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26.7.09

El futuro del libro impreso: un retorno al pasado

Por: Roberto Niada A.


Antes de 1453, año de invención de la imprenta, los libros eran artículos de lujo. Se trataba de textos hechos a mano por un grupo de artistas profesionales: las letras eran dibujadas por destacados caligrafistas e incluían pequeños grabados a colores realizados por los llamados miniaturistas. La elaboración de los libros era lenta. Cada ejemplar de una obra era único y, por lo tanto, tenía un precio individual. Quienes ordenaban su confección solían ser acaudalados aristócratas o comerciantes, los que tenían un interés no solo cultural, sino de colección. La aparición de la imprenta marcaría el inicio de un cambio progresivo de este panorama, ya que permitió producir una mayor cantidad de textos en menor tiempo. Además, los ejemplares de una obra salían de los talleres de imprenta a un bajo precio, el cual era el mismo para cada ejemplar. El resultado de este proceso fue la democratización del libro y, por ende, de la lectura.

En la actualidad, sin embargo, el libro impreso ha iniciado lentamente el camino de regreso a lo que fue hace cientos de años: un objeto de lujo y colección. ¿A qué se debe esto? En primer lugar, la existencia en el ciberespacio de versiones digitales gratuitas de libros ha hecho que los lectores prefieran descargar aquellas que adquirir textos en las librerías. En segundo lugar, la profundización del cambio climático llevará a los gobiernos a preservar los bosques en lugar de talarlos para elaborar, entre otras cosas, papel. Así, con el tiempo, el precio de este –y de los textos– se irá incrementando y las editoriales abandonarán progresivamente su costumbre de imprimir en papel los libros. A las razones anteriores, relacionadas con el ahorro personal y la protección del medio ambiente, se agrega otra, que es el cuidado de la salud. Así, cuando la calidad del papel de los libros no es de las mejores, estos suelen ponerse amarillentos y tomar un mal olor, lo que puede desencadenar procesos alérgicos en algunas personas. Esto se evita con la lectura de las versiones digitales en las computadoras o en otros dispositivos electrónicos.

Por las razones expuestas, en un futuro quizás no tan lejano serán pocas las personas que puedan preciarse de tener una biblioteca impresa. Serán personajes acaudalados que gusten evidentemente de la lectura, pero también de sentir el olor del papel mojado en tinta.

14.3.09

El Inca inglés


Por: Héctor Huerto Vizcarra

Al parecer, los ingleses tienen la manía de ser todo menos ingleses. Recuerdo que una amiga inglesa, Katriona, me dijo hace algunos meses atrás que el plato nacional de Inglaterra era el curry. Además, esa impresión la tenía desde mucho antes porque conocía la historia real de
Archibald Belaney, un inglés nacido en Hastings que siendo muy joven se muda a Cánada en 1906 en donde se hace pasar por nativo americano, como hijo de un padre escosés y una madre apache nacido en USA. Inmediatamente, se cambia el nombre a Búho Gris. Luego sería recordado porque escribió libros sobre su experiencia con la naturaleza, por lo que es considerado en Cánada como uno de los primeros conservacionistas, logrando tal interés mediático y reconocimiento que es llevado de gira a en su patria natal Inglaterra. Su historia es tan curiosa e interesante que fue llevada al cine en 1999.

 

El caso de Belaney es un ejemplo perfecto de cómo se deberían entender las identidades culturales y lo relativa que resulta ser la apariencia física en relación con las mismas. Por eso, Degregori (1993) plantea que las identidades étnicas tienen que ser vistas desde un enfoque situacional, que implica analizar a la etnicidad a través de sus transformaciones en el tiempo, como identidades fluidas que se construyen y reconstruyen, se reclaman o se ocultan, de acuerdo a las circunstancias.

 

Entonces, descubrir la historia del inglés que se convirtió en un Inca me ratificó esa idea sobre los ingleses. Gracias a CLiotropos pude descubrir a la biblioteca digital más importante del mundo, Internet Archive, que ha sido linkeada a este blog. En donde podemos encontrar informaciones de todo tipo ya que es un proyecto que viene funcionando desde 1966. Para explicarla mejor, copió unos párrafos de Cliotropos:

El IA mantiene antiguas versiones de software, copias consecutivas de “páginas”, bases de datos  y otros recursos que de otra manera inevitablemente desaparecerían y, en general, es un gigantesco repositorio de todo lo que se ha publicado y sigue publicándose en web.  La iniciativa es en parte un museo y en parte una biblioteca.  Ofrece, entre otros recursos atractivos para el historiador, una “máquina del tiempo” (Wayback Machine), que permite ubicar y ver antiguas versiones de páginas web (incluyendo algunas ya desaparecidas).

Como parte de estos propósitos, el IA ha procedido a compilar archivos de libros digitales disponibles en distintos lugares.  Aproximadamente la mitad de los recursos  proceden de la sección en dominio público del macro proyecto de Google Libros, pero otros vienen de distintos  repositorios, entre ellos el Proyecto Gutenberg y la ya difunta iniciativa  Live Search Book, de Microsoft (con 750000 títulos digitalizados).

 

En este sitio encontré una novela de aventuras de Harry Collingwood, Adventures in Peru, publicada en Inglaterra en 1910, que narra la historia de un joven aprendiz de ingeniero civil que viene al Perú para la construcción de una vía del tren, y que trás desbarrancarse en un accidente es rescatado por indígenas peruanos, quienes lo consideran como un Inca reencarnado. Aún no leo la novela, y habría que ver como nos describen, pero en lo que no tengo dudas es que el ilustrador de la misma, como pueden apreciar en la página 6 de este libro, imaginaba a los indios peruanos como a si fueran apaches.

Les dejo el libro por si quieren leerlo:

 

Harry Collingwood Harry Escombe Adventures in Peru

14.11.07

Los archivos nacionales y la guerra de 1879



Por: Pedro Guibovich Pérez

En estos días, el saqueo de nuestra Biblioteca Nacional ocurrido durante la ocupación chilena de Lima en 1881 ha vuelto a ser noticia debido a la devolución de 3788 ejemplares a su legítimo propietario. Fueron muchos los libros transportados a Chile, y muchos los que aún permanecen allí, pero también fueron numerosos los documentos administrativos y de carácter histórico que emigraron al sur. Nadie se ha pronunciado al respecto. Es importante tomar conciencia de ello y por ello escribo esta breve nota.

