La teta que asusta

Publicado por Héctor Huerto Vizcarra el 5 de marzo del 2009

Sin embargo, en la película nos encontramos con personajes poco profundos, estereotipados, y con licencias creativas que se confunden con algunas recreaciones controversiales de nuestra “realidad”, porque carecen de sentido práctico dentro de la trama. . ...

Batallas por la memoria: a propósito de un museo, la historia y la violencia política

Publicado por Héctor Huerto Vizcarra el 8 de marzo del 2009

Todo se inicia con una donación que quiso ser un museo y un Presidente que negó tal inversión para ese fin. Esto sería el resumen, dejando de lado los nombres propios que podrían entorpecer el debate. Como consecuencia de ello, se generó un amplio intercambio...

La escritura de los idiomas indígenas en el Perú y México (II)

Publicado por José Luis Igue el 7 de setiembre del 2008

Como decíamos, una de las cosas que llama la atención al comparar la historia colonial del Perú y de México es que, en México, los idiomas indígenas hayan ido retrocediendo en favor del castellano, a pesar de que estos idiomas fueran incorporados a la burocracia colonial de manera frecuente. Todo lo contrario se dio en el Perú colonial...

Por: José Luis Igue

 

  

(Expediente que contiene el testamento en náhuatl de Toribio Feliciano, 1571. Ver aquí. Hacer click en la imagen para ampliación).

 

Soy un adicto a las comparaciones entre México y el Perú, pero siempre he creído que de este procedimiento se puede abusar inconscientemente. México tiene una historia y una historiografía que siempre he buscado frecuentar, y de lo poco que lo hago creo saber bien que no todo resulta comparable. La Revolución mexicana es, por ejemplo, un acontecimiento que no tiene parangón no sólo en el Perú sino en toda la historia latinoamericana. Esto no quiere decir que se trate de un evento incomparable y excepcional —como sostiene la mitología nacionalista—, sino que sus equivalentes bien pueden buscarse en otros continentes.

Pero a lo que iba. Hay temas que sí llaman a la comparación. Leo con mucho interés este post de Felipe Castro Gutiérrez sobre la situación de las lenguas indígenas en Nueva España. Como siempre aparecen los aires de familia. En nuestro virreinato la Corona también dio protección y difusión —en desmedro de muchas otras lenguas de alcance local— al quechua y al aymara. Basta recordar que el primer libro impreso en Lima fue trilingüe castellano-quechua-aymara, y que la utilísima bibliografía de Rivet y Créqui-Montfort registra 226 publicaciones en estos idiomas indígenas para los siglos virreinales (1).

Castro Gutiérrez revela el notable papel desempeñado por los intérpretes oficiales de náhuatl, tarasco y otomí, entre quienes se cuentan linajes indígenas nobles en los que el cargo resultaba hereditario. Nada de esto —o casi nada, para hacer justicia a las investigaciones de César Itier— existió en el Perú, donde no obstante la fortaleza de la nobleza indígena, el cargo de intérprete, igualmente importante, recaía usualmente en españoles.

He aquí un contraste del mayor interés: mientras que en Nueva España los idiomas indígenas llegaron, mediante intérpretes de la nobleza indígena, a formar parte íntegra de la papelería burocrática colonial (pues encontramos testamentos, títulos de propiedad, probanzas, juicios —todos oficiales— en lenguas indígenas, además de crónicas y otras piezas de literatura), en el Perú, no obstante la ausencia relativa de todo ello, el quechua se convirtió en el idioma efectivamente hablado por una inmensa mayoría de la población hasta bien entrado el siglo XX. El peso del quechua y el aymara, hablado cotidianamente en los Andes poscoloniales no sólo por indígenas sino por los demás sectores sociales, no tiene equivalente en México.

Este contraste, diría de nuevo, es interesante y creo que revelador.

Continuará...

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(1) Paul Rivet y Georges de Créqui-Montfort. Bibliographie des langues aymará et kičua (París: Institut d'Etnologie, 1951), vol. 1.

4 Response to "La escritura de los idiomas indígenas en el Perú y México (I)"

  1. javier Said,

    Quizá por ello, el resultado de las políticas culturales del México postrevolucionario no estaba en la reivindicaciones de un pasado azteca o náhuatle, sino en la construcción de la Mexicanidad: Un invento de sectores mexicanos criollos/mestizos que crearon un discurso cultural (en español, por supuesto)en el cual se hacía depositario de todas las fuentes culturales mexicanas para refundirlas en un nuevo sino donde curiosamente se amaba lo desconocido (reinvidincación de una lengua minoritaria como el zapoteca, hecha por un Nomenklatura del Estado donde no se hablaba zapoteca).

     

  2. El Cantante Said,

    Claro, no por nada México ha sido la sede del Instituto Indigenista Interamericano y modelo seguido por varios países. El Perú parece haber ido por un camino opuesto. Mientras que el indigenismo mexicano fue asimilacionista, impulsado desde el Estado central (no sin contradicciones) y bastante capitalino, el nuestro ha sido de talante regionalista, incaísta y anti-mestizo. En el Perú no fueron los indigenistas sino los conservadores limeños los abanderados del mestizaje, al menos en teoría (siendo Arguedas una excepción interesante). En México el mestizaje se levanta como proyecto de Estado; en el Perú como demanda popular, como "desborde".

     

  3. javier Said,

    Perdón, borre el comentario anterior, el teclado no me funcionó.
    Pero es que el México contemporáneo salió de un hecho muy claro: La Revolución. México tuvo una revolución que implicó una rápida movilidad social de sectores subalternos (entre ellos, indígenas). Perú no tuvo esa revolución, lo que hubo más bien fue más discriminación y choleo. La primavera del discurso velas quista terminó muy rápido y el fruto de la guerra interna fue más exclusión y racismo silencioso.

     

  4. El Cantante Said,

    La Revolución es importante, pero ya en el siglo XIX los sectores populares están presentes en todos los movimientos políticos de importancia. La movilidad social ascendente también se dio en gran si no mayor medida durante los gobiernos de Benito Juárez y Porfirio Díaz, donde, por ejemplo, se tienden ferrocarriles que integran el país y la propiedad comunal indígena es virtualmente destrozada. Este esfuerzo de modernización no se dio en el Perú de manera "nacional" durante el siglo XIX, sino circunscrita a ciudades como Lima y Arequipa.

     

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