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26.6.07

Y usted, ¿no será también indígena?

Por: Wilfredo Ardito Vega


Afines del siglo XIX, el ingeniero alemán Hans Heinrich Bruning recorría Lambayeque, realizando estudios arqueológicos y tomando numerosas fotos de los habitantes y sus costumbres. Las fotografías se exhiben en el fascinante museo Bruning y lucen tan nítidas que podrían haber sido tomadas ayer. Las personas retratadas se parecen muchísimo a los lambayecanos del presente, pero actualmente nadie emplearía leyendas como “muchachos indios” o “indias de Monsefú”.

A muchos extranjeros, especialmente latinoamericanos, desconcierta cómo, en las últimas décadas, los peruanos hemos invisibilizado en nuestro inconsciente colectivo el marcado componente indígena de nuestro país, al punto que la mayoría, indígenas o no, preferimos evitar el término.

Un ejemplo cotidiano es la descripción que la televisión suele dar a un niño desaparecido, indicando que es de “raza mestiza”, para que los televidentes comprendan que se trata de alguien de marcados rasgos indígenas. Hace unos años, mientras llenaba un cuestionario para la EPS Novasalud encontré la indicación: Señale su raza, y cuatro opciones para marcar: blanco, mestizo, negro y oriental. Probablemente, los médicos que prepararon el cuestionario consideraban a los indígenas dentro del rubro mestizos.

Aunque en el Perú viven millones de mestizos, de ninguna manera esta categoría corresponde a toda la población. En primer lugar, especialmente en la costa, existen muchos peruanos que no tienen nada de mestizos, porque descienden de inmigrantes europeos o asiáticos. Sabemos también que los asháninkas o los aguarunas no son mestizos, sino indígenas, pero ¿son éstos los únicos indígenas?

Si, como indica el Convenio 169 de la OIT, entendemos que son indígenas los descendientes de los primeros habitantes de un país o de quienes se encontraban en él cuando se produjo la conquista o colonización, el número de indígenas peruanos termina superando al de Ecuador o Bolivia.

Genera también confusión el término campesino, usado frecuentemente para referirse a quienes en los países vecinos son denominados indígenas. En realidad, se trata de dos conceptos diferentes: campesino alude a una actividad e indígena a una ascendencia étnica. Pueden existir campesinos que no son indígenas (como fue el caso antaño de muchos inmigrantes japoneses y chinos) e indígenas que no son campesinos, porque se dedican a otra actividad. Una persona puede dejar de ser o volverse campesino, pero no puede dejar de ser indígena ni convertirse en uno, aunque lo deseara.

Después de esta explicación, nos damos cuenta que, en varios departamentos andinos, la mayoría de los habitantes son indígenas. También lo son muchos habitantes de San Juan de Lurigancho y del entorno de la Carretera Central, numerosos heladeros, taxistas, trabajadoras del hogar y muchos lustradores de zapatos que llegan a Lima durante el verano. Con el paso del tiempo, cada vez existen más indígenas en las universidades limeñas, las ONGs o el Congreso.

Podría decirse, con algún entusiasmo, que uno de los grandes fenómenos sociales del siglo XX ha sido el ascenso social y educativo de muchos indígenas, pero la paradoja es que ni abogados, diplomáticos o generales se reconocen como indígenas... como tampoco varios de mis amigos y conocidos que tienen esa ascendencia.

En realidad, la percepción sobre lo indígena sigue manteniendo una carga peyorativa. Curiosamente, muchos de quienes ensalzan las obras de los antiguos peruanos (por ejemplo, promoviendo que Macchu Picchu sea considerado parte de las nuevas Siete Maravillas del Mundo), sienten un total desprecio hacia los actuales indígenas.

Mientras este menosprecio persista, difícilmente se expresará con libertad una identidad indígena: por eso, muchos de quienes migraban a las ciudades intentaban ocultar su identidad, desde el idioma hasta la vestimenta. Este proceso, sin embargo, no logró erradicar el racismo, desde la discoteca hasta la selección de empleo. En otros países, en cambio, los nuevos sectores medios y profesionales indígenas mantenían su identidad y su mayor cohesión les ha permitido enfrentar mejor el racismo.

Algunos temen que una reafirmación de la identidad indígena genere una división entre los peruanos o inclusive el desarrollo de actitudes racistas. Sin embargo, los habitantes de un país pueden asumir diversas identidades, como ocurre con muchos peruanos descendientes de europeos y asiáticos.

De otro lado, esta ausencia de identidad beneficia a algunos grupos económicos: si los indígenas que viven en zonas rurales aceptaran que lo son, podrían invocar en su favor el Convenio 169, que les reconoce el derecho de decidir sobre su propio desarrollo y ser consultados sobre las actividades extractivas que pueden afectarles.

