria e ingeniería que adicionaban 6 meses, un año y 2 años respectivamente.

Resulta sintomático que luego de las guerras civiles acaecidas en Perú (1895) y Chile (1891) se reimpulso la modernización de sus ejércitos. En el Perú, correspondió a la contratación de la misión militar francesa que estuvo presente, en mayor o menor magnitud, hasta casi el inicio de la Segunda Guerra Mundial. ¿Cuánto pudo pesar la guerra civil de 1895 en esta decisión? Según manifiesta Víctor Villanueva en 100 Años del Ejército Peruano, mucha “Actos de tal naturaleza ensanchan la brecha existente entre civiles y militares (…) La revolución del 95 no sólo lesionó síquicamente al soldado profesional, además lo relego por segunda vez a sus cuarteles y en esta ocasión por una larga temporada. Ante la nueva pérdida del poder político el profesional de la guerra intentó reorientar su profesión, abandonar la política como praxis y convertir al ejército en un organismo burocrático en el que fuera posible hacer carrera a base de tecnificación y las tradicionales virtudes militares”[6]. Esta decisión estuvo motivada, en parte, para refrescar el arte y ciencia de la guerra del Ejército Peruano, ingresar a la modernidad de entonces, y además, domar las aspiraciones políticas de algunos de sus miembros a través, primero, de la educación militar y, segundo, nombrando en su más alta jerarquía a un oficial francés.
En Chile la labor emprendida por el teniente coronel E. Körner, desde 1886, fue reforzada por los 31 oficiales instructores germanos que permanecieron en Chile entre los años 1896 y 98; luego, se extendieron contratos a numerosos jefes y oficiales de ejércitos europeos, que sólo fue interrumpida durante la Primera Guerra Mundial, y que su presencia se mantuvo hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

Así como, el Perú y Chile coincidían en el propósito por profesionalizar a sus ejércitos y modernizarlos según los avances de la época, particularmente los producidos en Europa, otros países sudamericanos también enrumbaron por este camino. Eran demasiadas guerras sentidas, como actores o espectadores, en los casi setenta años de vida republicana y que habían desatado mutilaciones territoriales al Perú, Bolivia, Paraguay y Colombia; y otros tantos diferendos limítrofes inconclusos en Ecuador, Argentina y Chile.

En Colombia, por ejemplo, los primeros intentos para profesionalizar al ejército se debieron a cuatro factores: el fracaso del ejército estatal en la guerra civil denominada Guerra de los Mil Días (1899 – 1902), los problemas de desorden interno, la situación tirante con el Perú por los territorios del Caquetá y, sobre todo, la separación del Departamento de Panamá en 1903 auspiciada por los Estados Unidos. En 1907 el gobierno decretó una reforma militar que fue apoyada por tres misiones militares chilenas hasta 1915, lógicamente bajo el molde del concepto militar alemán. “Hasta 1914, Chile mandó misiones militares a ocho países latinoamericanos y recibió militares de 11 países (…) En el mismo periodo Alemania tenía misiones en cuatro países de la región y recibió soldados de todos los Estados de América Latina”[7]. Desde 1916, los suizos inician el relevo de este esfuerzo hasta 1928.

En la década de 1890, Bolivia contrató, para el adiestramiento del ejército, oficiales del estilo francés y Argentina contó con los servicios de oficiales alemanes para tareas de reorganización y administración del ejército. Después de la Primera Guerra Mundial los franceses iniciaron una larga experiencia de veinte años en el Brasil, y también estuvieron presentes en Paraguay y el Uruguay; además, algunos alemanes prestaron servicios, de manera privada, en Bolivia.

Tomas Fischer resalta que las misiones militares extranjeras tenían un carácter ambivalente. Los intentos iniciales de profesionalización militar tenían, a corto plazo, poco éxito pero mediante la instrucción de jóvenes oficiales se logró un efecto a largo plazo. Además, existieron intereses geopolíticos y económicos de los países exportadores de métodos, misiones y tecnología militar como Alemania, Francia, Estados Unidos, Suiza y en el caso latinoamericano Chile. La dimensión económica de la modernización de los ejércitos situó a los países desarrollados en franca competencia internacional.

Conclusiones

Los ejércitos republicanos sudamericanos nacen con la guerra de independencia pero su organización y funcionamiento, durante los primeros años, aún se fundamentaran en los del antiguo régimen, sin embargo, se irán configurando con el transcurrir de los años y según el grado de desarrollo alcanzado por cada Estado Nación.

Las guerras internas y externas, que libran estos ejércitos, así como, la tarea de ocupar efectivamente el propio territorio heredado y, los avances europeos en el arte y la ciencia militar, hacen necesario contar con una fuerza militar profesional y moderna. Francia y Alemania fueron los principales modelos de la época. El primero, por la genialidad, no pasada de moda, del celebre Napoleón Bonaparte y el segundo por la victoria obtenida en la Guerra Franco Prusiana en el año 1871.

El modo francés se afincó en el Brasil, Perú, Uruguay y Paraguay mientras el alemán en Chile, Argentina, Bolivia, e indirectamente, en el Ecuador y Colombia a través de las misiones militares chilenas.

El ser moderno, una aspiración de casi el total de los países sudamericanos, implicaba profesionalizar al ejército, y los métodos empleados para lograr esta tarea fueron variados: Algunos, más o menos autónomos, utilizando la propia tradición y la experiencia, estudiando sus propias guerras; otros contratando algunos asesores o misiones militares extranjeras y enviando oficiales a estudiar en Europa. Sin embargo, los resultados de estos esfuerzos estuvieron acordes con el mayor o menor desarrollo alcanzado por cada una de las naciones.

[1] Historia del Ejército de Chile. Tomo VII. Reorganización del Ejército y la influencia alemana (1885 – 1914) Santiago. Editado en 1982, corregida en 1985. CPHE. Pág. 324.

[2] Ibíd.