En la tarde del 17 de enero de 1881, el ejército chileno entró a la ciudad Lima. De acuerdo con los testimonios de contemporáneos, reinaba un profundo silencio. Tal atmósfera de recogimiento se explica por el dolor que embargaba a la población luego de las derrotas militares que habían precedido a la toma de la capital, como también por el temor que infundía la tropa sureña dada su bien ganada reputación de violencia y crueldad.

Una vez dueños de la ciudad, el alto mando militar chileno empezó a organizar la ocupación. Con esa finalidad confiscó los principales establecimientos administrativos y educativos, a fin de destinarlos al alojamiento de los empleados -jueces y burócratas- como también de los soldados chilenos. Entre los edificios tomados estuvo, como era previsible, el palacio de gobierno. Uno de sus residentes, el secretario general del ejército, Eulogio Altamirano en una carta al presidente Aníbal Pinto, suscrita el 20 de enero de 1881, anotó: “le prevengo que le escribo en el escritorio de Piérola y que duermo en su propio catre”. A lo que añadió, “supongo que ustedes saben que nosotros despachamos en todos los ministerios y que todos los archivos están en nuestro poder. Podríamos mandarlos íntegros si ustedes lo desearan”. El ofrecimiento de Altamirano no tardó en hacerse realidad.

El 24 de febrero, según cuenta Palma en una carta a Piérola, se dio inicio al saqueo de las oficinas y establecimientos públicos. “Los muebles de las oficina de palacio desaparecen y los archivos de Relaciones Exteriores y Hacienda se encajonan para ser trasladados a Chile” anotó Palma. Al saqueo de los archivos administrativos se sumó el del Archivo Nacional y el de la Universidad de San Marcos.

El Archivo Nacional, de acuerdo con Alberto Ulloa, “fue entregado al pillaje”. Según el mismo, la pérdida de los documentos se debió al “interés de algunos que algunos caballeron chilenos, con notorias aficiones históricas, pusieron en revisar personalmente el Archivo para buscar datos y documentos de que habían menester”. Y prosigue “muchos de los cuales encontraron y se apropiaron, efectivamente, lo que es fácil comprobar [...] comparando los truncados catálogos que hoy se conservan, con los documentos publicados en Santiago y en otros lugares pocos años más tarde”. El testimonio de Ulloa es confirmado por otras fuentes. En 1883, Manuel Bravo, un antiguo empleado del Archivo Nacional dirigió al Ministro de Justicia, Culto e Instrucción, un detallado informe acerca de la desaparición del mobiliario así como de abundante documentación, alrededor de trescientos legajos, de las secciones de Audiencia de Lima e Inquisición. Dos años después, en 1885, Ricardo Palma logró del gobierno de Chile la devolución de diez cajones de documentos sobre el Santo Oficio peruano. El resto quedó en Santiago de Chile y hoy en día se puede consultar en el Archivo Nacional, como yo mismo lo he comprobado en un par de estancias de investigación en dicho repositorio.

Otros archivos tuvieron un destino incierto. Tal fue el caso del de la Universidad de San Marcos. Hasta 1881 el archivo de la Universidad se había conservado bastante completo. En sus estantes se alineaban los libros de matrícula, de claustro, de grados, de cédulas y provisiones, y numerosos expedientes administrativos desde su fundación a mediados del siglo XVI. La mayor parte desapareció en parte consecuencia del saqueo y del vandalismo de la tropa que ocupó el local para convertilo en caballeriza. En diciembre de 1883, Guillermo Seoane, secretario de la Universidad, escribió que muebles y aparatos se sacaban en carretas, como también libros y legajos. Algunos de estos últimos, decía, fueron vendidos al peso por los soldados en las pulperías de la ciudad.

Pero no todos los repositorios documentales fueron expoliados. Ricardo Aranda escondió el archivo de la Cámara de Diputados y César Canevaro hizo lo propio con el archivo de la municipalidad. Una vez concluida la ocupación de la ciudad, ambos archivos volvieron a sus instituciones de origen.

Hoy en día la recuperación del patrimonio bibliográfico perdido durante la guerra de 1879 ha vuelto a ser noticia. Los manuscritos siguen en Chile. Ellos son tan importantes como los libros, porque los documentos históricos --parafraseando a Alberto Flores Galindo-- encierran más de una clave para entender el pasado y el presente históricos del Perú.

31.7.07

De la espada de Damocles al harakiri. Historia y perspectiva de los libros y la lectura en el Perú. FINAL


Por: Héctor Huerto Vizcarra

De la espada de Damocles al harakiri.-

Si bien es cierto que la forma del libro y su difusión tienen una relación directa, en la medida en que la transformación del libro significó en el pasado un objeto de menor tamaño, de menor costo, y de mayor número de copias, lo que permitió que estuviera al alcance de mayor número de diligentes manos y ojos ávidos, deseosos de recorrer la tinta grabada en ellos, es el significado del libro dentro de la sociedad, lo que determina el rol que este objeto ha de cumplir. Convirtiéndose, dependiendo de la situación, en un mediador de conocimientos o de entretenimiento, o en un artículo de lujo. Se suele decir que es lo primero, pero cuando constatamos los precios que suelen tener, no queda más que evidenciar una verdad.

El libro en la actualidad, y no solo en el Perú, es un objeto que tiene que venderse y proporcionar ganancias a quienes lo editan, e incluso a los que lo escriben –aunque pareciera lo contrario–. Por ello el acceso al libro y a su lectura siempre será limitado, aún si existen varias bibliotecas públicas adecuadamente dotadas (lo que es un imposible en el Perú actual). Ni siquiera los vendedores de libros de viejo ven al libro como algo más que un producto, ni qué decir los vendedores piratas. Solo en la red o internet, dentro de las comunidades de distribución, intercambio y digitalización de libros, puede hallarse un significado distinto al libro, que es muy relacionado con “la cultura” –como si fuese única y universal–; al menos entendámosla, esta vez, como la cultura de leer libros por interés e iniciativa propia. La cultura no se vende, es el lema de este grupo de personas, pero estas palabras juntas parecieran horrorizar a muchos empresarios y vendedores.