Si el racismo disminuyera, ¿se reafirmarían los indígenas en su identidad o buscarían mas bien la oportunidad de asimilarse? ¿Podrán los indígenas peruanos encontrar una manera actualizada de vivir su identidad sin restringirse a revivir prácticas ancestrales? ¿Podremos aprender a usar la palabra indígena con la misma naturalidad que Bruning lo hacía, sin pensar que estamos insultando a alguien?

4.5.07

Indio, andino, cultura andina

Veo que el post anterior de Marcayuq ha suscitado un cruce de opiniones en torno a las palabras indio, andino y cultura andina. Coincido aquí con malditogatomayor cuando afirma que no se puede hacer un "uso indiferenciado" de estas palabras, porque no siempre significan lo mismo. Es más, podría argumentarse que esta indistinción lo que hace es simplificar algo complejo, para distanciarlo mejor. Pongo un ejemplo. El otro día estaba viendo el programa "Mediodía criollo" que conduce con innegable chispa y salero Cecilia Barraza, y el tema era rendir homenaje a la canción criolla y andina, juntas. Excelente programa, por cierto. Lo que entonces me llamó la atención, sin embargo, fue oír que los invitados que representaban a la música criolla se referían a la música andina como folclore, mientras que los intérpretes de ésta la llamaban solamente música andina. El contraste era marcado. Este episodio me parece que manifiesta algo. Lo que en principio parece revelar una forma de nombrar otra tradición cultural (lo andino como folclore) creo que en realidad exhibe la forma cómo nos miramos: en este caso, la dificultad que tenían los artistas criollos para relacionar su música con la idea de "música folclórica", es decir originaria, indígena literalmente. Sospecho entonces que el movimiento por el cual tildamos rápidamente algo o a alguien de indio o indígena es similar. Se trata de afirmar quiénes no somos. La facilidad con que se piensa que la sierra es una región de "indios" o que sólo la música andina es la "folclórica" formarían parte de este distanciamiento. Obviamente no es el caso de Marcayuq, quien se declara indio como el universal Vallejo.

(continuará...)

Scriptorium:

"La diferenciación del campesino en los países descendientes del Imperio Incaico y de España ha sido determinada principalmente por causas de índole cultural; por esa razón el campesino tiene en estos países un nombre propio que expresa toda esta compleja realidad: indio. De este nombre se han derivado otros que han encontrado una difusa aplicación en el arte, en la escritura y en la ciencia: indigenista, indianista, india.

"Se habla así de novela indigenista; y se ha dicho de mis novelas Agua y Yawar Fiesta que son indigenistas o indias. Y no es cierto. Se trata de novelas en las cuales el Perú andino aparece con todos sus elementos, en su inquietante y confusa realidad humana, de la cual el indio es tan sólo uno de los muchos y distintos personajes".

José María Arguedas

29.4.07

Macchu Picchu: ¿ser o no ser una maravilla mundial?

Por: Héctor Huerto Vizcarra


Leyendo el blog de El Reportero de la Historia me di con la agradable sorpresa de encontrar una posición crítica frente a la apoteósica campaña publicitaria, de los medios de comunicación peruanos, a favor de la elección de Macchu Picchu como una de las 7 maravillas del mundo. Lo que me indujo a pensar del por qué no había escrito nada al respecto. Y aquí estoy.

El mismo Reportero recoge un comentario de Luis Millones en la web, al cual no he podido tener directo acceso porque dicha página no carga en mi computadora, en donde señala que no votemos por Macchu Picchu porque significa contribuir a la destrucción de "nuestro más importante patrimonio histórico". Asimismo, agrega que el turismo no es más que una forma de depredación de nuestros recursos históricos, a la cual somos inducidos por el capital. (1)

Comentario bastante marxista, por la combinación de palabras empleadas, lo cual evidentemente no le resta validez a su argumentación. Aunque sorprende, dentro de un medio, a veces tan aséptico, como el académico. A estos comentarios, El Reportero le agrega otro: el racismo que se esconde o se quiere ocultar tras esta campaña publicitaria. Por eso afirma que le sorprende que "quienes ensalzan las obras de los antiguos peruanos sientan un total desprecio hacia los actuales indígenas" (2)

Característica que no sería nueva en nuestra historia. Vale recordar que para algunos investigadores, durante el proceso de nuestra independencia, parte importante de la élite criolla reivindicaba el valor del imperio incaico y sus gobernantes, pero paradójicamente despreciaba al indio de sus tiempos, por considerarlo un ser venido a menos tras la conquista. Con ello no quiero afirmar que esta característica se arrastre desde esos momentos, sino que en la actualidad existe una condición similar, en la medida en que se recrea una historia andina sin muchos vínculos con el presente. Ya no reconocemos en la cultura andina la particularidad que tienen todas las culturas de recrearse en el tiempo. Mas bien, la vemos fosilizada en las crónicas o en los mitos orales recogidos en el campo.