[3] Esta Guerra Civil se produce por el enfrentamiento entre dos poderes del Estado; el Ejecutivo, liderado por el presidente José Manuel Balmaceda, y el Congreso de la República. Los oficiales chilenos optaron por uno y otro bando, enfrentándose en las batallas de Concón y Placilla que cobro la vida de 2, 599 chilenos, terminando con el triunfo del Ejército Congresal el 30 de agosto de 1891. En Historia del Ejército de Chile. Tomo VII. Reorganización del Ejército y la influencia alemana (1885 – 1914) Santiago. Editado en 1982, corregida en 1985. CPHE. Pág. 87 – 164.

[4] Se incorporó al servicio del Perú, desde el año 1883, habiendo concurrido el 10 de julio del mismo año a la Batalla de Huamachuco; siendo ascendido al grado de coronel por esta acción. En Historia de la Escuela Militar. Revista de la Escuela Militar N°235, Chorrillos: 1945.

[5] Historia del Ejército de Chile. Tomo VII. Reorganización del Ejército y la influencia alemana (1885 – 1914) Santiago. Editado en 1982, corregida en 1985. CPHE. Pág. 32 – 34. Carlos Ríos Pagaza. Historia de la Escuela Militar del Perú. Lima, 1962. Pág. 28 - 30.

[6] Villanueva, Víctor. 100 años del Ejército Peruano. Pág. 62.

[7] Fischer, Thomas. Proyectos de Reforma, Instrucción Militar y Comercio de Armas de la Misión Militar Suiza en Colombia. Revista Historia y Sociedad N°5. Universidad Nacional de Colombia, Medellín, diciembre de 1998.

9.7.07

De la espada de Damocles al harakiri. Historia y perspectiva de los libros y la lectura en el Perú: La República (III Parte)

Por: Héctor Huerto Vizcarra

La República: libertad para todos, libros para unos cuantos.-

La historia de la independencia del Perú es una historia de frustraciones, desengaños y malos entendidos. No está en la intención de este ensayo abarcar todos los fantasmas que divagan por las escuelas, bibliotecas y universidades nacionales, sean éstas públicas o privadas. Lo que se busca es resaltar aquellos acontecimientos pertenecientes al transcurso histórico del Perú, que se muestren relevantes para comprender el proceso del libro y la lectura.

Una de las primeras medidas que adoptó el gobierno de San Martín fue la creación de una Biblioteca Nacional, con la idea de elevar el nivel moral e intelectual de la población. Las colecciones de libros que la constituyeron provenían de los colegios y conventos suprimidos, en especial de las bibliotecas de la Compañía de Jesús; orden religiosa que fue expulsada del Perú en 1767.

Como toda institución creada o fundada en el Perú, la Biblioteca Nacional no cumplió con los fines para la cual fue creada. Para Pedro Guibovich, estaba compuesta por textos que en su mayoría distaban de ser “modernos”, que versaban sobre teología moral, doctrina religiosa; o que estaban escritos en latín, lo que imposibilitaba para muchos su lectura. Durante el siglo XIX, la Biblioteca Nacional se convirtió en un refugio para eruditos historiadores y bibliógrafos, distante de la población lectora en general.[1]

Sin embargo, la gran catástrofe para el libro peruano se dio con la guerra y el saqueo a fines del XIX. Instituciones como la Biblioteca Nacional, o la Biblioteca de la Universidad de San Marcos fueron desmanteladas, existiendo en tales robos una lógica sistemática y manipuladora (coadyuvada por la ingenuidad de algunos peruanos, como fue el caso del entonces director de la Biblioteca Nacional, Manuel de Odriozola). Muchos de los libros fueron a parar a Santiago de Chile, algunos se perdieron para siempre, y solo unos cuantos fueron devueltos a Lima, años después. Es muy probable que la importancia de tales libros haya sido descubierta por los peruanos después de estos saqueos, cuando ya era demasiado tarde, debido –posiblemente- a la distancia que existía entre esas instituciones y la gente del común.

La guerra provocó no solo una gran crisis económica en el país, sino que también, motivó muchos debates políticos y académicos sobre las causas de nuestra derrota y las medidas que se tenían que adoptar en el país para lograr nuestro desarrollo. Uno de los principales temas que se debatió a finales de ese siglo e inicios del XX, fue el de la educación. Este debate tuvo dos contendores importantes: Alejandro Deustua y Manuel Vicente Villarán. El último, proponía que el Estado debía concentrar sus esfuerzos en las escuelas de primeras letras, ya que era necesaria la educación a gran escala para redimir a gran parte de la población nacional, compuesta de indios principalmente. Pretendía fortalecer, en instancias superiores, la educación técnica y científica, que posibilitara el desarrollo de las industrias.

En cambio, Deustua priorizaba la enseñanza superior Universitaria, porque creía que la formación de una clase dirigente capaz y desinteresada era la mejor manera para llevar a cabo la tan ansiada recuperación política y económica. Tal era su deseo de formar una pequeña élite intelectual, que llegó a postular que se cerraran las universidades del interior del país. Tales ideas provenían de un análisis histórico previo, que resulta poco conservador para lo que se podría esperar: la gran culpable de la derrota en la guerra, y de la crisis económica subsiguiente, no eran los indios, quienes en la medida de sus posibilidades para Deustua habían cumplido con su rol de defender la patria, era la clase dirigente. Para él se debía cambiar la composición de la clase dirigente por una aristocracia de méritos y no de dinero o abolengo.

Ni uno ni otro se preocuparon porque la práctica de la lectura fuera un hábito frecuente entre la población, y ambos fueron ministros de Educación en diferentes momentos. Villarán buscaba que las personas aprendieran a leer y a escribir porque creía que el país necesitaba tener trabajadores preparados en cuestiones técnicas. Deustua reconocía la gran crisis económica en que estaba sumido el país, por lo que postulaba priorizar la educación de unos pocos, en la medida en que se constituyeran en el futuro como una clase dirigente. Al final eso fue lo que pasó, el hábito de la lectura fue afán de unos pocos, y los libros que se publicaban en el Perú tenían un mercado reducido e irregular.