En el Perú la distribución de libros no se limita a las librerías formales, o incluso puestos de periódicos, sino que también se produce en las denominadas Ferias de Libros, ubicadas en el jirón Quilca y Amazonas. También están los vendedores ambulantes en las calles, quienes son los que comercializan el libro falsificado. Por último, están los libros que uno puede obtener gracias al internet. Como se constata en estos ejemplos, existen varios canales de distribución de libros, lo cual no significa que se tenga fácil acceso al libro, ya que éste está delimitado por la capacidad económica que tenga la persona interesada en adquirirlos. Incluso los que suelen “bajar” libros por la red deben disponer del internet, que no es gratuito, para conseguir su propósito; además este tipo de lector debe contar con una computadora en casa, porque leer en una cabina de internet es imposible. Esta es una razón importante del por qué no se lee en el Perú, entre otras.

El asunto no es si el libro va a desaparecer o no, lo que va a cambiar posiblemente de acá a una decena de años, es la forma que este tiene. Ya no será un papel sino una pantalla. El problema de fondo, como se mencionó al inicio del ensayo, es el hábito de la lectura, que no existe y que no se cultiva en los colegios. El Estado tampoco ayuda, ya que no invierte en educación, ni en bibliotecas, ni libros. El sistema económico, llámese mercado, tampoco ayuda. Así como se bota leche al caudal de los ríos para que no abaraten el precio del producto, después de determinado tiempo, las editoriales europeas deciden destruir los libros que no salen a la venta. Eso debería ser un delito.

No es verdad lo que suelen decir los representantes de las editoriales peruanas cuando afirman que es el Estado y su falta de ayuda a la “cultura”, la principal amenaza que se cierne, como una espada, sobre sus cabezas; sino es la actitud que tienen las editoriales, la mayoría de autores, los vendedores, e incluso los consumidores sobre el rol que tiene el libro y la lectura en una sociedad. Incluso, entre los que leemos, debemos aprender a cuestionar los libros que caen en nuestras manos.

Los nuevos calificadores de la Inquisición posmoderna serían en la actualidad los índices de ventas. El pasado se hace presente una vez más. Poco o nada se valora la importancia del contenido; cuando una editorial se decide a publicar lo que suele primar es el posible margen de ventas que el producto puede originar. Lo más alarmante es que esta censura puede hacerse tácita, como lo que pasó con Belaunde en los años 60’s. Si son pocos los que leen, ¿quién saldrá a defender este derecho a escoger libremente lo que uno quiere leer?

Este suicidio colectivo al cual nos dirigimos no es culpa de la ignorancia de las personas que no leen. Es culpa de los que si tenemos el habito de leer, y que no nos preocupamos en difundirlo. No es cierto que la computadora aleje a los niños de los libros, la televisión hizo mucho tiempo atrás ese sucio trabajo.[1] Sin embargo, no todos los que crecieron con la televisión han dejado de leer en sus ratos libres. Es hora de tomar un libro y prestárselo o regalárselo a alguien más.

Bibliografía.-

EGUIGUREN, Luis. La universidad en el s. XVI. Lima: Santa María, 1951.
EGUIGUREN, Luis. Diccionario histórico cronológico de la pontificia universidad de San Marcos. Lima: UNMSM.
GONZÁLEZ, Carlos Alberto. “Emigrantes y comercio de libros en el Virreinato del Perú”. En: Revista del Archivo General de la Nación, Lima: AGN, N° 27, 1993.
GUIBOVICH, Pedro. “Bibliotecas, archivos e investigación histórica”. En: Histórica, Lima: PUCP, vol. XXVI, N° 1-2, 2002, pp. 577- 659
GUIBOVICH, Pedro. “Custodios de la ortodoxia: los calificadores de la Inquisición de Lima, 1570-1754”. En: Revista de la Inquisición, Madrid: vol. 10, 2001, pp. 213- 229
GUIBOVICH, Pedro. La educación en el Perú colonial: fuentes e historiografía. En: Histórica, Lima, PUCP, vol. XVII, n° 2, 1993.
KAGAN, Richard. Universidad y sociedad en la España moderna. Madrid: Tecnos, 1981.
LOHMANN, Guillermo. Amarilis Indiana. Identificación y semblanza. Lima: PUCP, 1993
MATA ANAYA, Juan. ¿Apocalipsis o renacimiento?. Internet: relatocorto.com. En: http://www.relatocorto.com/apocalipsis.pdf
OLAYA, Julio. La producción del libro en el Perú, periodo 1950-1999. Tesis de Licenciatura de Bibliotecología y Ciencias de la Información, San Marcos, 2001
SARTORI, Giovanni. Homo Videns. La sociedad teledirigida. México: Taurus, 1998.
VALCARCEL, Carlos Daniel. San Marcos: Universidad Decana de América. Segunda edición. Lima: UNMSM, 2001.
VILLANUEVA, Aída. El circuito informal de libros en el Perú: El caso de la Cámara Popular de Libreros del Jirón Amazonas. Internet, en: www.citebase.eprintis.org [2]


[1] Giovanni Sartori. Homo Videns. La sociedad teledirigida.
[2] Al parecer ya no se puede acceder a este texto desde internet.

13.7.07

De la espada de Damocles al harakiri IV Parte: Leyendas Urbanas

Por: Héctor Huerto Vizcarra

Leyendas Urbanas.-

A pesar de la poca costumbre de leer que tiene el peruano promedio, existe una demanda por los libros, que es innegable. Esto puede evidenciarse en la existencia de vendedores de libros “pirata”, es decir falsificados, y en la labor que cumplen los vendedores de libros de viejo, o usados. Este mercado se nutre por las personas que imposibilitadas de pagar el precio de cierto libro en una librería, por sus altos costos, recurre a estas dos alternativas, como solución al problema de acceso a los mismos.