Por ello, estoy en desacuerdo con Millones cuando afirma que los restos históricos de Macchu Picchu representan "nuestro más importante patrimonio histórico", ya que no creo que ningún vestigio arqueológico pueda ser más importante que la cultura que los generó. Evidentemente, hablar de la cultura andina, quechua o incaica, no es hablar de la cultura andina actual que puebla nuestra serranía, la cual es fruto de un mestizaje cultural que no solo abarca a la cultura española.

Además, esta cultura andina se halla también en toda Lima Metropolitana, en sus formas de organización, en sus festividades, y en la forma como ven la vida miles de peruanos, que con diccionarios de inglés en sus mochilas, o computadoras en sus trabajos, por más que no lo quieran aceptar, llevan un indio dentro suyo. Un indio que no es el mismo del siglo XVI.

Ojo, en ningún momento hago mención de la apariencia física, por cuanto ésta termina siendo irrelevante para mi análisis. Un hijo de padres franceses nacido en el país, puede muy bien adoptar las costumbres y la idiosincrasia de nuestra cultura andina, aunque dentro de su propia mezcla cultural que se da dentro de su familia nuclear.

Volviendo al tema: coincido plenamente con Millones en que resulta poco probable que el Perú tenga la capacidad suficiente para albergar mayor cantidad de turistas, enfocados principalmente en ir a visitar Macchu Picchu. No hay que olvidar que desde el año pasado se vienen publicando noticias sobre el hundimiento de las ruinas, así como su falta de cuidado o el maltrato que recibe por parte de los turistas. Si bien es cierto, los restos arqueológicos no resultan tan importantes como la cultura que les dio origen, simbolizan agujeros dimensionales en el tiempo que nos permiten ver como fue el pasado. Nos recuerdan dónde estamos parados hoy.

Si queremos aprovechar el turismo cultural, tal como lo aprendí de la guapa profesora Augusta Valle, tenemos que reconocer que el país tiene mayor oferta turística, de corte cultural, que ofrecer. El Perú no se limita al Cuzco, ni tampoco a restos arqueológicos, sino también a una rica variedad cultural o mejor dicho, de mezclas culturales, que encuentra sobre todo en la comida, su mejor y más sabrosa representación.

(1) El Reportero de la Historia: ¿No votar por Machu Picchu?

(2) El Reportero de la Historia: Egipto desestima concurso 'Las Nuevas 7 Maravillas del Mundo'

24.3.07

Arguedas y la historia de la sierra

Uno de mis escritores favoritos es el caballero que aparece en la imagen, José María Arguedas Altamirano. ¡Qué hombre! Narrador y poeta extraordinario, menos reconocida es su faceta como antropólogo y folclorista. Al menos para mí, hasta que llegó a mis manos un libro suyo titulado Las comunidades de España y del Perú, y, luego ya, empujado por la curiosidad, otros textos y artículos que de manera un tanto extraña no se incluyeron entre sus "obras completas" publicadas en 1983. En esta entrega quisiera comentar un poco sus ideas respecto a la historia andina en general (1).

La tesis doctoral de Arguedas es de una originalidad inclasificable (2). En un viaje que invierte la dirección general de los estudios antropológicos, se dirige a una remota zona de España, nuestra antigua metrópoli, al pueblito de Bermillo de Sayago, en Castilla y León, para encontrar en esa campiña europea el origen de las comunidades indígenas del Perú. Su estudio es comparativo. La conclusión es audaz: Arguedas sostiene, rompiendo con el indigenismo, que las comunidades andinas no eran la continuación directa de los ayllus prehispánicos, sino el producto de su integración y adaptación al municipio castellano en el siglo XVI. La tesis encierra deliciosas observaciones sobre semejanzas y diferencias entre las comunidades rurales del Perú y España, luego retomadas, ampliadas o corregidas en archivo por investigadores como Fernando Fuenzalida y Karen Spalding.