A partir de la década de los 50’s del siglo pasado se puede hacer un seguimiento de la producción libresca en el Perú. En esa década se publicaron en promedio 795.6 libros, siendo el año de 1959 el que mayor producción tuvo, con 914 libros. En la década siguiente el promedio se incrementó ligeramente, siendo la cifra promedio de 830.3 libros por año. La producción anual era muy irregular, por ejemplo, en 1966 se publicaron 985 libros, dos años después la cantidad de libros publicados disminuyó a 712 y para 1969 la cifra se hundió mucho más, se publicó solo 535 libros; pero un año después la producción ya se había recuperado en 885 libros. Esta irregularidad será una constante hasta en la actualidad.[2]

En la década de los 70’s se produce un mayor crecimiento en la producción literaria, con 989.6 libros de promedio al año, debido probablemente a las condiciones políticas en que vivía el país, con un gobierno que enfatizó su interés en la educación, y en la producción de libros de historia y ciencias sociales. Me remito a los hechos: en esa década de publicó en el Perú la voluminosa Colección Documental de la Independencia del Perú, que consta de casi 200 tomos. Una legislación favorable a la producción libresca se emitió en los primeros años de la década anterior, mediante una Ley N° 13710, en la cual se exoneró de impuestos a los libros; poco tiempo después, el 5 de febrero de 1962 se aprobó otra ley N° 13978 que exoneró de los derechos de importación a la maquinaria, equipos y materiales de imprenta. Esto permitió que en poco años se generalizara el sistema de impresión offset en el país, según Julio Olaya.

Previamente a este ligero e importante aumento en la producción de libros en el Perú, ocurrieron varios hechos ahora anecdóticos, pero que en su momento colindaban con el escándalo y la estulticia. En setiembre de 1960 se dieron algunas Resoluciones Supremas referentes a la censura de libros. Se temía sobre todo a los libros provenientes del extranjero que pudieran tener un contenido político de izquierda. Como medida de fuerza se autorizó la quema pública de libros, cual historia medieval de brujas y herejes; así el primer gobierno de Belaunde se constituyó en un moderno Tribunal de la Santa Inquisición. El 25 de julio de 1967 salió publicado en La Prensa una denuncia que realizó un importante impresor peruano, Juan Mejía Baca, contra el gobierno de turno por tales hechos, pero él no fue el único. Un año después, en 1968, dentro de un sentimiento adverso por tales eventos, el 11 de mayo se decretó la Resolución Suprema N° 0191-68-GP/60 que dejaba sin efecto las resoluciones anteriores sobre la censura de libros.

No se tienen suficientes datos para la década de los 80’s como para tener el promedio anual de la producción de libros en el Perú de esos años. A pesar de ello, se sabe que durante los años de 1980 y 1985 se publicaron 602 y 518 libros, respectivamente. La crisis económica que se fue gestando a finales del gobierno militar había afectado a la capacidad de consumo de la población, y los insumos con que se fabricaban los libros se habían encarecido. Esto afectó enormemente a las editoriales en el país, quienes para los primeros años de los 90’s, comenzaron a cerrar sus puertas. El 22 de setiembre de 1992 salió publicada una nota periodística en donde se informaba que el último semestre 44 empresas dedicadas a la edición, distribución y comercialización de libros habían cerrado. De igual manera, en julio de 1993 la Cámara Peruana del Libro afirmó que en los últimos 3 años se habían cerrado 20 librerías. [3]

Si bien es cierto que en los 90’s el promedio anual de la producción de libros se elevó muy por encima del promedio de los 70’s, llegando a tener 1847.5 libros por año; el costo de los mismos se vio incrementado. En parte por las trabas tributarias que no exoneraban al libro del pago de impuestos en las ventas, e incluso cuando se los exoneró del 18% de IGV, el servicio de impresión y encuadernación no estaban exentos del mismo. Cuando en marzo de 1993 el ministro de Educación fue interpelado por las cargas tributarias que pendían sobre el libro, dijo: “Desgravar la impresión de los libros contraviene la política de uniformidad tributaria que el gobierno ha dictado durante los últimos meses”.[4] El concepto de libro como objeto de lucro, en su máxima expresión.

Si se contraponen los datos de la producción del libro en el Perú, desde mediados del siglo pasado, se encontrará una constante de crecimiento en la producción. Sin embargo, si comparamos tales datos con el número poblacional que tiene el Perú en esos años, se encontrará que la producción no solo se ha estancado sino que ha retrocedido en determinados años. En 1950 se producía un libro por cada 10 017 habitantes, para 1997 la relación varió notablemente: un libro por cada 17 211 habitantes. Siendo el mayor porcentaje de libros producidos los libros escolares, podemos inferir que en el Perú, el hábito de lectura ha pasado a ser una leyenda urbana más.

[1] Pedro Guibovich. Bibliotecas, archivos e investigación histórica, p. 581

[2] Todos los datos referentes a la producción libresca en el Perú, a partir de los 50´s, provienen de la tesis de grado de Julio Olaya: La producción del libro en el Perú, periodo 1950-1999. Los comentarios al respecto, a menos que exprese lo contrario, son estrictamente personales.