Según declaraciones de Germán Coronado en 1999, responsable de la Editorial Peisa, los vendedores piratas de libros (piratas son los vendedores y no los libros que se suelen ceñir al contenido original de la obra) facturan mucho más que el sector formal, llegando a vender hasta 3 veces más libros que ellos.[1] Usualmente se venden ilegalmente libros de autoayuda, que últimamente tienen un mercado ganado, y los llamados bestsellers, que mayormente carecen de calidad literaria. Cualquiera los puede ver a estos vendedores piratas transitando por las pistas de toda Lima, principalmente en los distritos denominados residenciales, ofertando su producto a precios realmente cómodos – la verdad es que para leer una novela calificada como bestseller, no pagaría el precio que me ponen en una librería formal–. Hay también los que piratean libros de buen gusto, pero son tan pocos, porque el buen gusto está en extinción en el Perú, que se debería incentivar su comercialización.

Los libros de viejo presentan una realidad distinta, aunque no del todo alejada de la informalidad y la piratería. Estos vendedores de libros de viejo están agrupados en la Cámara Popular del Libro, nombre provocativamente similar al gremio de las editoriales, creada en 1997 cuando se iba a efectuar su traslado de la Avenida Grau al Jirón Amazonas, donde ahora están ubicados. Estos “libreros” buscan diferenciarse de los “vendedores de libros” o “tratantes”, como se les llamaría en la época colonial, por su experiencia y conocimiento del negocio y el producto. Algunos de ellos incluso cuentan con educación superior.[2]

Aunque ellos afirman que prestan un servicio a la comunidad, al vender a precios cómodos libros escolares, de literatura, ciencias sociales, y otros rubros más, y poner al alcance de los sectores populares la adquisición de estos libros; ese no es más que un negocio al cual acceden mayoritariamente los miembros de las clases medias. Entonces surge una pregunta: ¿los pobres no compran ni leen libros? Como lamentablemente los libreros de viejo carecen de estadísticas de venta y no se puede almacenar información que nos permita develar tal misterio, la interrogante quedará sin respuesta. No solo de pan vive el hombre, pero menos lo hace comprando libros.

Un medio de distribución de libros de forma totalmente gratuita se puede encontrar gracias al internet. En este mundo virtual subsisten proyectos de digitalización de libros de distinta temática y autores, y estos proyectos responden a personas de diversas nacionalidades, e incluso, diferentes idiomas. En inglés, uno de los más importantes proyectos se denomina Gutenberg como el inventor de la imprenta. De igual manera, en español vale la pena resaltar uno de ellos, denominado simplemente como LibrosGratis (http://ar.groups.yahoo.com/group/librosgratis), que consta con un catálogo en word que sobrepasa las 1000 páginas, y que tiene un promedio de 40 libros o textos agregados al catalogo cada mes.

Entre los títulos sobresalen novelas de todo tipo, de renombrados y no tan nombrados autores, que ofrecen un mundo mágico al potencial lector. También se encuentran ensayos sobre política, historia y filosofía, que son pocos; y no están ausentes los afamados manuales de autoayuda. Incluso están digitalizados los libros de escritores contemporáneos, lo que en términos convencionales estaría violando la ley de los derechos de autor.

Los libros son digitalizados en formato word, pdf, txt o html, y pueden variar de distinta calidad: por ejemplo, El Vizconde de Bragelonne de Alejandro Dumas se encuentra pésimamente digitalizado y solo está disponible en formato pdf, que hace imposible su corrección. Así como existen comunidades de distribución e intercambio de libros, también las hay dedicadas a la digitalización de los mismos. Dentro de la red surge otro significado al concepto de autor: autor no solo es quien escribe el libro, sino también quien lo digitaliza. Aunque esto es realmente absurdo, provoca muy amargas e innecesarias disputas.

Este espacio de libertad y solidaridad planetaria no esta exento de peligros, llámese editoriales, que intentan que se cierren. Algo parecido le sucedió al Proyecto Espartaco en el 2004, página de digitalización y distribución de libros de literatura y política, aparentemente hecha en Chile. Cuando decidieron subir a la red el libro digitalizado de Naomi Klein, No logo: el poder de las marcas (¡hermosa ironía!), recibieron amenazas de una editorial española, cuyo nombre he sepultado ya en mi memoria; lo que obligó a que cerraran la página web para evitar mayores contratiempos. Previamente a esta denuncia le habían llegado dos más, al menos.

[1] citado en Aída Villanueva. El circuito informal de libros en el Perú: El caso de la Cámara Popular de Libreros del Jirón Amazonas, p. 11

[2] Aída Villanueva. El circuito informal de libros en el Perú: El caso de la Cámara Popular de Libreros del Jirón Amazonas. Consúltese este texto si se quiere leer una breve historia de los libreros del jirón Amazonas.

9.7.07

De la espada de Damocles al harakiri. Historia y perspectiva de los libros y la lectura en el Perú: La República (III Parte)

Por: Héctor Huerto Vizcarra

La República: libertad para todos, libros para unos cuantos.-

La historia de la independencia del Perú es una historia de frustraciones, desengaños y malos entendidos. No está en la intención de este ensayo abarcar todos los fantasmas que divagan por las escuelas, bibliotecas y universidades nacionales, sean éstas públicas o privadas. Lo que se busca es resaltar aquellos acontecimientos pertenecientes al transcurso histórico del Perú, que se muestren relevantes para comprender el proceso del libro y la lectura.

Una de las primeras medidas que adoptó el gobierno de San Martín fue la creación de una Biblioteca Nacional, con la idea de elevar el nivel moral e intelectual de la población. Las colecciones de libros que la constituyeron provenían de los colegios y conventos suprimidos, en especial de las bibliotecas de la Compañía de Jesús; orden religiosa que fue expulsada del Perú en 1767.