Me pregunto por qué un hombre criado en el seno de la sociedad indígena es quien se interesa por los elementos hispanos de la cultura andina. Acaso Arguedas, justamente, por conocer muy bien esta cultura desde dentro, pero también desde fuera, supo de lo artificial que llegan a ser algunas diferencias culturales establecidas apresuradamente. Arpa, violín, espejos, tijeras y atuendo español no hicieron por ejemplo de la danza de las tijeras un baile occidental; son estos elementos los que se volvieron, más bien, legítimamente indios durante la colonia. Acaso Arguedas rechaza la pureza que otros pensadores atribuyeron a la sociedad andina, precisamente porque cree en su resiliencia y capacidad de cambio:

[D]urante el largo período colonial el pueblo nativo asimiló una ingente cantidad de elementos de la cultura hispánica, aparte de los que las autoridades les impusieron. Ocurrió lo que suele suceder cuando un pueblo de cultura de alto nivel es dominado por otro: tiene la flexibilidad y poder suficiente como para defender su integridad y aun desarrollarla, mediante la toma de elementos libremente elegidos o impuestos. A todos los transforma (3).

Sus artículos sobre el charango, el varayoq, la artesanía de Huamanga o los huaynos sureños subrayan todos la rica y compleja dinámica cultural de la sierra, no sólo prehispánica sino, sobre todo, posterior a la invasión española. "El toro, el caballo, el trigo, las habas, en poco tiempo tomaronescribe la faz, el aire, el semblante de las cosas legendarias, nativas de la inmensa entraña andina. Se convirtieron en tema del arte indio más que del criollo; enriquecieron el poder de la imaginación creadora de los nativos; y por tanto su poder envolvente" (4). Arguedas intenta presentar a la cultura como un espacio irreductible. Los intercambios o préstamos son propios de culturas avanzadas. La asimilación y hasta el perfeccionamiento de elementos hispanos en la cultura andina no significarían su disolución o "degradación". Hablamos pues de una historia en que el mestizaje no es armonioso ni unidireccional, sino conflictivo y subyugante, impredecible:

El proceso lingüístico, para tomarlo como ejemplo, fue en la sierra inverso al que siguió en la costa. En la sierra el colonizador se vio forzado a aprender el quechua; tanto el encomendero como el predicador católico. La lengua nativa se convirtió en el instrumento principal de difusión de la cultura occidental en la sierra. Pero tal hecho significaba que no sólo el español catequizaba al indio sino que éste a su vez catequizaba al español y a sus descendientes. Tomaban el uno algo del otro, sin ceder en lo sustancial (5).

El mundo indo-hispánico o "quechuacolonial", que el escritor estampa en su inmensa belleza en Yawar fiesta, Los ríos profundos o Todas las sangres. Pero Arguedas, como hace notar Nelson Manrique, valoraba con profunda ambigüedad ese mundo del que provenía, y en el que no hallaba espacio para mestizos como él mismo. Ello lo lleva a interesarse en la historia de ciudades como Huancayo, Puquio o Chiclayo en la costa, de raíz indígena, y crecimiento muy reciente, republicano, donde la poca acción de las instituciones coloniales habría dado mayor autonomía a la presencia mestiza tal como él la entendió y quiso.


Actualización: Revisando la revista Nueva Antropología de la UNAM, he dado con la reseña de un libro con propósitos muy parecidos a los que se planteó Arguedas en su tesis doctoral: hacer una comparación entre la comunidad rural española y la nativa, en este caso mexicana (Carlos Giménez Romero. Valdelaguna y Coatepec. Permanencia y funcionalidad del régimen comunal agrario en España y México. Madrid: Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, 1991). Mediante esta reseña nos enteremos de que hay paralelos muy interesantes entre ambas investigaciones. En toco caso, el reseñador falla al no mencionar la investigación de Arguedas como un directo antecedente.

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(1) Su labor como gestor cultural también estuvo ligada a la historia. Por ejemplo dirigió la revista Historia y cultura en sus inicios; realizó la primera traducción, y la más bella, me parece, del manuscrito de Huarochirí; prologó la Visita hecha a la provincia de Chucuito por Garci Diez de San Miguel en el año 1567, y mantuvo amistad con el finado John Murra, quien sin embargo años después daría a la publicidad sus confidencias epistolares.
(2) Fue publicada en Las comunidades de España y del Perú (Lima: UNMSM. Departamento de Publicaciones, 1968). Ediciones Cultura Hispánica junto con el Ministerio de Agricultura de España prepararon una reedición bajo la serie Clásicos agrarios, en 1987.
(3) "El indigenismo en el Perú", en Indios, mestizos y señores. Lima: Editorial Horizonte, 1985, p. 12.
(4) "La sierra en el proceso de la cultura peruana", en Formación de una cultura nacional indoamericana. Ed. de Ángel Rama. México: Siglo Veintiuno, 1998, p. 23.
(5) Ibid., pp. 23-24.

Imágenes: Arguedas, por José Gushiken; Danza de las tijeras, popular en Huancavelica, el sur ayacuchano, Andahuaylas y ahora también en Lima.