[3] Julio Olaya: La producción del libro en el Perú, periodo 1950-1999, p. 69

[4] El Comercio, 13 de julio de 1993, citado en Julio Olaya: La producción del libro en el Perú, periodo 1950-1999, p. 33

7.6.07

Apuntes para la historia de la deuda externa e interna en el Perú (II Parte)


Por: Héctor Huerto Vizcarra

2. Las expectativas del guano y los problemas de la consolidación.-

Con la explotación del guano como producto de exportación, el Perú en poco tiempo estuvo en condiciones de volver a pagar la deuda externa impaga desde 1826, y así volver a recuperar el crédito con la banca internacional. Ya desde 1841 Inglaterra ejercía presiones para que el país reanudara el pago de su deuda. Para esta época, las presiones no solo venían de ese país sino también de Francia. En 1849 ocurrió un hecho anecdótico que involucró al entonces Ministro de Guerra Ramón Castilla y al cónsul francés Armand Saillard, y se dio el 29 de agosto de 1840; este hecho fue relatado por Ricardo Palma en sus Tradiciones Peruanas, aunque de forma tergiversada. “Su origen estuvo en los reclamos para que se abonara a la casa francesa Dalidon-Larrabure un préstamo de más de 11 000 pesos que ella había hecho a Santa Cruz. El canciller Manuel Ferreyros evitó el duelo. Siguió una larga controversia diplomática.” En mayo de 1841 ese cónsul fue reemplazado, y no murió como afirmara el famoso literato peruano en 1840, en Venezuela, a causa de una fiebre amarilla.

El primer pago de la deuda inglesa, que se hizo con dinero proveniente del guano, fue decretado el 15 de enero de 1842. El Perú acordaba entregar a los acreedores de Londres, la mitad de los beneficios que le correspondían de acuerdo al segundo contrato por la venta del guano. De esta manera, el Perú reanuda sus pagos por concepto de deuda externa; hasta algunos años después, el 9 de abril de 1849, cuando el Perú logra una reconversión de nuestra deuda al hacer un contrato con la casa Murrieta. El monto de este nuevo préstamo fue de 3 millones 736 mil 400 libras esterlinas. Previamente, el 4 de enero, se firmó con la casa Gibbs y Cía un contrato de consignación de venta de guano, comprometiéndose para esto con el pago de parte de la deuda externa. Con esto se pagaba el monto de las deudas de 1822 y 1825, y tres cuartas partes de los intereses acumulados; para esta nueva deuda se daba como garantía el 50% sobre el producto neto del guano. Al parecer en esta reconvención se especuló mucho con los papeles de la deuda.

El 25 de enero de 1850 el Perú logra un nuevo emprésito de la casa Gibbs y Cía, dentro del marco del undécimo contrato de consignación de guano. Este consistía de 800 mil pesos, y curiosamente, no se conserva ningún documento que hace mención o que proporciona mayores datos sobre este préstamo.

El año de 1853, fue un año agitado en lo concerniente a los temas de la deuda interna y externa del Perú, ya que se dieron cuatro importantes transacciones económicas. El 15 de febrero de ese año se consigue un emprésito para reconvertir parte de la deuda inglesa (la que estaba con un interés del 6%) y la deuda con Chile. El arreglo fue pactado con las casas Murrieta y Hambro e hijos, por un monto de 2 millones 600 mil libras esterlinas, con un interés del 4 ½ % y un valor de colocación del 85%. La garantía se dio en base al guano en los términos del contrato de 1849. Como este arreglo iba a reconvertir una deuda con un interés del 6% a otra con un menor interés (4 ½ %), implicó que el monto original de la deuda a reconvertir se incrementara con 1 millón 64 mil 200 libras más.


El general Mendiburu, el 23 de marzo, firma un contrato con la casa francesa Urribaren y Cía por la conversión de 9 millones de pesos de nuestra deuda interna, en deuda externa. De igual manera, el 30 de junio firma un contrato similar con la casa francesa Montañé y Cía. Esta vez se trataba de trasladar un monto de 4 millones de pesos de la deuda interna, para convertirla en deuda externa. Al final, parece que la deuda trasladada solo alcanzó los 9 millones 71 mil pesos. La documentación sobre estas operaciones nunca llegó a publicarse, ni tampoco existen en el archivo del ministerio de Hacienda, y son una muestra de que una vez más, la característica de este tipo de operaciones es la poca transparencia que se tiene. Por último, ese mismo año se contrató un préstamo por 403 100 libras para financiar la construcción del ferrocarril de Tacna – Arica, con una tasa de interés del 4.5%.

Como mencionamos anteriormente, el monto de la deuda interna no dejaba de ser importante, ni tampoco las presiones para saldar estos saldos. En este contexto, el 16 de marzo de 1850 se promulga la ley de Consolidación, durante el gobierno de Castilla. Dicha consolidación significaba la unificación de la deuda contraída con particulares desde la independencia, bajo la forma de bonos o títulos, expresados en una sola unidad monetaria y bajo un solo tipo de interés. Estos bonos podían negociarse mientras se esperaba la cancelación de dichas deudas, lo cual ocurrió 8 años después, durante el gobierno de Echenique, cuando estos se habían concentrado en pocas manos (126 personas lograron acumular 2/3 de la deuda consolidada).

Se esperaba que este grupo de beneficiados invirtiera en la economía nacional, pero no cumplieron tal papel porque prefirieron invertirlo en especulaciones financieras con el propio gobierno. Según algunos historiadores se buscaba con esta medida dotar de una clase empresarial al Perú. Aunque de todas maneras gracias a este proyecto surgieron algunas empresas como los bancos, fábricas de poca envergadura, y se modernizó la agricultura de la costa.

En realidad esto generó muchas denuncias de corrupción y enriquecimiento ilícito, ya que entre otras cosas se reconocieron muchos papeles de deuda de dudosa procedencia. La consolidación, en síntesis, o era “una manera de dotar rápidamente a una potencial clase burguesa con el capital necesario para lanzarse a la inversión económica.” O una manera muy fácil de enriquecerse ilícitamente. Según Tantaleán, la consolidación solo sirvió para beneficiar a grandes comerciantes y algunos allegados de Castilla y Echenique. Tal fue esta imagen de corrupción que generó en su época, que las palabras consolidación y robo eran usadas como sinónimos.