Como toda institución creada o fundada en el Perú, la Biblioteca Nacional no cumplió con los fines para la cual fue creada. Para Pedro Guibovich, estaba compuesta por textos que en su mayoría distaban de ser “modernos”, que versaban sobre teología moral, doctrina religiosa; o que estaban escritos en latín, lo que imposibilitaba para muchos su lectura. Durante el siglo XIX, la Biblioteca Nacional se convirtió en un refugio para eruditos historiadores y bibliógrafos, distante de la población lectora en general.[1]

Sin embargo, la gran catástrofe para el libro peruano se dio con la guerra y el saqueo a fines del XIX. Instituciones como la Biblioteca Nacional, o la Biblioteca de la Universidad de San Marcos fueron desmanteladas, existiendo en tales robos una lógica sistemática y manipuladora (coadyuvada por la ingenuidad de algunos peruanos, como fue el caso del entonces director de la Biblioteca Nacional, Manuel de Odriozola). Muchos de los libros fueron a parar a Santiago de Chile, algunos se perdieron para siempre, y solo unos cuantos fueron devueltos a Lima, años después. Es muy probable que la importancia de tales libros haya sido descubierta por los peruanos después de estos saqueos, cuando ya era demasiado tarde, debido –posiblemente- a la distancia que existía entre esas instituciones y la gente del común.

La guerra provocó no solo una gran crisis económica en el país, sino que también, motivó muchos debates políticos y académicos sobre las causas de nuestra derrota y las medidas que se tenían que adoptar en el país para lograr nuestro desarrollo. Uno de los principales temas que se debatió a finales de ese siglo e inicios del XX, fue el de la educación. Este debate tuvo dos contendores importantes: Alejandro Deustua y Manuel Vicente Villarán. El último, proponía que el Estado debía concentrar sus esfuerzos en las escuelas de primeras letras, ya que era necesaria la educación a gran escala para redimir a gran parte de la población nacional, compuesta de indios principalmente. Pretendía fortalecer, en instancias superiores, la educación técnica y científica, que posibilitara el desarrollo de las industrias.

En cambio, Deustua priorizaba la enseñanza superior Universitaria, porque creía que la formación de una clase dirigente capaz y desinteresada era la mejor manera para llevar a cabo la tan ansiada recuperación política y económica. Tal era su deseo de formar una pequeña élite intelectual, que llegó a postular que se cerraran las universidades del interior del país. Tales ideas provenían de un análisis histórico previo, que resulta poco conservador para lo que se podría esperar: la gran culpable de la derrota en la guerra, y de la crisis económica subsiguiente, no eran los indios, quienes en la medida de sus posibilidades para Deustua habían cumplido con su rol de defender la patria, era la clase dirigente. Para él se debía cambiar la composición de la clase dirigente por una aristocracia de méritos y no de dinero o abolengo.

Ni uno ni otro se preocuparon porque la práctica de la lectura fuera un hábito frecuente entre la población, y ambos fueron ministros de Educación en diferentes momentos. Villarán buscaba que las personas aprendieran a leer y a escribir porque creía que el país necesitaba tener trabajadores preparados en cuestiones técnicas. Deustua reconocía la gran crisis económica en que estaba sumido el país, por lo que postulaba priorizar la educación de unos pocos, en la medida en que se constituyeran en el futuro como una clase dirigente. Al final eso fue lo que pasó, el hábito de la lectura fue afán de unos pocos, y los libros que se publicaban en el Perú tenían un mercado reducido e irregular.

A partir de la década de los 50’s del siglo pasado se puede hacer un seguimiento de la producción libresca en el Perú. En esa década se publicaron en promedio 795.6 libros, siendo el año de 1959 el que mayor producción tuvo, con 914 libros. En la década siguiente el promedio se incrementó ligeramente, siendo la cifra promedio de 830.3 libros por año. La producción anual era muy irregular, por ejemplo, en 1966 se publicaron 985 libros, dos años después la cantidad de libros publicados disminuyó a 712 y para 1969 la cifra se hundió mucho más, se publicó solo 535 libros; pero un año después la producción ya se había recuperado en 885 libros. Esta irregularidad será una constante hasta en la actualidad.[2]

En la década de los 70’s se produce un mayor crecimiento en la producción literaria, con 989.6 libros de promedio al año, debido probablemente a las condiciones políticas en que vivía el país, con un gobierno que enfatizó su interés en la educación, y en la producción de libros de historia y ciencias sociales. Me remito a los hechos: en esa década de publicó en el Perú la voluminosa Colección Documental de la Independencia del Perú, que consta de casi 200 tomos. Una legislación favorable a la producción libresca se emitió en los primeros años de la década anterior, mediante una Ley N° 13710, en la cual se exoneró de impuestos a los libros; poco tiempo después, el 5 de febrero de 1962 se aprobó otra ley N° 13978 que exoneró de los derechos de importación a la maquinaria, equipos y materiales de imprenta. Esto permitió que en poco años se generalizara el sistema de impresión offset en el país, según Julio Olaya.

Previamente a este ligero e importante aumento en la producción de libros en el Perú, ocurrieron varios hechos ahora anecdóticos, pero que en su momento colindaban con el escándalo y la estulticia. En setiembre de 1960 se dieron algunas Resoluciones Supremas referentes a la censura de libros. Se temía sobre todo a los libros provenientes del extranjero que pudieran tener un contenido político de izquierda. Como medida de fuerza se autorizó la quema pública de libros, cual historia medieval de brujas y herejes; así el primer gobierno de Belaunde se constituyó en un moderno Tribunal de la Santa Inquisición. El 25 de julio de 1967 salió publicado en La Prensa una denuncia que realizó un importante impresor peruano, Juan Mejía Baca, contra el gobierno de turno por tales hechos, pero él no fue el único. Un año después, en 1968, dentro de un sentimiento adverso por tales eventos, el 11 de mayo se decretó la Resolución Suprema N° 0191-68-GP/60 que dejaba sin efecto las resoluciones anteriores sobre la censura de libros.

