Por: José Luis Igue
Entonces sobre lo anterior se puede agregar que el criollismo tal como es entendido hoy, como fundamentalmente costeño, limeño y no andino, es el producto de una interesante operación de olvido de la cual ya no tenemos conciencia plena, al menos en el sentido común vigente.
Cuzco o Huamanga, entre otras, son ciudades de un rancio criollismo andino expresado en notables manifestaciones culturales. Parte del atractivo de los viajes de los limeños más ilustrados —caso de José de la Riva-Agüero o Aurelio Miró Quesada Sosa— a la sierra radica en las impresiones que recogían de esas "ciudades coloniales" y sus habitantes, en quienes reconocían un vago pero íntimo parentesco.
En la república el rol subordinado que Lima había tenido frente a la metrópoli hispana lo ocuparon las ciudades serranas frente a Lima. Mientras los criollos de la sierra conservaron esa españolidad colonial que negociaba su condición de elite subordinada (entre la población indígena denigrada y una metrópoli que denigraba su pureza racial), los criollos más liberales de Lima emprendieron un proyecto de modernización cosmopolita y de estigmatización de las antiguas costumbres, entre ellas el carnaval, tan animoso en algunas ciudades de la sierra (1).
Fue en Lima especialmente que lo criollo quedó asociado con lo plebeyo, con los barrios céntricos que las elites comenzaban a abandonar poblando las chacras sureñas del valle en un movimiento urbano que continúa hasta hoy, en el desierto.
En esta experiencia de la modernidad como bien titula Fanni Muñoz, se consolida la cultura "criolla" contemporánea como reivindicación popular y luego populista de una identidad estigmatizada, proceso que revisaremos en la siguiente entrega.
Se aprecia una diferencia entre el criollismo con que inicia la república y el criollismo limeño que conocemos. El primero subraya la unión de las clases altas del país. El auge decimonónico de la marinera en sus distintas variantes regionales e incluso foráneas expresa esta idea; la fuga en resbalosa o huayno es el toque peculiar en una estructura que permanece inalterable. El segundo criollismo, por otro lado, se vuelve interclasista e incluyente: manifestará la solidaridad de los limeños, y de las poblaciones costeñas, en franca oposición a la sierra con sus elites inclusive.
[Nota: La imagen de arriba es del fotógrafo huancavelicano, radicado en Huamanga, Baldomero Alejos. Proviene de aquí. Me sorprendió al revisar esta página web que su banner sea una panorámica de la Plaza de Armas de Ayacucho que tomé hará un par de años. Una consulta o mención no hubieran estado de más. Efectivamente "wallpa suwa" el blogger].
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(1) Véase Fanni Muñoz Cabrejo, Diversiones públicas en Lima 1890-1920: la experiencia de la modernidad (Lima: Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú, 2001).





Sencillamente extraordinario el post que hacéis. Es una perfecta réplica a toda la discusión de lo cholo. Siempre creí que la historia era la ciencia social más importante para conocer nuestras identidades. Ahora lo confirmo. Espero el tercer capítulo con ansias.
Gracias Javier. Pronto viene la continuación.
Muy interesante tu post, que viene a enriquecer la discusion sobre identidades y discriminacion que se esta dando en la blogosfera.
Una pregunta, el criollismo andino vendria a ser los mistis?
Hola Amazilia. Me arriesgo a decir que no tanto. Misti tiene una connotación mas rural, me hace recordar las intuiciones de Henri Favre sobre los "pequeños blancos" de la sierra (que también incluye a las autoridades del Estado radicando en los pueblos). El criollismo andino lo veo más señorial y urbano. Esta diferencia se aprecia claramente en la época del indigenismo (inicios del siglo XX). Creo que es en el libro de Marisol de la Cadena donde se habla un poco de cómo en esta época el "gamonal" acapara los dardos de las elites intelectuales cuzqueñas. Por entonces el "gamonal" es caracterizado como un terrateniente mestizo (misti) en un estado inferior de civilización. Esta diferencia entre españoles (criollos) y mestizos (mistis) habría que explorarla más; como siempre, los términos son resbaladizos.
Lo que es claro es que el criollismo andino viene de la colonia, cuando varias ciudades del sur andino estaban a la par con Lima en riqueza. Ello permitió la creación de una cultura de elite, pero propia de la tierra. Una cultura andina no indígena. Como cuando la Academia Mayor de la Lengua Quechua manifiesta defender el quechua puro de los incas (y no el de los qosqorunas, se entiende). Los académicos, sin embargo, no hablan en el vacío, pues siguen una tradición literaria que se remonta a los dramas coloniales escritos por criollos cuzqueños en un quechua normalizado por la catequística (quien ha venido estudiando estos temas es César Itier). Otro ejemplo más contemporáneo de cultura urbana andina de elite lo ofrece el huayno huamanguino.
Saludos