3. Entre la deuda y la guerra.-

La guerra con Chile en 1879 encontró al país en una situación económica crítica, tanto así que ni siquiera teníamos crédito en el extranjero, ya que en 1876 nos declaramos unilateralmente en moratoria, nuevamente. Previamente a esto hubo una serie de factores que en parte colaboraron para que esta catástrofe se diera, y entre esos factores está el manejo que se le dio a nuestra deuda externa.

En 1862 se contrata otro préstamo, esta vez por el monto de 5 millones 500 mil libras, de las cuales se utiliza la mayor parte para el pago de la deuda externa, quedando un saldo a favor del Perú de 2 millones 308 mil 374 libras. Las deudas que se pagaron fueron la inglesa que estaba al 4.5%, la deuda Hegan del ferrocarril de Tacna, y la deuda Urribarren de conversión de deuda interna a externa. Esta deuda tenía un interés del 4.5%, con un fondo de amortización del 8% al año, al tipo de 93% (¿valor de colocación?), con una comisión del 2%.

En 1865, en pleno conflicto con España, quien un año atrás había tomado el control de las islas de Chincha, el Perú logra conseguir un préstamo de 10 millones de libras, de las cuales solo se colocaron 7 millones. Este préstamo sirvió para la reconversión de los bonos de 1862, sostener la guerra con España, la compra de los barcos Huáscar e Independencia; y después del conflicto con la península, pagarle a España. Este emprésito solicitado a Thomson Bonnar y Cía, John Kennard, y Lewis Haslewood, tenía un interés del 5%, con un fondo de amortización del 5%, al tipo de 83.5%. Este préstamo fue considerado como un contrato de cláusulas onerosas, que sublevaban el sentimiento nacional porque en uno de los artículos del contrato permitía la posibilidad de que los acreedores del país, en el caso del que Perú no cumpliera con sus pagos, llegaran a las islas y cogieran el guano por su propia cuenta.

En 1866 se negoció otro préstamo pero esta vez, con Estados Unidos. Con esto se obtuvo 5 millones de dólares, que equivalía la misma cantidad de pesos en aquella época. Los bonos de esta transacción tenían un interés anual del 7%, que era un interés bastante alto en comparación con los préstamos anteriores. Este emprésito se solicitó para la compra de armamento por un posible conflicto bélico con España, nuevamente. Al final, solo se llegó a emitir 2 millones 750 mil, de los cuales solo llegaron a circular 1 millón 626 mil dólares. Hasta este préstamo se tiene la casi total seguridad de que todos estos emprésitos fueron dados con una garantía por nuestra producción del guano.

Esta etapa de prosperidad, trajo un triste colofón, y ese escenario se dio con la guerra. Pero para 1869 no se podía prever los acontecimientos del futuro, y el 5 de julio de ese año, en París, se firma el controvertido contrato Dreyfus, en donde se decide entregarle la venta del guano en monopolio a tal firma extranjera. El 17 de agosto de ese mismo año, Piérola aprueba este contrato que creó una ilusión financiera para el Perú; la misma que llevó al Estado a gastar más allá de sus posibilidades y a incrementar su endeudamiento externo. Mientras se daban estas conversaciones, en ese año se obtiene un nuevo préstamo con Thomson Bonnar y Cía, para financiar el ferrocarril de Pisco a Ica, con el cual se obtuvo 290 mil libras. Este préstamos se dio con una tasa de interés del 5% y con un precio de emisión del 7%.

El 19 de mayo de 1870, la casa Dreyfus quedó facultada para negociar un préstamo de 11 millones 920 mil libras, que resultó siendo una operación exitosa en el mercado europeo. Estos bonos tenían un interés del 6%, con una amortización del 2%, y con un valor de colocación del 80.5%. Este empréstito estuvo destinado a la construcción de ferrocarriles. Confiados por esta operación, el 24 de enero de 1871 se autoriza la emisión de un nuevo empréstito por 15 millones de libras, haciéndose nuevamente otro contrato para esto con Dreyfus. Este empréstito es lanzado al año siguiente en las bancas financieras europeas, y solo se logra colocar 230 mil libras más los 4 millones que Dreyfus se compromete a tomar.

La situación económica del país se había complicado, y nuestra capacidad crediticia se estaba mermando con los malos manejos que se hacía del gasto público y de la deuda externa. El 24 de setiembre de 1872, el Presidente Pardo presenta al Congreso un informe alarmante de la situación de la hacienda pública, en donde se mostraba que las rentas del guano se encontraban totalmente afectadas para el pago de la deuda externa.

El 25 de enero de 1873, el Congreso autoriza la emisión de una deuda de 21 millones de libras, que fueron sumadas a los bonos que no llegaron a ser colocados en el mercado europeo en 1870. Para esto se firma un contrato con Dreyfus el 5 de marzo de ese año. Esta operación fue considerada como la más importante en el siglo XIX en Europa, realizada por un gobierno latinoamericano, y esto no era nada peculiar para la época, ya que para el lapso de 1850 y 1875, el Perú tenía la deuda externa más grande de América Latina, sobrepasando a México, Brasil y Argentina por mucho. Este préstamo estaba destinado a la cancelación de las deudas de 1865, 1866 y 1870, para irrigaciones y para los ferrocarriles.

Tras una serie de negociaciones fallidas para solucionar el problema de la deuda externa peruana, en 1876 dejamos de pagarla. Aunque al parecer, según Tantaleán, en 1876 se destinaron al pago de la deuda externa 16 millones 412 mil 721 soles, y para el año siguiente, 2 millones 462 mil 134 soles. ¿A quiénes fueron a parar estos montos? Esta crisis económica no solo afectó al Perú, ya en 1873 entraron en moratoria Honduras y Santo Domingo, en 1874 lo hicieron Paraguay y Costa Rica, en 1875 fueron Bolivia y Guatemala, y junto con el Perú en 1876 lo hizo Uruguay. Esto generó una crisis de la banca internacional, sobre todo la británica, que vio afectada sus intereses en Latinoamérica.