No se tienen suficientes datos para la década de los 80’s como para tener el promedio anual de la producción de libros en el Perú de esos años. A pesar de ello, se sabe que durante los años de 1980 y 1985 se publicaron 602 y 518 libros, respectivamente. La crisis económica que se fue gestando a finales del gobierno militar había afectado a la capacidad de consumo de la población, y los insumos con que se fabricaban los libros se habían encarecido. Esto afectó enormemente a las editoriales en el país, quienes para los primeros años de los 90’s, comenzaron a cerrar sus puertas. El 22 de setiembre de 1992 salió publicada una nota periodística en donde se informaba que el último semestre 44 empresas dedicadas a la edición, distribución y comercialización de libros habían cerrado. De igual manera, en julio de 1993 la Cámara Peruana del Libro afirmó que en los últimos 3 años se habían cerrado 20 librerías. [3]

Si bien es cierto que en los 90’s el promedio anual de la producción de libros se elevó muy por encima del promedio de los 70’s, llegando a tener 1847.5 libros por año; el costo de los mismos se vio incrementado. En parte por las trabas tributarias que no exoneraban al libro del pago de impuestos en las ventas, e incluso cuando se los exoneró del 18% de IGV, el servicio de impresión y encuadernación no estaban exentos del mismo. Cuando en marzo de 1993 el ministro de Educación fue interpelado por las cargas tributarias que pendían sobre el libro, dijo: “Desgravar la impresión de los libros contraviene la política de uniformidad tributaria que el gobierno ha dictado durante los últimos meses”.[4] El concepto de libro como objeto de lucro, en su máxima expresión.

Si se contraponen los datos de la producción del libro en el Perú, desde mediados del siglo pasado, se encontrará una constante de crecimiento en la producción. Sin embargo, si comparamos tales datos con el número poblacional que tiene el Perú en esos años, se encontrará que la producción no solo se ha estancado sino que ha retrocedido en determinados años. En 1950 se producía un libro por cada 10 017 habitantes, para 1997 la relación varió notablemente: un libro por cada 17 211 habitantes. Siendo el mayor porcentaje de libros producidos los libros escolares, podemos inferir que en el Perú, el hábito de lectura ha pasado a ser una leyenda urbana más.

[1] Pedro Guibovich. Bibliotecas, archivos e investigación histórica, p. 581

[2] Todos los datos referentes a la producción libresca en el Perú, a partir de los 50´s, provienen de la tesis de grado de Julio Olaya: La producción del libro en el Perú, periodo 1950-1999. Los comentarios al respecto, a menos que exprese lo contrario, son estrictamente personales.

[3] Julio Olaya: La producción del libro en el Perú, periodo 1950-1999, p. 69

[4] El Comercio, 13 de julio de 1993, citado en Julio Olaya: La producción del libro en el Perú, periodo 1950-1999, p. 33

4.7.07

De la espada de Damocles al harakiri. Historia y perspectiva de los libros y la lectura en el Perú: Un poco de Historia Colonial (II Parte)

Por: Héctor Huerto Vizcarra

Un poco de Historia Colonial.-

La historia del libro no puede entenderse como el trayecto histórico de las formas que fue adoptando (del papiro al pergamino, y así sucesivamente hasta llegar al papel, tal cual lo conocemos), sino como el trayecto de los procesos sociales que fue generando y en los que se fue insertando. He ahí donde encontraremos el verdadero significado del libro.

No debemos olvidar que el libro se compone de palabras –símbolos– las cuáles necesitan ser interpretadas, para lo que en la actualidad existen ciertas normas, dependiendo de la lengua y el lugar. El desciframiento de tales significantes, es el acto mismo de la lectura; aunque no es el único, puesto que también se le añade, la labor de la comprensión. Somos nosotros, los seres humanos, los que hemos creado toda aquella simbología, y detrás de cada uno de nosotros se encuentra todo un bagaje histórico y cultural que proporciona características propias a los procesos de desciframiento y comprensión; los cuales se han ido desenvolviendo por etapas, en la medida en que el hombre ha logrado perfeccionar el hábito de la lectura. No era de extrañar que en la antigüedad, San Agustín, se sorprendiera al observar a su maestro Ambrosio, leer sin pronunciar palabra alguna, manteniendo el silencio. Esto se debía a que la costumbre era otra; usualmente se leía en voz alta.[1]

La lectura y el libro encontraron en la invención de la imprenta una herramienta que les permitió alcanzar una mayor difusión, reservada en la edad media a los monasterios o centros de educación religiosa. Fue casi a mediados del siglo XV cuando Johannes Gutenberg concibió por primera vez la imprenta en su conjunto, y con ello motivó profundas transformaciones a nivel cultural y político en la Europa de entonces. La lectura y las letras que antes de la imprenta eran dominio de un pequeño y elitizado grupo de religiosos, se extendió por las capas medias de las distintas sociedades europeas, permitiendo así la formación de una burocracia estatal.

No es extraño entonces, que la invención de la imprenta sea considerada como una de las tres causas principales de la reforma educacional que tuvo lugar en la Europa del siglo XVI, de la cual España no estuvo exenta, que se caracterizó por el incremento del número de hombres “educados”. La difusión de los libros impresos, y la importancia que fue adquiriendo la naciente burocracia, implicó que con el tiempo la aristocracia se diera cuenta del valor de la educación como nuevo medio social para mantenerse cerca del poder económico y político, que había sido centralizado por el Rey. El poderío de los feudos, en desmedro del poder central y soberano del monarca, se fue disolviendo, y dentro de este proceso político, la burocracia jugó un importante rol, permitiendo así el surgimiento de las monarquías absolutistas. Por ello, se explica el interés que se tiene en la formación de los llamados hombres de letras, por parte de la monarquía. En España, por ejemplo, este esfuerzo no se limitó a la enseñanza de las primeras letras, sino a la formación de futuros funcionarios para la Corona, los cuales eran educados en las Universidades. En el lapso de 1474-1620 funcionaron 33 universidades en España.[2]