El Perú tuvo que tomar ciertas medidas en busca de solventar esta crisis. Entre estas medidas se estatizaron las empresas de extracción guanera, y se dejó a cargo de su comercialización a empresarios peruanos - previamente en 1873 se intervino a la actividad bancaria, y en 1875 se estatizó el salitre- . De igual manera se dejó de pagar la deuda externa con acreedores ingleses, como ya lo mencionamos. Estas medidas afectaron a los intereses británicos, y según Enrique Amayo, en su libro "La influencia británica en la guerra del Pacífico" esto fue determinante para que Inglaterra estuviera a favor de esta guerra e inclinara su balanza a favor de Chile, como forma de garantizar las inversiones británicas en el salitre y el guano.

Por ello, cuando en plan guerra el Perú buscaba nuevos empréstitos para financiar la compra de más armamento y barcos de guerra, los empresarios ingleses sabotearon todos estos intentos. Como punto final a toda esta triste etapa se firmó el contrato Grace, a fines del siglo XIX, lo que le permitía al Perú saldar todas sus deudas pasadas pero a un alto costo.

25.3.07

Algunas respuestas sobre el tema de la Guerra del Pacífico


En vista de las varias respuestas, sobre todo de amigos chilenos, y la atención prestada al tema, aquí resalto lo más importante de los comentarios vertidos. Mención especial merecen los comentarios de la web:

http://www.chilewarez.org/

En donde el amigo campana de goma puso un link del artículo, y que ha tenido interesantes respuestas. Aquí resaltaremos varias de ellas.

Nayus dijo: "Bueno, la explicacion da importancia a los factores politicos y militares, es simplemente que en historia se vienen jugando mas con la base economica social como punto base para explicar los hechos, cosa que tampoco es la panacea pero es lo mas usado."

Anónimo dijo: "Lo cierto de todo esto es que esa guerra ha dejado una herida que no cicatriza y negarlo o relativizarlo no es manera de solucionar el problema. 1879 es la linea que divide lo que pudo ser de lo que somos y ya es hora de que encaremos ese pasado nefasto."

Martin Tanaka dijo: "Solamente una cosa: la discrepancia conmigo parece estar en la idea de que la definición de las guerras no depende solamente del poderío militar, sino también de factores sociales, ej. EU vs Vietnam. De acuerdo. Solamente diré que "normalmente" gana quien es superior militarmente, y excepcionalmente ocurre lo contrario. Lo de Vietman fue excepcional, y por ello requiere una explicación especial. Sin embargo, no habría nada raro en la Guerra del Pacífico. Dejo la palabra a los expertos, debería haber una evaluación exhaustiva del poderío militar de los tres países al inicio, y así determinar si el resultado era previsible. A mí me parece, sin saber mucho, que perdida la campaña marítima, ya la guerra estaba casi perdida."

El cantante dijo: "Me parece que un factor que ha enturbiado mucho nuestras relaciones con Chile, más incluso que la propia guerra, fue la ocupación de Tacna y Arica por casi medio siglo. Es decir, de una guerra te recuperas y hasta rápidamente (Japón), de un historial de guerras pueden surgir aliados comerciales (Francia-Alemania), de una mutilación territorial te olvidas (México), pero qué sucede cuando por tanto tiempo un país vecino planta su bandera en suelo nacional y violando además el tratado que supuestamente le ponía fin al conflicto.Como historiador me interesa reflexionar no tanto en lo odioso o injusto de la situación, sino en lo gravitante que ha sido para formar una memoria especial frente al país del sur. La sensación de impotencia ha de haber sido grande. Por lo menos tres generaciones formadas, en la familia, en la escuela, en la universidad, bajo una humillación colectiva cotidiana. La guerra nunca pudo cicatrizar, en ese sentido. Se trata de un caso en que el tiempo no aportaba olvido sino todo lo contrario."

marcayuq dijo: "Evidentemente, no se trata de negar o relativizar el tema de la guerra del Pacífico, sino de encararlo con una nueva visión crítica que esté distante de las posturas nacionalistas y revanchistas. Con respecto a los comentarios de Martin Tanaka, en los conflictos bélicos a través de la historia, aunque no soy experto en el tema, el poderío militar siempre ha tenido relativa importancia, sobre todo en el pasado lejano. Ahora con la guerra moderna su relatividad ha dejado paso a una mayor contundencia y peso en los resultados. La batalla de las termópilas en la antiguedad es un ejemplo interesante. Pero, ¿hasta qué punto en la guerra con chile el poderío militar influyó en el resultado? Evidentemente dio ciertas ventajas al país del sur, pero los aspectos sociales o casuales pudieron haber volteado el resultado. (...) Un ejemplo es la gran desorganización de los ejércitos peruanos en la defensa del sur, que se debió en gran medida a los conflictos políticos internos de nuestro país. Me parece que esto tuvo una gran influencia, sino en los resultados, si en la forma como resistimos y como pactamos al final de la guerra."

campana de goma dijo: "Acá tambien hay quienes usan y abusan el tema de la Guerra del Pacífico para hablar estupideces, pero en general la sensación dentro de la clase media en especial es que es un tema cerrado para nosotros, no por el hecho de que a grosso modo nuestro país resulto vencedor, sino que por la perspectiva del tiempo, eso sucedio en una epoca que a muchos ni siquiera les interesa conocer mucho (Chile adolece de una muy mala memoria, para bien y para mal).Respecto a las responsabilidades... hay culpas de ambos lados, las que fueron aprovechadas por los ingleses que actuaban tras la escena... eso lo sabemos... el resto, solo son fuegos artificiales.. Igual da pena ver que se resucita el tema para las campañas políticas, paras las crisi economicas, políticas o sociales... y todo por unos pocos pesos mas, o unas pocas cuotas de poder mas... en fin, la ambicion de algunos siempre termina siendo el mal de muchos.".

mi viejo dijo: "El autor nos demuestra que con el impedimento de la difusión de la serie “ Epopeya”, previa coordinación entre los Cancilleres de dos Estados comprometidos en el mismo pasado histórico, significa un acto de censura que pensamos que había sido superado en el siglo XXI; sin embargo, la clase política del Estado Chileno como también por sus homólogos del Estado Peruano, nos ha demostrado que no es así; por consiguiente, ha quedado acreditado con ésta actitud política que los administradores de ambos Estados no tienen ningún respeto por los derechos fundamentales de la persona humana, como es el sagrado derecho a la libertad, a pesar de ser pregoneros de un Estado liberal."

rexanxu dijo
: "da gusto ver como en Perú existen personas que se destraban de las tonteras nacionalistas y dan una mirada objetiva a los sucesos historicos, con esto se deduce q si se puede lograr una integración de los paises"

kikito1625 dijo: "como estudiante de Historia creo que falta que se enseñe la Guerra del Pacífico de manera completa; siempre se dejan de lado las atrocidades o las expoliaciones como lo que ocurrió con los libros de la Biblioteca de Lima... el mismo enfoque que le damos a las derrotas militares; Prat y Carrera Pinto perdieron.... Iquique fue una victoria peruana, no asi como ocurre con Condell y Punta Gruesa...."

rasteban dijo: "Completamente de acuerdo Kiko. El 21 de mayo deberiamos celebrar el combate de Punta gruesa. Fue una victoria increible, donde un botecito de madera vencio a un acorazado moderno, me parece (corrigeme si me equivoco) que era la nave mas potente de la Armada peruana. Y tambien nos olvidamos de la epoca de saqueo en Peru, si a Chile llegaron hasta las fuentes de las Plazas (la de conce, por ejemplo). Y como olvidar los Leones que adornan la entrada a la Base Naval de talcahuano, que eran de la Universidad de San Carlos."

mauro cobain dijo: "La guerra del pacífico es una vergüenza, más aun que sea objeto de división. Interesante el enfoque que le da el tipo en el blog, aunque es totalmente justificable que los peruanos nos tengan algo de "odio" por esa guerra. Pero es bueno ver esos pensamiento, con los conflictos históricos enterrados, la integración será más fácil"

22.3.07

La Guerra con Chile: entre la frustración permanente y el terrorismo de la memoria


"Los historiadores somos la primera línea defensiva contra el avance de los mitos nacionalistas peligrosos” Eric Hobsbawm(1)

Por: Héctor Huerto Vizcarra




Hace una semana atrás, el tema más recurrente de nuestra historia peruana volvió a salir a flote. Tal como lo relata Max Seitz, de la BBC Mundo, el miércoles pasado debió emitirse el primer capítulo del documental histórico Epopeya por la Televisión Nacional de Chile, pero fue postergado a instancias del gobierno chileno. Dicho documental trata sobre la Guerra del Pacífico y ha contado con la colaboración, al parecer, de historiadores chilenos, peruanos y bolivianos.

Esta postergación se dio a causa de un comunicado de la cancillería peruana, en donde se alegaba lo que el gobierno chileno hizo, para evitar así malos entendidos, sobre todo, en una coyuntura sensible que podría afectar la relación de los dos países. Teniendo en cuenta el conflicto diplomático que ocasionó, a fines de enero, la creación de una nueva región chilena.
(2)

Lo realmente importante de este documental es que nadie lo ha visto. Sin embargo, ha logrado concitar una larga cantidad de críticas y comentarios, e inclusive, actos desesperados por llamar la atención. Así es como la chica de la foto apareció desnuda en la pileta de la Plaza de Armas de Lima, y el diario La Razón dedicó dos de sus portadas al tema. Los medios de comunicación, como siempre, han jugado un rol importante en la propalación de viejos fantasmas o conflictos inexistentes. Al menos, eso lo sabía la chica de la pileta.(3)

Todo este alboroto se puede explicar por dos razones: por la constante frustración de la población peruana que se siente víctima de un complot siniestro de Chile, que le arrebató gran parte de su territorio, y que busca a toda costa vencernos, en todo momento, económica, política y militarmente; y por el, también, constante terrorismo de la memoria que se viene ejerciendo impunemente por historiadores, periodistas, políticos, y empresarios (dueños de los medios de comunicación), con la finalidad de manipular a la opinión pública para beneficio de sus propios intereses.(4)

Esta frustración no solo se da por una mala perspectiva educativa con respecto a ese tema, sino por el perfil histórico general que se enseña en los colegios. Antes fuimos el centro de un imperio (Cusco), luego fuimos la capital de una colonia (Lima), para terminar siendo territorio de un país pobre y desmembrado. Cuando lo que importa no son ni la cantidad de territorio que antes "poseímos" ni el poderío político que tuvo nuestra "nación"; si no más bien, los procesos sociales que se fueron desarrollando y que impiden una mejor cohesión social, y una superación económica.


Esta noción de superioridad peruana, casi aristocratizante, no deviene de historiadores marxistas, que quieren echarle la culpa de todo a las élites gobernantes, sino de posturas más conservadoras y tradicionalistas. Así también, el discurso crítico contra la élite gobernante que permitió nuestra derrota militar frente a Chile, no es exclusivo de la corriente crítica de Gonzáles Prada. Alejandro Deustua argumentaba que la culpa de la derrota peruana se debió a nuestra clase dirigente, por eso se debía poner énfasis en la educación universitaria, para así construir una nueva clase dirigente educada y pensante.(5)

En ese sentido, descalificar la idea que postula la responsabilidad histórica de la élite peruana en la Guerra del Pacífico como una mera acusación política, que no niego que haya existido, o plantear que no "existió" élite dirigente en ese periodo de tiempo, es ocultar el sol con un dedo. Las guerras no se resuelven solo por el poderío de las fuerzas militares en conflicto, de ser así Estados Unidos hubiera vencido a Vietnam, sino por el contexto social y político que existe en estos países.(6)



Tal como lo dice Martín Tanaka, para ese entonces no existían muchas diferencias económicas, sociales ni militares entre el Perú y Chile. La tan mentada cohesión social chilena es una farsa, basta recordar el levantamiento araucano en plena guerra contra el Perú. Entonces, ¿a qué se debió nuestra derrota? Posiblemente a nuestra fragmentación social y a la debilidad de nuestro sistema político de ese momento. Por ello, las primeras victorias chilenas en el campo militar, resultaron enormemente catástróficas para la perspectiva de ganancias de la élite peruana, que se dividió rápidamente.