Con el tiempo, el saber leer y escribir simbolizaba estatus y poder, y muchos que se preciaban de hijodalgos, a pesar de ser analfabetos, se preocupaban en aprender a firmar su nombre. La posibilidad de seguir una carrera de letras o de teología en una universidad, permitía a mucho de los españoles continuar una carrera exitosa, o al menos provechosa, dentro del aparato Estatal. Se explica por eso el prematuro interés de los primeros conquistadores del Perú en fundar una Universidad. Según el cronista Calancha, Pizarro llegó a separar un solar destinado para una futura universidad en la fundación de Jauja, que iba a ser designada como la Capital del Virreinato del Perú.[3]

El primer intento serio para fundar una Universidad en Lima se da durante el segundo Capítulo de la Orden de los dominicos, el primero de julio 1548; ese día se decide aprobar por primera vez la fundación de una universidad. Pero el éxito se verá coronado un año después, cuando el cabildo de Lima decide nombrar dos procuradores para enviar a España con una serie de peticiones, entre las cuales se encontraba la propuesta para fundar una universidad. Estos dos procuradores fueron fray Tomás de San Martín, perteneciente a la orden de los dominicos, y el capitán Jerónimo de Aliaga. De esta manera, la universidad de la Ciudad de los Reyes, que posteriormente se denominaría mediante un sorteo como San Marcos (1574), fue fundada por Real Cédula fechada en Valladolid el 12 de mayo de 1551.[4] Solo pasaron 18 años desde el desembarco de los primeros conquistadores en Tumbes, y el Perú ya contaba con una Universidad.

Pero la práctica de la lectura no solo se restringía al ámbito de las universidades o Colegios Mayores, ni tampoco en el Perú la educación se limitaba a aquellas personas con ambición de poder o estatus económico alto. La lectura también era una actividad placentera y como tal, durante la colonia, se disfrutaba de leer novelas de caballería, novelas picarescas, romances, tratados de historia y hagiografías, siendo los dos últimos rubros colindantes con la ficción y la literatura, puesto que tanto los tratados de historia como las descripciones de la vida de los santos, eran presentadas como narraciones a semejanza de una novela.[5] Un caso muy interesante puede observarse en el inventario de bienes que hizo en 1574 Elena de Rojas, mestiza nacida en Nicaragua y mujer de uno de los más importantes conquistadores del Perú, Francisco de Cárdenas: entre sus pertenencias personales, aparte del ajuar, se encontraron varios libros –uno de ellos en latín- entre los que destacaba La Odisea de Homero.[6] Todo hace pensar que estos libros eran objetos de uso personal de Elena de Rojas, quien al parecer no solo sabía leer, sino que también disfrutaba mucho de la lectura. Este no es el único caso de una mujer durante la colonia con amplio disfrute y ejercicio de las letras, basta recordar el caso de la poetisa huanuqueña María de Rojas y Garay, conocida como Amarilis.[7]

A pesar de estos dos bellos ejemplos, es imposible asegurar que la práctica de la lectura haya estado difundida plenamente en el estado colonial peruano, y que no haya tenido severas restricciones. El libro era un objeto de lucro y de lujo: esto se evidencia en la importancia que tenía la venta de libros dentro del rubro comercial entre España y América; y en los costos de los libros, los cuales eran altos por los gastos que se tenían que hacer para transportarlos desde el “viejo mundo”. Los mercaderes que los comercializaban, de manera exclusiva y en grandes cantidades, debían de tener cierta experiencia y preparación intelectual; lo que no elimina la existencia de los tratantes, o pequeños comerciantes, que ofertaban libros de rezo y literatura de cordel.[8] En dos inventarios de dos españoles dedicados a la venta de libros, que datan del primer tercio del siglo XVII, se puede constatar la importancia de este rubro de negocios: Pedro Durango de Espinosa contaba con 1 197 libros, entre los que se encontraban la Crónica del Rey don Pedro, La Campaña de Roma, Historia de los Reyes Godos (entre los tratados de historia), Florisel de Niquea, Palmerín de Oliva, Amadís de Gaula (entre los muchos libros de caballería); así también, Cristóbal Hernández Galeas tenía 1 763 libros, de los cuales destacaban Soliloquios e Isidro de Lope de Vega, Viaje al Parnaso de Cervantes, y Enchiridion de Erasmo de Rotterdam. En ambos casos, el número de libros inventariados es alto.[9]

Además es importante resaltar que, durante la colonia el libro estuvo sometido a constantes restricciones por parte de la Iglesia, quien por intermedio de la Inquisición evaluaba el contenido de las diversas obras que se publicaban, así como su distribución. De pasar un título al índice de libros prohibidos se prohibía su distribución y lectura, y se mandaba a quemar todos sus ejemplares. Si una persona hacía caso omiso de esto, y era descubierto, se le sometía a un proceso y podía ser condenado como hereje.

Quienes verificaban qué libros podía ser considerados prohibidos o no eran los calificadores, funcionarios pertenecientes al Tribunal de la Santa Inquisición. Solían ser especialistas en materia de doctrina religiosa, “y como a tales les estaba cometida la tarea de evaluar los contenidos de los escritos delatados y, además, de las declaraciones de los procesados”.[10] Durante la colonia estos personajes no llamaron mucho la atención, puesto que mantuvieron un perfil bajo y una actuación discreta, según Pedro Guibovich. Por ende, “no consta que se hubieran involucrado en sonados escándalos o luchas de poder”.[11]

En general durante la colonia el acceso que se tenía a los libros era muy limitado; no existían bibliotecas públicas y el libro como objeto en el mercado, resultaba oneroso para comprar. Solo unos cuantos mantuvieron en sus casas bibliotecas particulares. A pesar de todo, no se descarta la existencia de redes de préstamos e intercambios de libros, que pudo haber ampliado este acceso a la lectura, pero no hay investigaciones al respecto para el caso peruano.

[1] Juan Mata Anaya. ¿Apocalipsis o renacimiento?. p. 15

[2] Richard Kagan. Universidad y sociedad en la España moderna.

[3] Luis Eguiguren. Diccionario histórico cronológico de la pontificia universidad de San Marcos

[4] Carlos Daniel Valcarcel. San Marcos: Universidad Decana de América

[5] Carlos Alberto González. Emigrantes y comercio de libros en el Virreinato del Perú, p.8

[6] Información amablemente proporcionada por la historiadora Berta Ares de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla. El inventario en cuestión se halla en la Biblioteca Nacional del Perú.