No hay que olvidar que la élite peruana de entonces se volcó a una campaña belicista, en donde la prensa jugó un papel primordial, porque buscaba ganar a través de la guerra ciertos beneficios. Carlos Contreras y Marcos Cueto afirman que: las élites exportadoras esperaban la caída del valor nacional de nuestra moneda frente a la libra esterlina, para así multiplicar sus ganancias; los especuladores de finanzas pensaban que el conflicto iba a ser una magnífica oportunidad para emprender distintos negocios; y por último, los militares y caudillos vieron en la guerra una oportunidad para aumentar galones y obtener premios políticos.(7)

No hubo premeditación por parte de la clase política chilena de invadir nuestro territorio. Lo que hubo fue una coyuntura de guerra que fue "aprovechada" por las élites interesadas, tanto peruana como chilena. Aunque no hay que olvidar la participación inglesa en todo esto. Coyuntura que a la postre no trajo mayores beneficios a ambas élites, sino que repartió desgracias: más para los peruanos, menos para los chilenos. Siguiendo la lógica del "vencedor" en una guerra.

Pero, ¿qué dice nuestra historiografía al respecto? Al parecer, la historiografía sobre el tema responde a intereses de "clase" u orientaciones políticas determinadas. Así, podemos encontrar libros revanchistas, que solo buscan exaltar la animadversión de los lectores; nacionalistas, que buscan reconstruir el espíritu nacional en base a acciones militares heróicas; de clase, que buscan resaltar la participación de determinado grupo social durante la guerra: como la élite o el campesinado; y los políticos, que plantean la resposabilidad política de la élite limeña en nuestra derrota militar y en los problemas sociales de ese entonces, y los que plantean que éstos son demasiado políticos como para entender cabalmente lo acaecido entre 1879 y 1883. Evidentemente, muchos libros pertenecen a más de una categoría.

Lo que sucede con la historiografía de la Guerra del Pacífico es que, no se ha colectivizado la memoria que se tiene sobre estos hechos de manera crítica y reflexiva. Para muchos investigadores esta guerra sigue siendo entre el Perú y Chile, y no entre élites comerciales y políticas de ambos países. Generalizar al punto de denominar al Perú y Chile como los contendores de esta guerra, sin hacer ninguna aclaración al respecto, es traficar con la memoria, es poner una bomba en nuestro pasado.

Resulta probable que las negaciones u oposiciones surgidas durante la guerra, permitieron crear más fácilmente identidades nacionales; pero resulta penoso que éstas identidades se hayan desarrollo en base a una mentira: el nacionalismo. Por ende, no es el interés de toda una "nación", país o estado el que quiere adueñarse del Perú, sino el de una élite que llevo a cabo una epopeya sangrienta e innecesaria. Esa élite no solo estaba compuesta por las clases altas chilenas, sino también por la peruana. Porque para la época, ambos grupos sociales se encontraban íntimamente ligados por vínculos de parentesco. En resumen, eran como dos primos pequeños jugando a las guerritas.

Hay que tener cuidado con todos aquellos alardes de patriotismo que en la práctica ocultan intereses varios, desde los mercantiles hasta los políticos. En el caso de la historiografía, si bien es cierto, no todo ha sido escrito con mala intención, también es verdad, como dice un refrán popular, que de buenas intenciones está lleno el infierno.



(1) La cita en cuestión la obtuve de la entrevista de Nuria Azancot a Hobsbawm, publicada en:


http://reporterodelahistoria.blogspot.com/2007/03/la-tijera-entrevista-eric-hobsbawm-los.html

(2) Para más detalles pueden consultar el texto de Max Seitz, "Perú/Chile: pelea por una serie":


http://marcayuq.blogspot.com/2007/03/perchile-pelea-por-una-serie.html

(3) Mayores detalles sobre esta coyuntura pueden encontrarse en la crónica que redacté hace unos días atrás:


http://marcayuq.blogspot.com/2007/03/basta-de-manipulacin-histrica.html

(4) El término "terrorismo de la memoria" lo acuñó Edgar en respuesta a un comentario mío, en su primera entrada de este blog. En ese comentario se refiere a la responsabilidad de los historiadores de construir discursos históricos exclusivos y excluyentes, en vez de democratizar la memoria colectiva.

(5) Carlos Contreras y Marcos Cueto, en su Historia del Perú Contemporáneo (p.162), se equivocan al señalar que Alejandro Deustua planteaba que el problema del Perú era la presencia abultada de población indígena. Todo lo contrario, el problema para Deustua radicaba en la falta de educación de esa masa indígena, pero sobre todo, en la ausencia de una verdadera clase dirigente. Por ello, destaca el esfuerzo denodado de los indígenas en la defensa del país.

(6) Martín Tanaka dice lo contrario: "¿Por qué perdimos la guerra? Yo no creo que haya que rebuscar en explicaciones alambicadas y poco sustentadas sobre la constitución nacional de los países. Si bien soy sociólogo, creo que las explicaciones sociológicas deberían venir después de las militares, si y solo solo si es que resultan insuficientes. Creo que la explicación es simple: las fuerzas armadas chilenas eran más profesionales y estaban mejor equipadas, punto." En:

http://martintanaka.blogspot.com/2007/03/per-chile-y-los-legados-de-la-guerra.html

(7) Carlos contreras y Marcos Cueto. Historia del Perú Contemporáneo, p. 151