[7] Guillermo Lohmann Villena. Amarilis Indiana. Identificación y semblanza.

[8] Carlos Alberto González. Emigrantes y comercio de libros en el Virreinato del Perú, p. 2

[9] Estos dos inventarios son analizados por González en Emigrantes y comercio de libros en el Virreinato del Perú.

[10] Pedro Guibovich. Custodios de la ortodoxia: los calificadores de la Inquisición de Lima, 1570-1754, p. 213

[11] ídem.

29.6.07

De la espada de Damocles al harakiri. Historia y perspectiva de los libros y la lectura en el Perú (I Parte)

Por: Héctor Huerto Vizcarra


“¡Oh, Dios! Los estandartes de los caballeros se cernían como pájaros en torno a sus enemigos. Las lanzas puntuaban lo que escribían las espadas; el polvo del combate era la arenilla que secaba el escrito, y la sangre lo perfumaba.” Ben Said Al – Magribi


Quien no crea que los libros son un campo de batalla, posiblemente no ha deleitado el jugoso y amargo placer que emana de las letras. Ese sabor agridulce, contradictorio en ocasiones, no solo es consecuencia del contenido de los libros, sino también, de todo aquello que lo rodea. El libro de esta manera, no se puede interpretar como un objeto aislado, con características propias e inalienables; más bien, pertenece y es fruto de un contexto determinado, de unas circunstancias que lo marginan o lo elevan a su máxima expresión.

Hoy nadie podría dudar de la importancia que tiene el libro en la humanidad, incluso aquellos que no leen, no dejarían de reconocer eso. Hasta el momento, no hay mejor método para aprender a leer y a escribir que tener un libro al frente, debido a que buena parte del mundo aún vive entre la pobreza y la miseria, lo que imposibilita que modernas tecnologías se conviertan en alternativas serias dentro de la educación de los niños y adolescentes. El problema surge cuando el libro, luego de la etapa escolar, es dejado de lado. Incluso para países tan poco desarrollados como el nuestro, la intromisión del internet y de la computadora en la vida diaria de una persona común se ha hecho constante. Es más habitual abrir una cuenta de correo electrónico que hojear un libro y comenzar a leerlo, por cuenta propia.

Por ello, en la actualidad se cierne un gran debate en torno a las perspectivas que tiene el libro dentro del mundo de las computadoras y el internet. La multimedia parece acaparar la total atención de las personas, dejando poco margen a los periódicos, libros y revistas. Las letras impresas se hallan inmersas, para algunos, en su primera gran crisis, y nadie se atreve a asegurar su desaparición, pero todos concuerdan en descartar una posible victoria. Este consenso es sumamente interesante. En vista de ello, para nadie es extraño que en los últimos años hayan proliferado los libros, revistas y periódicos colgados en el internet, mientras que sus versiones impresas o no existen o han disminuido sus tirajes.

“Nuestra repentina transición histórica hacia una cultura tecnológica nos ha arrojado a un ámbito de ignorancia. (...) Al observar nuestra sociedad, ya no vemos líderes auténticos ni grandes sabios. No tenemos un gallardo Nuevo Mundo, sino un Nuevo Mundo terrorífico.”[1] Las reacciones frente a estos cambios, que afectan la cotidianidad del ser humano, y que influyen sobre todo, en la lectura y en la imagen que se tiene sobre el libro, son muy variadas. Pueden ir desde la añoranza de un pasado idílico e inexistente, como la de Sven Birkerts en la cita anterior, hasta el optimismo total por las nuevas herramientas que ponen a disposición de una interesante –y discutida– mayoría, una nueva forma acercarse a la lectura. Así, en palabras de José Terceiro esto se debe a que:

“Dejaremos de estar confinados, como lectores, al espacio de tres dimensiones, ya que la expresión de una idea incluirá una red de indicadores de posteriores elaboraciones o argumentos que podrán ser invocados o ignorados. En esto consiste el hipertexto. En el mundo digital el medio ya no es el mensaje. El mensaje, partiendo de una misma información puede corporeizarse de diversas formas.”[2]

Sin embargo, el meollo del asunto en el debate sobre el libro, pareciera encontrarse en un viejo problema, que data casi desde la creación de la escritura. Juan Mata Anaya ya lo ha advertido, el problema se encuentra en la poca costumbre que tienen las personas de leer un libro; aunque no solo se limita a eso. La noción que se tiene sobre el libro, su relación con el mercado, su distribución y el acceso que tienen las personas al mismo, son otras variantes que deben tomarse en cuenta en un análisis sobre la perspectiva del libro en el futuro. Aunque estos aspectos no agotarían el tema, también valdría la pena analizar el tipo de contenidos y el valor que se les da a ellos, pero tal esfuerzo escapa a este ensayo.

Lo paradójico de este asunto es que para analizar las perspectivas del libro y de la lectura en el Perú, se hace necesario hurgar un poco en su pasado para entender la totalidad del proceso. Al parecer, después de tantos adelantos tecnológicos y de tantas reformas educativas, se podría volver a vivir el pasado, de cierta manera. En un futuro, podrían surgir nuevos personajes de la antigüedad, como los Calificadores, como salvaguardas de un sistema y de un modo de vida. El libro, o lo que se entiende como tal, podría ser el objeto central dentro de estas nuevas disputas.

[1] Sven Birkerts. Elegía a Gutenberg. El futuro de la lectura en la era electrónica. Citado en Juan Mata Anaya. ¿Apocalipsis o renacimiento?. p. 4
[2] José Terceiro. Socied@d Digit@l. Citado en Juan Mata Anaya. ¿Apocalipsis o renacimiento?. p. 5

Nota: Este ensayo se hizo acreedor de una Mención Honrosa en el Concurso de Ensayo “El Libro en la Cultura Humana” organizado por el Banco del Libro y La Asociación de Egresados y Graduados de la Pontificia Universidad Católica del Perú (2005).